Capítulo 55
Los meses pasaron volando. Por primera vez desde que dejó a George, Sophie tenía un hogar propio y estaba rodeada de familia.
J.T. había cumplido dos años, y tras casi un año viviendo con ellos, no conocía otros padres que ellos.
Teddy estaba allí día y noche, y ella se dormía tranquila y segura sabiendo que lo tenía a su lado.
Hasta Caleb era feliz. Le gustaba una chica del pueblo, y ella parecía corresponderle.
—Creo que Caleb nos dejará pronto —comentó Sophie mientras estaban acostados una noche—. Querrá casarse.
—Estaría bien que vinieran a vivir aquí con nosotros —respondió Teddy—. Confío en Caleb, y te vendría bien tener compañía femenina.
—Seguro que querrán un hogar propio —replicó Sophie.
—Aquí tenemos tierra de sobra, pero tienes razón; probablemente querrán instalarse en el pueblo, cerca de la familia de ella.
—Entonces, ¿no te opondrás al matrimonio? —preguntó Sophie. No sabía cómo se sentía Teddy ante la idea de que Caleb dejara su servicio. Caleb era la única persona en quien Teddy confiaba de verdad.
—Por supuesto que no. ¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Y si tienes que irte?
—Todavía no tengo que irme —respondió Teddy.
—Teddy, ¿dónde está el botín? —preguntó Sophie. No tenía ni idea de dónde había escondido Teddy el tesoro de Hog Island.
—Está enterrado en la esquina sur del cobertizo de herramientas —respondió Teddy—. En primavera pienso ir a Boston. Me gustaría ver a mi madre y a mis hermanas, y mientras esté allí, intentaré vender algunas joyas. Ya va siendo hora de sacarle partido a ese dinero.
Sophie sabía a qué se refería. Ojalá pudiera convencerlo de que no se fuera, pero el dinero no duraría eternamente, y Teddy no podía buscar un empleo honrado. —Tengo miedo, Teddy —dijo.
—No tienes nada que temer, Poppet. Nadie te molestará —respondió Teddy con paciencia.
Había cosas que Sophie temía que no tenían nada que ver con los vecinos, pero prefirió no hablar de ellas.
Temía por el alma de Teddy y por lo que capitanear un barco pirata le haría como hombre.
Matar y saquear siguiendo las órdenes de otro ya era bastante malo, pero ser quien ordenara la matanza y el saqueo era algo completamente distinto.
Una parte de la humanidad de Teddy le había sido arrebatada en el barco del capitán Martel, pero seguía siendo su Teddy, seguía siendo un buen hombre en el fondo.
Quería aferrarse a ese hombre, impedir que vendiera su alma al Diablo.
Teddy se giró de lado y se apoyó la cabeza en la mano, mirando a Sophie desde arriba. —No haré daño a nadie, Poppet, si eso es lo que te preocupa —dijo.
—¿Y qué harás, pedirles educadamente que te entreguen sus objetos de valor? —preguntó Sophie con sarcasmo.
—¿Por qué no? —preguntó Teddy con una sonrisa—. La gente sabe lo que pasa si no lo hace. Por lo general, lo único que les importa es seguir con vida. Además, hay otras formas de ser persuasivo.
—¿Como cuáles?
—Como las cosquillas —respondió Teddy.
Sophie chilló y empezó a reírse como una loca mientras Teddy le hacía una demostración convincente. —¡Para! —gritó entre risas—. ¡Por favor, para!
—¿Ves? Funciona de maravilla —dijo Teddy, aún sonriendo.
—Teddy, hablo en serio.
—Yo también. No soy un asesino, Soph. No quiero cargar con la muerte de inocentes sobre mi conciencia.
—¿Y Roy Smith?
—Él no era inocente —respondió Teddy, ya sin sonreír—. Mira, sé que tienes miedo, y serías tonta si no lo tuvieras, pero todo saldrá bien. Ya verás.
—Teddy, ¿sabes lo que dicen de nosotros? El reverendo Martins dice que somos pecadores y herejes. Ha pedido a su congregación que nos dé la espalda y que no nos compre nada.
Teddy lo pensó un momento. —No soy muy fan del reverendo, pero en algo tiene razón. Somos pecadores, y la herejía es cuestión de opinión. Apuesto a que para él es hereje cualquiera que no comparta sus ideas. No le hagas caso, Sophie. Tenemos amigos de sobra en el pueblo.
—Nos temen. Tú mismo lo dijiste.
—Me temen a mí —la corrigió Teddy—. Nadie te culpa de nada. Solo eres una pobre mujer indefensa que debe hacer lo que le ordenan o sentirá el escozor del cinturón de su marido en el trasero.
Sophie palideció al oír las palabras de Teddy; al instante le vino a la mente cómo la había tratado George.
—Dios mío, Sophie, lo siento —murmuró Teddy—. No quería decir...
—Sé lo que quisiste decir. Vamos a dormir, ¿vale?
Teddy hizo ademán de tocarla, pero Sophie le apartó la mano de un manotazo. —Esta noche no —dijo con firmeza, y le dio la espalda.
—Lo siento —dijo Teddy de nuevo, pero ella lo ignoró.
Sophie se llevó la mano al vientre, reconfortada por los movimientos del niño en su interior.
Como hombre, había ciertas cosas que Teddy nunca podría entender.
Pasara lo que pasara, él seguía siendo dueño de su propio destino, pero la existencia de ella dependía por completo de él.
Era una adúltera, una mentirosa y cómplice de asesinato.
El reverendo Martins podría ver pecado hasta debajo de las piedras, pero era alguien con poder para hacerles daño.
Podría echarles encima a las autoridades si conseguía algo que sirviera de prueba.
Teddy se pegó a la espalda de Sophie y posó la mano sobre la de ella. Permanecieron así en silencio, con los corazones latiendo al unísono.
—Siento haberme reído de tus miedos —dijo Teddy al fin—. Jamás dejaré que nadie te haga daño.
—Puede que no tengas elección —respondió Sophie.
—Mientras me quede un soplo de vida, Soph, te protegeré a ti y a nuestros hijos. Di que me perdonas por mi estupidez sin nombre.
—Te perdono —dijo Sophie. «Siempre te perdonaré» , pensó adormilada. «Porque eres mi vida».