2. Dos carpetas
—No he leído nada más.
La mujer mira la puerta una última vez antes de cerrarla. Echa la llave y se queda con ella en la mano, como si hubiera olvidado para qué sirve.
—¿Tienes un botiquín? —pregunto.
Me señala el baño. Encuentro una caja de vendas encima de un armario, le acerco lo que pide y espero mientras se lava. El corte está en la base del pulgar izquierdo. No parece tan grande como sugería la sangre. Ella lo examina bajo el grifo y presiona una gasa.
—Me he enganchado con su carpeta —dice.
No sé si está hablándome o tratando de recordar. Cuando vuelve a la cocina trae una carpeta azul bajo el brazo. La apoya lejos de las salpicaduras. Después saca otra, más delgada, de una bolsa que cuelga de la silla.
—Esta es la herencia. Y esto es lo que está haciendo esa mujer.
Dejo la libreta cerrada. No quiero que mi disposición a sentarme parezca una respuesta.
La primera carpeta contiene copias. Hay una fotografía de una mujer mayor delante de esta misma casa, un documento sobre su fallecimiento y páginas con párrafos numerados. Eugenia murió el dieciocho de junio. El nombre coincide con el que he visto en la hoja del porche. También la dirección.
—Era hermana de mi madre —dice Inés.
Señala a la mujer de la fotografía. Lleva un delantal sobre una chaqueta de punto. A su lado aparece una niña de espaldas que está intentando tocar una campanilla.
—¿Eres tú?
—No. Esa es de los vecinos.
Agradezco que me corrija. No sé por qué. Probablemente porque todo el tiempo estoy esperando que cada cosa que diga encaje demasiado bien.
Me enseña una copia de su documento. Su rostro. Inés. La miro a ella, después a la foto. Tiene el pelo más corto en el papel y una expresión seria que le cambia mucho la cara.
—¿El original?
—En el bolso.
Lo saca y me lo entrega. Es rígido, del tamaño y aspecto que espero. Lo giro una vez y siento vergüenza por representar un conocimiento que no tengo. Mi comprobación consiste en mirar una tarjeta hasta que resulte descortés seguir haciéndolo.
Se la devuelvo.
—Yo no puedo decidir cuál de los dos es bueno.
—No te estoy pidiendo eso.
—Los dos llevan el mismo nombre.
—Por eso he apartado estos papeles.
Abre la carpeta delgada. Dentro hay capturas impresas de mensajes, una fotografía borrosa y un relato ordenado por fechas. Reconozco a la mujer del pelo corto en la fotografía. Está junto a la verja con una bolsa de rafia. La imagen parece tomada desde una de las ventanas de arriba.
Un párrafo dice que una antigua empleada de Eugenia utiliza el nombre de su sobrina y pretende obtener la entrega de la vivienda. Otro menciona documentos de identidad y copias de un testamento. La fecha es anterior a mi llegada. Lo leo dos veces.
Hay una hoja aparte con el nombre de Maite junto a una relación de trabajos.
Vaciado de una habitación, retirada de muebles, pequeñas gestiones.
Una fotografía de la mujer del pelo corto aparece incorporada en la parte superior.
No es la del porche; lleva otra ropa y está mirando hacia un lado.
Por debajo hay una firma que no sabría comparar con ninguna.
—¿De dónde sale esto?
—De lo que dejó mi tía. Y de lo que he podido reunir después.
—¿La foto estaba así?
—La he puesto yo para que se entienda de quién hablo.
Me acerco el papel. La fotografía es reciente; las letras de debajo tienen los bordes borrosos de una copia vieja. Me gusta que haya aclarado qué añadió ella. Vuelvo a mirar la firma.
En otra página hay un intercambio sobre una entrega de llaves.
La persona a la que el dossier llama Maite pide quedarse unos días más.
El texto es más corriente que las acusaciones: habla de cajas, de un auto que no está disponible y de una ayuda que no llega.
Puedo reconocer el modo de escribir de alguien aplazando una mudanza.
—¿Cuánto tiempo le diste?
Inés se frota la frente.
—Más del que podía. Al principio no parecía que fuera a acabar así. Me decía que estaba buscando dónde ir y yo no quería llegar echando a nadie.
Le paso la hoja.
—Si le diste permiso, eso complica las cosas.
—Le di tiempo para recoger. No le di mi nombre.
Vuelvo al documento que vi fuera: la fotografía de la mujer del pelo corto y el nombre de mi clienta. Lo había considerado la prueba más clara de la tarde. Si Inés dice la verdad, esa tarjeta es precisamente lo que la otra mujer ha falsificado.
No tengo a quién mandar aquellas fotografías para que me diga cuál es auténtica. Un gestor podría revisar fechas o sellos; ninguno de mis conocidos sabría decidir quién es una mujer mirando dos tarjetas.
—¿No hay familia que pueda aclararlo? —pregunto.
Inés cierra la carpeta grande, dejando abierta la pequeña.
—La gente que conocía a mi tía conocía sobre todo a quien iba a verla. A quien estaba aquí. Yo llevaba años sin venir.
—Pero habrá fotos.
—De mi madre. Mías de pequeña. ¿Qué hago? ¿Voy puerta por puerta enseñando una niña y diciendo que crecí?
No es una respuesta suficiente y, sin embargo, entiendo la dificultad. Mi padre llevaba treinta años en su calle. Yo trabajé con él más de diez y algunos clientes seguían llamándome «el chico», incluso después de su muerte. Para ellos, el rostro del taller continuaba siendo otro.
Inés no insiste. Me pregunta si quiero agua. Le digo que sí. Al incorporarse intenta no apoyar la mano herida. Me levanto antes de que alcance la jarra y lleno los dos vasos.
Cuando vuelvo a sentarme, la fotografía de la supuesta empleada queda encima del resto. Ya no necesito mirar el título para recordar qué nombre aparece debajo de su cara.
—¿Esto lo has escrito tú?
—He reunido lo que tengo.
—Aquí parece que habla un abogado.
—Me ayudaron a ponerlo en orden. Estaba mandando audios de diez minutos y nadie entendía nada.
Busca entre las hojas hasta encontrar un mensaje. «Voy a ir el viernes con mis cosas. No vuelvas a cerrarme». En otro, la mujer se presenta como Inés y anuncia que va a exigir que se le entreguen las llaves.
Son, casi palabra por palabra, las cosas que acabo de oír.
—¿Trabajaba aquí?
—Hacía vaciados. Después se ocupó de arreglos, de traer gente. Mi tía empezó a necesitar ayuda y le dejó entrar. Tenía acceso a sus cartas, sus fotos, sus recibos. Sabía qué comía y a quién llamaba. Más que yo.
Lo último lo dice sin mirarme. Dobla la esquina de la gasa que le sobresale de la mano.
—¿Y vivía aquí?
Al concertar la reparación, Inés rechazó la mañana y pidió exactamente las cuatro y media. Entonces pensé que era la única hora que podía. Ahora el detalle vuelve con una incomodidad que todavía no sé ordenar.
—Cuando llegué había alguien durmiendo en una habitación. Su ropa, una taza todavía mojada, cosas en el refrigerador. Yo creía que la casa estaba vacía. Ella apareció antes de que terminara de descargar. Sabía hasta la hora a la que iba a llegar.
El teléfono vibra en mi bolsillo. Hugo lleva semanas esperando un aparador que debo entregar antes de la apertura de su restaurante. Me pide adelantar una revisión al sábado y acepta mi respuesta con una advertencia medio en broma:
—No te metas en más trabajos hasta terminar el mío.
Cuando cuelgo, Inés ya está reuniendo los papeles. Podría aprovechar para marcharme. En cambio, vuelvo a la mesa.
—¿Por qué no hablas con la abogada que ha llamado?
Inés deja la taza que está secando.
—Porque Alicia la representa a ella.
—Una abogada no querrá representar a alguien que falsifica documentos.
—Supongo que no. Pero no me cree. ¿Qué hago mientras tanto? ¿Salgo de aquí con la ropa en una bolsa y espero a que alguien se dé cuenta?
—¿Has puesto una denuncia?
—He dado mi versión. Ella ha dado la suya. Tengo que contestar cartas, buscar más papeles y explicar una y otra vez que sé cómo me llamo. Y luego subo a dormir y la ventana no cierra.
Miro hacia la escalera. Entre cartas y versiones sigo sin saber por dónde empezar. La ventana, al menos, puedo examinarla. Entiendo que quiera dormir con ella cerrada.
—Hoy has visto mi mano —dice—. Pero también le has visto el brazo a ella. No voy a decirte que yo no empujaba. Empujaba para que no entrase.
Miro la gasa. Hay una pequeña mancha roja nueva. El resto permanece blanco.
—Lo que me preocupa es que vuelva a pasar cuando estés trabajando. No quiero que te lleves un golpe por venir a arreglar algo.
No había pensado en que pudiera ocurrir otra vez conmigo dentro. Me toco el cuello. La costura de la camiseta sigue molestándome y agradezco que me lo haya advertido.
Le pido que me enseñe la ventana.
Me mira como si no hubiera oído bien.
—Has dicho que hoy no ibas a medir.
—Puedo verla.
En el dormitorio compruebo que la hoja se atasca por la madera hinchada y la holgura del cierre. Necesito desmontar la pieza y buscar un repuesto. Puedo volver al día siguiente; hasta entonces tendrá que asegurar la ventana empujando la parte inferior.
Inés añade una banqueta cuya pata se mueve. Acepto revisarla, pero dejo claro que no tocaré nada más mientras la propiedad siga en disputa.
—Solo la ventana y la banqueta —digo.
—Solo eso.
Anoto el trabajo y el importe. Inés prueba dos bolígrafos secos antes de aceptar el mío.
—Tiene truco. Hay que apretar bastante.
—Podrías comprar uno bueno.
—Este no me lo roba nadie.
La broma le devuelve una sonrisa. Fotografía el presupuesto, transfiere el adelanto y espera conmigo hasta que la operación aparece acreditada. La aplicación solo muestra una inicial y el resto del nombre abreviado. El importe es correcto.
—Mañana te lo devuelvo firmado.
—Antes de que empiece.
Me deja fotografiar las páginas que ha puesto a mi alcance. Dice que entiende que quiera consultarlas. Hago las fotos, pero en la última no consigo evitar que salga su mano vendada sujetando una esquina. Esa es la que me queda abierta al guardar el teléfono.
En el porche, el aire está más frío. Tomo mi libreta con las dos manos. Me doy cuenta de que no he apuntado una sola medida.
—Darío.
Me vuelvo.
—Antes has dicho que contarías lo que has visto.
Asiento.
—Está bien. Aunque no me favorezca.
Se queda esperando. No tengo nada que contestarle porque eso era lo que pensaba hacer de todas formas. Pero al llegar a la camioneta compruebo si sigue en la puerta.
Sigue allí. Me levanta la mano sana.
Esta vez se la devuelvo.