La casa heredada
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1. El umbral
La puerta se cierra cuando la mujer todavía tiene el brazo dentro.
Oigo el golpe desde la camioneta. Ella suelta un grito, deja caer una carpeta y mete el pie en el hueco. Al otro lado, una segunda mujer empuja con todo el cuerpo.
—¡Me estás haciendo daño!
Dejo la llave puesta en el contacto.
Cuando alcanzo los peldaños del porche, la de fuera está intentando soltarse. Lleva el pelo oscuro cortado por encima de la nuca. Tiene un hombro más alto que el otro, el brazo atrapado a la altura del codo. Su mano busca algo dentro que no alcanzo a ver.
—Abra —le digo a la mujer de la casa.
Me mira sin aflojar.
—Que quite el pie.
—Primero abra.
Apoyo la palma en la hoja y empujo. Durante un segundo los dos hacemos fuerza en sentidos opuestos; luego la mujer cede y la puerta se abre de golpe. La de fuera recupera el brazo. Creo que va a retroceder, pero me pasa por el lado y se lanza hacia la otra.
Consigo interponerme. Una mano me engancha la camiseta y tira de ella hasta apretarme el cuello.
—¡Sal de mi casa!
Lo gritan casi a la vez.
La mujer que estaba dentro tropieza con una banqueta pegada a la pared. Se apoya en el asiento para no caer. Le veo sangre entre los dedos.
—Quédense donde están.
Mi voz sale demasiado alta. La del pelo corto me suelta la camiseta, pero sigue tan cerca que noto su respiración en la mejilla.
—Apártese.
—Así no.
—Es ella la que tiene que salir.
Miro por encima del hombro. La otra mujer se recoge la mano izquierda contra el pecho. Lleva una camisa clara y el pelo atado de cualquier manera. Una gota cae sobre la banqueta, muy cerca del borde.
—¿Eres Darío? —me pregunta.
Reconozco la voz del teléfono.
Asiento. Habíamos quedado a las cuatro y media para ver una ventana que no cerraba bien. Son las cuatro y veintisiete.
—Soy Inés.
La mujer que tengo delante deja de frotarse el brazo.
—No. —Se asoma a mi lado para mirarla—. No vuelvas a decirlo.
—Darío, por favor.
—¿La conoce? —me pregunta la del pelo corto.
—He venido por un trabajo.
—¿La conoce de antes?
—No.
—Entonces escúcheme. Me llamo Inés. Esta casa es mía. Ella se llama Maite y no tiene derecho a estar aquí.
La miro. Hay una marca roja en el brazo que se está sujetando. Acaba de hacerse daño, de eso no tengo ninguna duda.
—Tengo los papeles ahí —añade.
Señala hacia el porche. La carpeta ha caído abierta en el segundo peldaño y varias hojas se han deslizado hasta la grava.
Detrás de mí, la voz que reconozco dice:
—Me lleva haciendo esto toda la semana.
La mujer del pelo corto intenta apartarme otra vez. Extiendo el brazo y ella se detiene antes de tocarlo.
—¿Quiere que llamemos a alguien? —le pregunto.
—Sí. A mi abogada. Y quiero que deje de ponerse delante de ella.
Me retiro un poco hacia el lado de la escalera. Todavía tengo el corazón acelerado. Me paso los dedos por el cuello; el tejido de la camiseta me ha dejado la piel caliente.
—Voy a recoger sus papeles —digo—. Nadie tiene que volver a empujar a nadie.
Espero a que la mujer salga al porche. Lo hace de espaldas, mirándonos a los dos.
La otra trata de seguirme.
—Quédate ahí un momento.
No sé por qué la tuteo a ella y a la otra no. Hemos hablado dos veces por teléfono y me ha pedido ayuda por mi nombre. Eso es todo lo que sé de ella.
Al agacharme me tiembla la mano. Llevo toda la mañana pensando en la pieza que tengo que entregar el lunes, en si me dará tiempo a terminar el acabado antes de que cambie el tiempo. Me cuesta entender que hace apenas un minuto esa fuera mi preocupación.
Recojo una hoja pisada. La huella de una suela cruza el sello que hay al pie. Puedo leer el nombre de Eugenia en el centro de un párrafo; alrededor hay referencias a un testamento y unas fechas. La mujer me la quita antes de que pueda darle la vuelta.
—Perdone.
—Es suyo.
Se arrodilla conmigo para alcanzar las que han quedado bajo el peldaño. Cuando estira el brazo hace una mueca.
—¿Puede moverlo?
—Sí.
—Tiene una marca.
Me mira por primera vez sin exigir algo.
—Ya lo sé.
Recoge otra hoja con la mano derecha. Mantiene la izquierda contra el cuerpo.
Desde el umbral, la de la camisa dice:
—Darío, no hace falta que leas nada.
—No estoy leyendo.
La del pelo corto se incorpora con la carpeta apretada contra el vientre.
—Yo sí quiero que lo lea.
Abre un bolsillo del bolso, saca una cartera y busca su documento de identidad. Se le cae una tarjeta. Esta vez la deja en el suelo.
Me tiende el documento.
El rostro de la fotografía es el suyo. Un poco más joven, el pelo más largo. El nombre que me acaba de dar aparece impreso junto a sus datos.
Inés.
Miro a la mujer de la puerta.
—Esto pone Inés.
—Claro que lo pone —responde.
Su tranquilidad me desconcierta. Tiene la mano envuelta en el borde de la camisa y lo aprieta con la otra. La tela empieza a mancharse.
—Déjala explicarse —le digo.
—Eso estoy haciendo.
La mujer del porche se ríe una sola vez, sin humor. Recupera su documento y lo guarda.
—No tiene que demostrarme nada.
—Se ha puesto en la puerta.
Me aparto otro paso. Ella lo ve, pero no intenta entrar.
—No sé quién eres —le dice a la mujer de la camisa—. No sé ni cuánto de lo que me contaste era verdad. Pero sé quién soy yo.
La otra baja los ojos hacia la mano.
—Me has cortado.
—Tú me has cerrado la puerta encima.
—No querías soltarla.
Empiezan a hablar a la vez. La del porche me enseña el brazo, la de dentro alza la mano y la sangre le corre hasta la muñeca. No he visto cómo se ha hecho ese corte. Trato de recordar la posición de las manos cuando he subido, pero solo recuerdo la puerta golpeando y el grito.
—Un momento. —Saco el celular—. Si alguien necesita que llame, llamo.
La mujer del pelo corto ya está buscando su teléfono.
—Voy a hablar con Alicia.
Se aleja hasta el borde del porche. Marca, espera y vuelve a marcar. Mientras tanto, recojo la tarjeta que se le ha caído. Es de una tintorería, con cuatro casillas selladas. Le falta una para el descuento. La dejo sobre la carpeta.
—Gracias —dice, sin mirarme.
La otra mujer sigue en la puerta. Levanta un poco la mano, como para comprobar si aún sangra. Ahora hay una mancha roja en la manga.
—Necesitas algo para eso.
—En la cocina hay un paño. En el cajón de al lado del horno.
Miro por el pasillo. Al fondo se ve una mesa, una silla apartada y una bolsa del supermercado. La mujer del porche vuelve a llamar.
—Voy a buscarlo —digo.
Entro con los zapatos llenos de gravilla. En el vestíbulo hay una escalera y, a la izquierda, un salón con las cortinas abiertas. La banqueta tiene el asiento tapizado en verde oscuro. La gota que vi caer ha dejado un círculo casi negro.
En la cocina, el horno queda frente a la puerta que da al patio. Abro el cajón contiguo. Hay dos paños doblados y unas pinzas para cerrar bolsas. Tomo el de arriba.
Una taza espera junto al lavaplatos. En la mesa hay un plato con la mitad de una tostada. Me fijo en esas cosas mientras intento bajar la respiración. Alguien estaba desayunando tarde o merendando cuando han llamado a la puerta.
Al regresar, oigo a la mujer del porche.
—Estoy fuera. No, sigo aquí. Ha contratado a un hombre para hacer obras.
Entrego el paño a la otra. Ella envuelve la mano despacio y me da las gracias apenas moviendo los labios.
—Carpintería —digo hacia el porche—. He venido a ver una ventana.
La mujer me mira mientras escucha a Alicia.
—Dice que una ventana. No lo sé.
Me gustaría que no hablara de mí como si hubiera llegado con una excavadora. Después recuerdo que me ha visto entrar en la cocina de la casa que reclama.
La de la camisa se apoya en la pared.
—Tienes el cuello rojo —me dice.
Me lo toco y aparto los dedos enseguida.
—Ahora se me pasa.
La otra termina la llamada.
—Voy a dejar constancia de lo que ha pasado. Alicia sabe que estoy aquí y que usted lo ha visto.
—He visto el final.
—Ha visto cómo me cerraba la puerta.
—Sí.
Detrás de mí, la mujer de la camisa se mueve. No dice nada.
La del pelo corto guarda el celular. Se agacha para meter la carpeta en el bolso y tiene que intentarlo dos veces porque las esquinas se han doblado. Al final renuncia y se la lleva en la mano.
—¿Cómo se llama?
—Darío.
—¿Su teléfono es el de la camioneta?
Asiento.
—Le pedirán que cuente lo que ha visto.
—Lo contaré.
Me sostiene la mirada unos segundos. Luego baja los peldaños.
La sigo hasta la verja porque ha quedado una última hoja doblada bajo el felpudo. La acepta sin darme las gracias. Por la ventanilla de su auto veo el pie de una lámpara sujeto con el cinturón del asiento trasero. Una de las maletas está de pie detrás del copiloto.
Abre la puerta del conductor, pero no sube.
—Si no la conoce, averigüe con quién está tratando antes de hacerle nada más.
—No he hecho ningún trabajo todavía.
La mujer mira hacia el porche.
—Mejor.
Espero junto al auto. Le cuesta encontrar algo entre el asiento y la puerta; al inclinarse aprieta los dientes.
Antes de sentarse, se vuelve hacia la lámpara, endereza la pantalla y encaja una chaqueta para que no golpee la ventanilla.
Lo hace con una sola mano. Luego se abrocha el cinturón con la derecha y se marcha.
Regreso a mi camioneta y quito la llave del contacto. En la pantalla hay una llamada perdida del cliente del mueble. Debo devolverla. También debo decidir si quiero seguir aquí.
La mujer de la casa espera en el umbral, con el paño contra el pecho. Cuando ve que tomo la libreta del asiento se aparta para dejarme entrar.
—Hoy no voy a medir nada —le digo.
Su expresión cambia.
—Lo entiendo.
—Me has dicho que te llamas Inés.
—Sí.
—Y he visto un documento con su foto y ese nombre.
Asiente, como si hubiera estado esperando esa pregunta. Se retira un mechón de la cara con el dorso de la mano sana. En la muñeca le queda una línea de sangre seca.
—Tengo que enseñarte unas cosas.
—Primero mírate el corte.
—Está bien.
No ha retirado el paño para verlo. Extiendo la mano hacia él, pero ella se vuelve hacia una habitación pequeña que hay junto al pasillo.
—¿Has fotografiado sus papeles?
—No.
Se queda quieta, con los dedos en el tirador de un cajón.
—¿Qué has llegado a leer?
Recuerdo el sello pisado, el nombre de Eugenia, la foto del documento. Ella me observa mientras hago memoria. La mano herida ha empezado a gotear otra vez, esta vez sobre el suelo, y parece haberse olvidado de ella.
—Un testamento. No sé qué más.
—Necesito que lo recuerdes, Darío.
La otra mujer se ha llevado hasta la última hoja. Miro hacia la puerta abierta. Todavía puedo oír su auto subiendo por la carretera.