Capítulo 48
Sophie había esperado que Teddy convenciera a Roy de dejarla quedarse con J.T.
, pero Roy insistió en que los acompañara, y Teddy cedió.
Pasó los días previos a la partida angustiada, acribillando a Caleb con instrucciones, pero el joven se limitaba a sonreír y asegurarle que J.T.
estaría perfectamente bien durante su ausencia y que no tenía de qué preocuparse.
Tres días después de que Teddy y Roy llegaran a Sandwich, partieron hacia Hog Island, equipados con palas, linternas, cuerda y sacos.
Sophie se había encargado de las mantas, las provisiones y una muda de ropa para ella y Teddy.
Roy pretendía viajar por tierra directamente hasta Eastham, alquilar allí un bote y remar hasta Hog Island, pero Teddy tenía otros planes, que expuso con cautela, como si temiera la reacción de Roy.
—Yo no lo haría así —dijo Teddy, dejando a Roy tan sorprendido que enmudeció.
—Aquí mando yo, Mercer —gruñó Roy.
—Debemos actuar con cautela si queremos llevarnos el botín —respondió Teddy con calma—.
Tendríamos que viajar hasta Chatham y buscar una posada donde dejar los caballos y el carro.
Después, alquilar un bote y navegar hacia el norte, acercándonos a Hog Island desde el este en lugar del oeste, y preferiblemente de noche.
—¿Estás loco? —gritó Roy—. Eso nos llevará días de más.
—No, no estoy loco —respondió Teddy con el tono que usaría para hablarle a un perro rabioso—.
Si llegas a Eastham con un carro lleno de palas y linternas, buscas la posada más cercana, alquilas un bote y remas hasta Hog Island, tendrás una docena de hombres pisándote los talones en menos de una hora.
Todo el mundo conoce las leyendas, así que bien podrías subirte a una mesa de la posada y anunciarlo a los cuatro vientos.
El sigilo, Roy, es la única forma de encontrar el tesoro y sacarlo de la isla sin que nos lo arrebaten, ya sea allí mismo o en cuanto volvamos a Eastham.
Has esperado tanto; unos días más no van a cambiar nada.
—Estás ganando tiempo —espetó Roy.
—¿Y para qué iba a ganar tiempo? Quiero encontrarlo tanto como tú, y volver con mi hijo, que seguramente estará llorando porque echa de menos a su madre.
—Os mataré a los dos si intentas engañarme —amenazó Roy.
Había exigido que Teddy dejara sus armas en casa, de modo que solo contaría con sus propias manos si cedía al impulso de atacarlo.
Roy le sacaba al menos doce kilos y una cabeza de altura.
Enfrentarse a él sería una locura, y Teddy lo sabía de sobra.
—No intento engañarte, Roy —explicó Teddy con paciencia—. Solo trato de usar el sentido común que Dios me dio para conseguir lo que nos beneficie a mí y a los míos.
—Te tengo vigilado —respondió Roy, y enseñó los dientes manchados de tabaco en una sonrisa desagradable.
No con tanto cuidado como yo a ti , pensó Sophie, sentada en silencio en la parte trasera del carro.
Normalmente, el vaivén la habría adormecido y habría anhelado dormir, pero estaba tensa, con la espalda rígida como una tabla.
Tenía los hombros agarrotados, le dolía el cuello y las piernas empezaban a acalambrársele.
Las estiró e intentó relajarse, pero su mente no la dejaba descansar; los pensamientos le daban vueltas y más vueltas.
Comprendía las razones de Teddy para unirse a Roy Smith en aquella búsqueda descabellada.
Intentaba protegerlos, con la esperanza de que el oro bastara para satisfacer a Roy, pero ¿de verdad creía que Roy se olvidaría de ellos sin más?
¿O acaso Teddy confiaba en distraer a Roy el tiempo suficiente para que pudieran abandonar Cape Cod y establecerse en otro lugar?
¿Simplemente estaba ganando tiempo? ¿Esperaba que Roy llegara a confiar en él si encontraban lo que buscaban y lo considerara su socio en el crimen?
Sophie no creía que la codicia de Roy pudiera saciarse jamás, y dudaba mucho de que le permitiera a Teddy quedarse con la mitad del tesoro, como habían acordado.
¿Y qué haría si no había nada que encontrar?
¿Culparía a Teddy por haberlo embarcado en aquella búsqueda infructuosa?
¿Lo entregaría a las autoridades por despecho?
Lionel Holland había ofrecido una recompensa sustancial por información sobre el paradero de Sophie y había contratado a aquel hombre de Nueva York para dar con ella.
¿Dejaría Roy escapar la oportunidad de cobrar?
Teddy parecía convencido de que, si encontraban el botín, Roy no querría llamar la atención sobre sí mismo, pero a juzgar por su altercado con Teddy, Sophie no creía que aquel hombre fuera precisamente un lumbrera.
Su codicia se impondría al sentido común, faltaría a su palabra y haría que los persiguieran de todos modos.
Pero ¿qué alternativa tenía Teddy? Roy lo había reconocido y no había tardado en chantajearlo.
Teddy solo intentaba proteger a su familia.
Si Roy no hubiera insistido en que Sophie los acompañara, ella estaría ya de camino a un lugar nuevo donde se reuniría con Teddy en cuanto este lograra despistar a Roy y perderse en algún paraje remoto.
Aun así, nunca estarían a salvo. No mientras Roy anduviera suelto por ahí y conociera sus secretos más oscuros.
Puede que no fuera un estratega, pero sabía cómo conseguir lo que quería y usar lo que sabía, además de su corpulencia, para intimidar.
Con un escalofrío de miedo, Sophie cayó en la cuenta de que Teddy estaba asustado.
Nunca lo había visto temeroso de nada. Era su Teddy intrépido, la única persona con la que siempre podía contar para protegerla, pero Roy lo tenía contra la pared, con las manos en su garganta, y Teddy estaba aterrorizado.
A Sophie se le encogió el corazón de amor por su hombre.
¿Qué derecho tenía ella a juzgarlo? Había sufrido tanto: el asesinato de su padre, su cautiverio en Jamaica, y después la traición de su madre y la boda de Sophie.
Solo intentaba encontrar una salida a aquel callejón sin salida, y ella lo apoyaría en lo que decidiera.
Quizás este era el nuevo Teddy, y tendría que acostumbrarse a un hombre cauteloso y temeroso.