La casa en la colina Capítulo 49
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Capítulo 49

Hog Island emergía de la bahía como la joroba erizada de alguna criatura marina. De día resultaba amenazadora, pero de noche era francamente siniestra. De la ladera cubierta de espesa arboleda llegaban ruidos extraños, y Sophie se preguntó si habría animales salvajes en la isla.

Teddy saltó del bote y tendió los brazos hacia Sophie.

La llevó en volandas hasta la orilla rocosa para que no se le empaparan las faldas y los zapatos, mientras Roy arrastraba el bote a tierra firme para que la marea no se lo llevara.

Los hombres descargaron las palas, los faroles y las provisiones, y se los repartieron entre los tres antes de encender un farol y emprender el ascenso hacia la cima de la colina, que en aquella noche sin luna se asemejaba a un volcán dormido que Sophie había visto una vez en un libro.

Vesubio, se llamaba. Ella avanzaba penosamente tras ellos con un fardo de comida.

El camino era difícil y se detenían a menudo a descansar.

El bosque resultaba casi impenetrable, con el suelo cubierto de zarzas, piñas y helechos.

Sophie notaba cada piedra afilada y cada rama puntiaguda a través de las suelas de los zapatos, y deseó llevar botas resistentes como las de Teddy y Roy.

Estaba a punto de amanecer cuando alcanzaron la cima de la colina.

La luz había pasado del negro alquitranado al gris turbio, y los pájaros, que habían permanecido inquietantemente silenciosos durante la noche, rompieron a cantar, dispuestos a saludar el nuevo día.

La mañana llegó despacio, con el cielo encapotado que pesaba sobre el denso bosque.

Teddy apagó el farol y siguió subiendo; de vez en cuando se volvía para ver cómo iba Sophie, que estaba exhausta, sucia y cubierta de arañazos y zarzas.

—Deberíamos hacer una hoguera para calentarnos y desayunar algo —sugirió Roy cuando por fin divisaron la roca partida.

—La columna de humo se vería desde la orilla —respondió Teddy.

Roy asintió, y por una vez optó por no discutir.

Encontraron un lugar llano donde sentarse, y Sophie sacó una jarra de cerveza con tapón y desenvolvió la comida.

Comieron en silencio. Sophie habría querido lavarse las manos y la cara, pero no había agua cerca, así que se conformó con unas cuantas hojas cubiertas de rocío y se las pasó por el rostro sucio.

Resultó agradable, así que le ofreció algunas a Teddy, que las aceptó sin decir palabra.

Tenía el semblante sombrío mientras inspeccionaba la zona.

Habían pasado treinta años desde que el capitán Kidd escondiera su tesoro.

El paisaje no parecía haber sido alterado, pero quién sabía cuántas personas habían conocido el secreto.

El tesoro podría haber desaparecido hacía mucho, y todos sus esfuerzos estar a punto de resultar en vano.

—Encuentra el lugar —ordenó Roy a Teddy mientras le entregaba las instrucciones.

Teddy se acercó a la roca y se quedó quieto un momento antes de girar media vuelta.

—Eso es el norte —dijo.

Luego contó diez pasos.

—Debería ser aquí.

El suelo bajo los pies de Teddy parecía intacto, con varios centímetros de espesa vegetación que cubrían la capa superior de tierra.

—Vamos, pues —dijo Roy—. Tú vigila —añadió por encima del hombro, volviéndose hacia Sophie.

La isla estaba deshabitada, pero supuso que alguien podría interesarse por lo que hacían. Desde su atalaya, podía ver las olas grises del Atlántico coronadas de espuma blanca y las aguas más tranquilas y azules de Pleasant Bay. Todo estaba en calma.

Roy cogió una pala y la clavó en el suelo, soltando una retahíla de maldiciones cuando no logró penetrar la tierra.

—Esto va a costar. El suelo está lleno de raíces y piedras. Y no tenemos ni idea de a qué profundidad está enterrado el cofre.

Si es que está aquí , pensó Sophie. Extendió una manta bajo un árbol frondoso y se sentó. Aquello iba para largo.

Al mediodía, Teddy y Roy solo habían logrado cavar unos noventa centímetros. Habían tenido que cortar las gruesas raíces que se entrelazaban bajo tierra y formaban una red impenetrable. Ambos se habían quitado la camisa y tenían el torso reluciente de sudor.

—Sigue cavando —ordenó Roy cuando Teddy se apoyó en la pala para descansar.

—Necesitamos un descanso —respondió Teddy—. Y comer algo.

No estaba acostumbrado a aquel tipo de trabajo; no era granjero. Tenía las manos rojas y llenas de ampollas, y el sudor le corría a chorros por la cara.

Roy tiró la pala a un lado y se sentó con la espalda apoyada en la roca. Parecía enfadado y decepcionado.

—No creo que haya nada ahí —admitió al fin.

—Yo tampoco —coincidió Teddy—. ¿Lo dejamos?

—No. Treinta centímetros más y luego lo valoramos.

—De acuerdo. Tú mandas —aceptó Teddy con amabilidad.

Los hombres tomaron un refrigerio y luego siguieron cavando; el silencio solo lo rompían sus gruñidos y el sonido del hierro al cortar las raíces más rebeldes. Más abajo la tierra no era tan rocosa, y el trabajo avanzó algo más deprisa.

—Estamos a metro y medio de profundidad, más o menos —dijo Roy, de pie en el borde, mirando hacia el foso.

—Necesito beber algo —dijo Teddy—. Échame una mano.

Roy le tendió la mano y lo ayudó a salir del agujero; luego se quitó el sombrero y se rascó la cabeza con consternación.

—A estas alturas ya lo habríamos encontrado —dijo.

Después de beber, Teddy se acercó por detrás.

—Treinta centímetros más, creo —dijo—. Luego lo dejamos por hoy.

Roy contemplaba el foso con aire sombrío mientras negaba con la cabeza.

—No sé si merece la pena. Ahí no hay nada.

—Lo habrá —respondió Teddy.

Cogió la pala, la levantó y la descargó en la nuca de Roy con todas las fuerzas que le quedaban, y lo mandó de cabeza al foso.

El rugido de sorpresa y dolor de Roy reverberó por toda la isla, y los pájaros alzaron el vuelo, asustados por el sonido inesperado.

Roy se llevó las manos a la cabeza, con los ojos desorbitados mientras intentaba comprender qué había pasado.

Teddy saltó tras él y volvió a descargar la pala, blandiéndola como un hacha y partiéndole el cráneo.

Sophie gritó, horrorizada al ver cómo la sangre empapaba la tierra sedienta.

Teddy lanzó la pala por encima del borde del foso y salió.

Sin mirar a Sophie, empezó a echar tierra sobre Roy, paleando rápido y sin pausa hasta que el cadáver dejó de verse.

—Teddy, ¿qué has hecho? —susurró Sophie mientras lo veía trabajar. Temblaba de la impresión, con el recuerdo del rostro de Teddy al descargar la pala sobre el cráneo de Roy grabado a fuego en su memoria.

—¿De verdad pensabas que iba a dejarlo escapar? —respondió Teddy en tono despreocupado mientras seguía rellenando la tumba.

—¿Tenías intención de matarlo desde el principio? —preguntó Sophie, conmocionada por la falta de remordimiento de Teddy.

—Por supuesto. Necesitaba llevarlo a un lugar donde nadie encontrara su cuerpo, o si lo encontraban, no tuvieran nada que lo relacionara conmigo.

Di un nombre falso cuando reservé en la posada y cuando alquilé el bote, y pagué con billetes de papel en lugar de dólares españoles, que habrían despertado sospechas.

—¿Dólares españoles? —preguntó Sophie, que nunca se había parado a pensar en el dinero.

Teddy terminó de rellenar la tumba y se apoyó en la pala, respirando con dificultad.

—El botín adopta muchas formas, Poppet. Los piratas se llevan todo lo que tenga valor, desde joyas hasta víveres y oro español.

La mayoría de las colonias aceptan el dólar español como moneda, pero como Massachusetts tiene su propio papel moneda, pensé que sería prudente usarlo mientras estuviéramos aquí, así que me aseguré de conseguir algunos billetes en Boston.

Hay gente encantada de comprar bienes robados y moneda extranjera, y pagar en la divisa que el vendedor prefiera.

—Lo has pensado todo, ¿verdad? —preguntó Sophie mientras contemplaba horrorizada la tumba recién cavada.

No dejaba de esperar que Roy Smith volviera en sí y se abriera paso a través de metro y medio de tierra compacta, pero la tumba permanecía intacta; los únicos sonidos eran el trino de los pájaros, que habían regresado a sus ramas, y el viento entre los árboles.

Teddy no respondió. En lugar de eso, volvió hacia la roca y se colocó mirando en una dirección ligeramente distinta a la de antes.

—¿Qué haces? —preguntó Sophie.

—Cuento diez pasos hacia el norte —dijo Teddy, y echó a andar contando hasta diez.

—Pero eso ya lo has hecho —respondió Sophie, confundida.

—Conté diez pasos hacia el noreste —respondió Teddy—. Smith nunca se dio cuenta de que no estaba orientado hacia el norte verdadero. No prestaba atención.

—¿Insinúas que aún podríamos encontrar el tesoro?

—Cabe esa posibilidad, sí —respondió Teddy distraído mientras clavaba la pala en el nuevo punto que había marcado—. Ya que estamos aquí...

Sophie volvió a dejarse caer sobre la manta, temblando de la impresión. Le aliviaba que Teddy hubiera eliminado la amenaza que representaba Roy Smith, pero no podía creer con qué facilidad y eficiencia se había deshecho de él, como si hubiera matado a una gallina o un conejo.

Sophie se sujetó la cabeza entre las manos y empezó a mecerse adelante y atrás mientras un gemido sordo brotaba de algún lugar profundo en su interior.

Teddy tiró la pala y se acercó a ella. Se sentó y la atrajo hacia sí, con más fuerza de la necesaria cuando Sophie se resistió al abrazo.

Sophie le golpeó el pecho con los puños mientras le lanzaba insultos, pero Teddy la dominó y la tumbó sobre la manta, inmovilizándole las muñecas y cubriéndola con su cuerpo.

Teddy le soltó las muñecas y le tomó el rostro entre las manos sucias, obligándola a mirarlo.

—¿Debería haberlo dejado vivir? —preguntó, con los ojos a un centímetro de los de ella—. Respóndeme, maldita sea.

—Basta —dijo con firmeza—. Hice lo que tenía que hacer para proteger a nuestra familia, y lo volvería a hacer sin dudarlo. Ese hombre me habría mandado a la horca y a ti te habría devuelto con tu marido. Nuestro hijo habría quedado huérfano y solo.

Sophie lo miró a los ojos, y toda la resistencia la abandonó.

—No —respondió con sinceridad.

—No te oigo —la provocó Teddy.

—¡No! —gritó ella—. Me alegro de que lo hayas matado.

—Bien, porque por mucho que te lamentes no vas a deshacer lo que he hecho.

Lo que hemos hecho. Somos pecadores, tú y yo.

Hemos quebrantado las leyes del hombre y las leyes de Dios.

Puedes pasarte el resto de la vida de rodillas, suplicando perdón, o seguir adelante sin arrepentirte, orgullosa de haber tomado las riendas de tu vida. ¿Qué va a ser, Poppet?

Sophie no respondió. En lugar de eso, lo besó con fuerza mientras le buscaba los botones de los pantalones.

Teddy le subió las faldas hasta la cintura y se hundió en ella, embistiéndola con una furia que la dejó sin aliento.

Ella le correspondió empuje por empuje, golpeando las caderas contra las de él con un abandono salvaje.

Nunca había hecho nada parecido, pero la necesidad que la impulsaba era tan primitiva como el instinto de matar para proteger lo que uno ama.

Teddy tenía razón, eran pecadores, pero solo porque la vida había sido injusta con ellos.

Podrían haberse conformado con su situación y pasar el resto de sus días sumidos en la miseria, o podrían haber hecho lo que hicieron y luchar por su felicidad.

Ya era demasiado tarde para echarse atrás, no es que ella quisiera.

Tenía a su Teddy, y él cuidaría de ella y de John Theo pasara lo que pasara.

Teddy no era cauteloso ni temeroso; era astuto e intrépido, y saberlo avivó su pasión mientras lo acogía en lo más profundo de sí y le devolvía tanto como recibía.

Cuando por fin quedaron saciados, Teddy rodó a un lado y se quedó tumbado boca arriba, jadeando por el esfuerzo.

Sophie alargó la mano y le tomó el rostro entre las suyas, tal como él había hecho apenas unos minutos antes.

—Vamos a buscar ese tesoro —dijo.

Sophie se puso de pie, se alisó las faldas y cogió la pala de Roy.