Capítulo 2
Surrey, Inglaterra
Quinn echó otro leño al fuego y fue a servirse una taza de té.
Llovía sin parar desde la noche anterior, y con la lluvia había llegado un viento aullador y una humedad que calaba hasta los huesos y parecía filtrarse en las piedras.
La habitación estaba sumida en sombras; el cielo encapotado y la lluvia torrencial se habían llevado toda la luz de aquella tarde de octubre.
Pero el fuego resplandecía en el hogar, y sus llamas proyectaban sombras cambiantes sobre las paredes de piedra mientras llenaban la habitación de una calidez reconfortante.
El crepitar de los leños ahogaba por momentos el gemido del viento.
Quinn se sentó en el sofá y rodeó la taza caliente con las manos.
El calor le sentaba bien, así que la sostuvo unos minutos sin beber, dejándose envolver por aquella tibieza reconfortante.
A pesar del frío y la lluvia, era agradable estar en casa, aunque aquel hogar no estaba exactamente como lo había dejado.
Había regresado a Inglaterra hacía solo unos días y aterrizó en Heathrow una dorada mañana de otoño.
Recogió las maletas del carrusel y se dirigió hacia la salida, hacia la fila de taxis que esperaban junto a la acera.
Llenó los pulmones de aire fresco y sonrió ante el follaje resplandeciente, que destacaba en marcado contraste con el azul cobalto del cielo despejado.
Tras meses de calor implacable y sol despiadado en Oriente Medio, resultaba delicioso sentir una brisa fresca en el rostro y el primer mordisco del invierno que se avecinaba.
Quinn parecía recién llegada de unas vacaciones tropicales, con el rostro y los brazos bronceados de un tono dorado.
Aun así, los seis meses que había pasado en una excavación en Jerusalén habían dejado huella, tanto física como emocional, y se sentía aliviada de estar por fin en casa.
Nadie le prestó atención mientras esperaba pacientemente en la cola a que le tocara un taxi.
Para quien se molestara en fijarse, era solo una joven del montón, vestida de manera informal con vaqueros, camiseta y una chaqueta de cuero gastada.
Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño descuidado en lo alto de la cabeza, y el rostro limpio de maquillaje, salvo un poco de bálsamo labial que se había aplicado antes de bajar del avión.
Parecía cualquier otra turista, pero en los círculos arqueológicos era una estrella, al menos hasta el próximo gran hallazgo.
Desenterrar la espada romana que databa de la Gran Revuelta del 66 d.
C. había sido un logro extraordinario. La habían descubierto encajada en el sistema de drenaje que discurría entre la Ciudad de David y el Jardín Arqueológico, a solo unos metros de una antigua piedra con una menorá grabada.
Alguien había tallado la menorá en la piedra con algo tosco y afilado, como un clavo viejo o un cincel, pero su proximidad al Monte del Templo la convertía en un hallazgo de enorme interés que confirmaba el posible aspecto de la menorá original.
Investigadores de la Autoridad de Antigüedades de Israel presentaron diversas teorías sobre la importancia del descubrimiento.
Quinn tenía que admitir que a ella le interesaba más la espada.
Aún conservaba su vaina de cuero, milagrosamente bien preservada.
La vaina había protegido algunas decoraciones de la erosión del tiempo y los elementos, lo que permitía vislumbrar la artesanía romana de la época.
La espada probablemente pertenecía a un simple soldado de infantería, pero era mucho más que un trozo afilado de metal.
No era solo una herramienta, sino también una obra de arte, un arma forjada con esmero que su portador habría atesorado y cuidado con mimo.
La espada permanecería en Jerusalén, pero Quinn había publicado sus hallazgos y había aceptado dar entrevistas a CNN, la revista British Archeology Magazine y el Archeological Journal , todas programadas una tras otra para el día siguiente a su llegada.
La espada podía tener miles de años, pero la noticia de su descubrimiento se desvanecería pronto, y había que publicar las entrevistas mientras el interés público estuviera en su punto álgido.
Y ahora por fin estaba en casa, tras haber cumplido con sus obligaciones, libre hasta que comenzara el semestre de primavera justo después de Año Nuevo.
Tenía pensado impartir algunas clases en el instituto, dedicar tiempo a la investigación, solicitar nuevas subvenciones que financiarían la próxima excavación cuando las aprobaran, y pasar tiempo con Luke.
Al menos ese había sido el plan mientras estaba en Jerusalén, pero las cosas habían cambiado.
Resultaba extraño entrar en la casa y enfrentarse a todos aquellos espacios vacíos.
La miraban como cuencas vacías, inquietantes y huecas.
Luke se había marchado antes de que ella regresara, en parte para evitar incomodidades y en parte porque tenía prisa por irse.
Ni siquiera había tenido la cortesía de romper con ella en persona.
La había dejado por mensaje de texto, diciéndole que había aceptado un puesto de profesor en Boston y que ya se habría marchado cuando ella volviera.
Aquella ya no era su casa, su pequeño nido de amor, pero seguía siendo su hogar, y a pesar de la tristeza que llenaba las habitaciones silenciosas, Quinn lo adoraba.
Quinn se acurrucó aún más en el sofá y contempló con afecto la habitación que tan bien conocía.
La casa había sido en otro tiempo una capilla privada, construida por un esposo devoto para su piadosa esposa católica, pero la Corona la confiscó durante la Disolución de los Monasterios y la dejó caer en la ruina una vez que despojaron, vendieron o fundieron todo lo de valor.
Permaneció vacía durante siglos, olvidada y desolada, hasta que a principios del siglo XIX se la ofrecieron al capitán Lewis Granger, primo lejano de la familia que aún poseía la finca.
El joven capitán se había visto envuelto en un escándalo con la joven esposa de un general muy respetado; lo expulsaron deshonrosamente del ejército justo antes de Waterloo y lo mandaron de vuelta a Inglaterra.
Se había deshonrado hasta tal punto que ya no podía dejarse ver por Londres, al menos por un tiempo, así que recurrió a su primo para suplicarle refugio, que el hacendado Granger le ofreció a regañadientes.
Lewis Granger sería un libertino y un jugador, pero sentía inclinación por la arquitectura y la historia.
Convirtió la ruina en un hogar: reconstruyó la estructura derruida con sus propias manos y la ayuda de algunos muchachos del pueblo, que estaban encantados de ganar unas cuantas libras en una época en que escaseaban los trabajos bien pagados y los soldados que regresaban intentaban rehacer sus vidas y encontrar cualquier empleo.
El hacendado Granger quedó tan impresionado con los esfuerzos de Lewis que le legó la capilla en su testamento, y esta había permanecido en la familia hasta que el último descendiente le vendió la casa a Quinn hacía tres años.
Niles Granger era un joven que no podía estar más reñido con el legado de Lewis.
Llevaba el pelo de punta teñido de rubio platino, pantalones insoportablemente estrechos y gafas de pasta, y se proclamaba hipster y artista.
Niles no tenía el menor interés en la historia ni en la arquitectura, y lo único que quería era alejarse de toda aquella «mierda vieja», como la describía tan elocuentemente.
La vendió encantado y no volvió la vista atrás; con las ganancias compró un loft destartalado con espacio para un estudio, donde creaba obras de modernidad insondable a base de salpicaduras de colores brillantes, trozos de basura y símbolos fálicos estratégicamente colocados para causar el máximo impacto.
El resto de la finca lo había comprado años antes un millonario excéntrico que convirtió la enorme casa señorial en el Lingfield Park Resort.
A pesar de su proximidad al complejo turístico, la casa de Quinn ofrecía una intimidad absoluta.
La capilla estaba enclavada en el bosque, en el límite de la propiedad; ningún huésped se aventuraba jamás en aquella dirección, disuadidos por el cartel de «Propiedad privada» clavado en un árbol y la ausencia de un camino transitable.
Al otro lado de la casa había un camino estrecho, apenas lo bastante ancho para que pasara un coche, que conducía al pueblo, pero por él circulaban tan pocos vehículos que Quinn tenía la sensación de vivir sola en el bosque.
Ahora, tres años después, Quinn seguía fascinada por las vidrieras situadas en lo alto de las paredes de piedra y los techos abovedados pintados con una imagen del firmamento.
No quedaba mucho de la capilla original, pero había algo en ella que siempre hacía que Quinn se sintiera acogida, como en casa.
Suponía que eran todas las esperanzas, los sueños y las oraciones que las piedras habían absorbido a lo largo de los años.
Las oraciones no se disipaban sin más en el aire: calaban en las paredes, apuntalando la estructura con su fuerza y su energía sanadora.
Como arqueóloga, le resultaba inmensamente atractivo vivir en un lugar tan cargado de carácter e impregnado de historia.