Capítulo 1
Londres, Inglaterra
Sean Adams saltó de la cabina de su excavadora y se abrió paso entre la multitud de hombres reunidos alrededor de una gran abertura.
Por un momento pensó que era un socavón, allí en medio de Londres, pero lo que tenía delante era una especie de cámara subterránea que había quedado al descubierto gracias a su trabajo.
El techo de la cámara —apenas una fina capa de vigas de madera podridas— se había derrumbado y dejaba ver un espacio estrecho con paredes de piedra maciza.
Los hombres se asomaron al agujero, curiosos por ver qué contenía.
—Apártense, apártense —bramó el capataz Milne.
Se plantó al borde de la abertura e iluminó con una linterna el oscuro hueco de la cámara.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó a nadie en particular mientras se quitaba el casco y se rascaba su cabeza ahuevada.
El capataz Milne era un hombre afable la mayor parte del tiempo, no le importaba unirse a su cuadrilla para tomarse unas cañas y cantar a voz en grito y desafinando una vez que llevaba unas cuantas encima, pero en ese momento estaba que trinaba.
No tenía tiempo para retrasos; iba con un calendario apretado y los de arriba no le quitaban ojo.
—¿Qué es, jefe? —gritó alguien—. ¿Un tesoro enterrado?
Los hombres soltaron unas risitas. Encontraban todo tipo de basura en cada obra nueva: trozos de muebles, carritos de bebé oxidados, a veces incluso viejos sótanos que habían servido de refugios antiaéreos durante la última guerra, con sus tazas de hojalata, bancos de madera y periódicos viejos.
Pero esto parecía diferente. La cámara estaba completamente vacía, salvo por un gran objeto rectangular.
—Tráiganme una escalera, muchachos. Una larga —gritó el capataz—. Adams, tú vienes conmigo, ya que a ti te debemos este «fortuito» hallazgo.
Sean siguió a regañadientes a su jefe hasta el húmedo agujero.
El techo había desaparecido casi por completo, pero las paredes seguían intactas, construidas con piedra toscamente tallada de casi treinta centímetros de grosor.
Estaban frías al tacto, incluso en un día tan agradable como aquel.
Aquello podría haber sido un gran pozo en su día, pero no había indicios de que alguna vez hubiera contenido agua.
Las paredes no estaban cubiertas de moho, y la tierra compactada del fondo estaba completamente seca.
—Échenme unas cizallas —gritó el capataz a los hombres de arriba—. Esto tiene un candado.
Los dos hombres permanecieron de pie, incómodos, junto a lo que parecía un enorme cofre marino.
Ocupaba casi todo el espacio y apenas dejaba sitio para Milne y Adams. El cofre parecía sólido y estaba asegurado con una cadena y un candado anticuado, oxidado por los años y el abandono.
El capataz Milne le dio un golpecito con el pie y los dos hombres oyeron algo traquetear en su interior.
Luego pasó un dedo por la tapa. Lo retiró cubierto de polvo, pero la madera de debajo parecía en buen estado.
El cofre estaba profusamente tallado y pintado, con los colores aún vivos a pesar de las capas de mugre.
Sean ardía de curiosidad y deseaba que Milne se pusiera manos a la obra de una vez.
Su hermano Joe trabajaba en una obra donde habían encontrado una bolsa de cuero llena de monedas antiguas.
La historia había salido en todos los periódicos importantes e incluso en la tele.
Habían entrevistado a Joe y el reportaje apareció en las noticias.
Las monedas ahora formaban parte de una exposición en el Museo Británico, y Joe seguía contando la historia de su hallazgo histórico cada vez que tenía público dispuesto a escucharle.
—¿Lo hago yo, jefe? —preguntó Sean al capataz, con la voz temblorosa de emoción.
El hombre mayor se encogió de hombros y se apartó todo lo que el reducido espacio le permitía, con el rostro crispado de disgusto.
Le entregó a Sean las cizallas y se apoyó contra la pared con los brazos cruzados, en una postura que delataba la impaciencia que intentaba contener.
El capataz Milne no era de los que se morían de curiosidad ni tenían una imaginación desbordante.
Daba por hecho que habían encontrado alguna basura que habría que retirar, con lo que perderían varias horas.
A él le daba igual quién abriera el cofre.
Sean cortó la cadena oxidada y apartó el candado de una patada cuando cayó al suelo de piedra. Tomó aire con un estremecimiento antes de levantar la tapa y mirar dentro.
—Jesús, María y José —exhaló mientras se santiguaba a toda prisa.
Sean retrocedió y casi chocó con el capataz Milne, que había dado un paso adelante para iluminar el interior del cofre. Estaba lleno de huesos; los cráneos mostraban una mueca siniestra desde la penumbra.
Los hombres de arriba estiraban el cuello para ver mejor y bloqueaban casi toda la luz. Alguien ya había sacado el móvil y estaba haciendo fotos del cofre; el flash resultaba cegador en aquel espacio oscuro.
—Nada de fotos —bramó Milne mientras se colocaba delante del cofre abierto—. ¡Largo de aquí!
—Sean, llama a la policía. ¡Ahora!