Capítulo 47
Al día siguiente, Teddy y Roy se marcharon juntos nada más desayunar.
Teddy no había quedado nada satisfecho con el guiso aguado, hecho principalmente de hortalizas, que Sophie había servido en la cena de la noche anterior.
Tras meses a bordo de un barco, quería carne fresca, y la conseguiría.
Roy no tenía ganas de cazar, pero Teddy no pensaba marcharse y dejar al hombre a solas con Sophie.
—Necesita paz y tranquilidad para pensar —le dijo Teddy a Roy—. Caleb sacará al niño y Sophie se pondrá con el cifrado.
—Más le vale —gruñó Smith, pero no discutió. Siguió a Teddy al exterior en aquella mañana húmeda, con los hombros encorvados y el sombrero calado sobre los ojos para protegerse el rostro de la niebla.
—¿Puede hacerlo, señora? —Caleb estaba detrás de ella, mirando por encima de su hombro la extraña colección de letras en la página.
—No lo sé —respondió Sophie. Las palabras le parecían un galimatías, pero todo código tenía una clave, y si encontraba un punto de partida, quizá lograra descifrarlo. Si no conseguía avanzar, ella y Teddy se inventarían una ubicación. Cualquier cosa con tal de alejar a Smith de ella y de J.T.
Sophie terminó de recoger después del desayuno, luego salió y se sentó en el banco, donde tendría más luz. La niebla se había disipado y una suave luz solar bañaba el cielo despejado. Sacó el papel y lo desdobló, contemplando el cifrado una vez más.
«Xli gliwx mw fyvmih sr lsk mwperh, xir tegiw rsvxl jvsq xli wtpmx wxsri ex xli xst sj xli lmpp. Ampp mw oiitmrk mx weji jsv csy».
Sophie leyó las palabras e intentó leerlas al revés, pero no funcionó.
Habría sido demasiado obvio de todos modos.
El hombre que había escrito la carta tenía que proteger la información a toda costa, y probablemente contaba con un sistema preestablecido para comunicarle a su esposa lo que necesitaba saber.
Sophie volvió a mirar las palabras, intentando discernir un patrón.
La palabra «xli» aparecía cuatro veces. ¿Cuál era la palabra más común en inglés con tres letras?
Quizá «man». Lo sopesó un momento. Dado que la primera aparición estaba al principio de lo que tenía que ser una oración, era posible que «xli» fuera «the».
Sophie reescribió las palabras, sustituyendo t por x, h por l y e por i. Lo que obtuvo fue:
«The glewt mw fyvmih sr lsk mwperh, xer tegew rsvth jvsq the wtpmt wtsre et the tst sj the lmpp. Ampp mw oiitmrk mt weji jsv csy».
Sophie estudió esta nueva versión del texto. Seguía siendo confuso y no había pistas obvias, salvo quizá «et». ¿Podría significar «at»? Si sustituía e por a, el texto quedaría así:
«The glewt mw fyvmeh sr lsk mwparh, xer tagiw rsvxl jvsq the wtpmt wtsre at the tst sj the lmpp. Ampp mw oiitmrk mt waje jsv csy».
Sophie frunció el ceño. Eso no ayudaba mucho, pero pensó que quizá iba por buen camino.
Algo la inquietaba, pero no lograba identificar qué.
Volvió a doblar el papel y se lo guardó en el bolsillo.
Necesitaba dar un paseo para aclararse la cabeza.
Algo tiraba del hilo suelto de un recuerdo, y si conseguía agarrarlo antes de que se escabullera, quizá descubriría de qué se trataba.
Caminó a paso ligero y recorrió unos ochocientos metros por el camino antes de dar la vuelta.
Tenía el ceño fruncido y los labios apretados mientras intentaba recordar lo que sabía de cifrados, si es que sabía algo.
El pensamiento esquivo nadó hasta la superficie de su cerebro como un pez atraído por un gusano, pero se desvaneció justo antes de que pudiera atraparlo en el anzuelo.
Se dio la vuelta y deshizo sus pasos, casi al trote por la agitación.
Sudaba copiosamente, con el cabello húmedo bajo la cofia.
Y entonces se detuvo de repente y miró al cielo, con la boca abierta en una gran O, las manos en las caderas y la espalda arqueada.
—¡Ajá! —exclamó, complacida consigo misma. Por supuesto. Había leído sobre esto mismo hacía años en uno de los libros de su padre.
Volvió corriendo, entró y buscó su pluma y tinta.
Extendió el papel sobre la mesa y contó en voz baja mientras reemplazaba cuidadosamente unas letras por otras.
Cuando terminó, releyó lo que había escrito y alzó las cejas con asombro.
Había sido casi demasiado fácil. ¿Habría recurrido el capitán Kidd a un método tan obvio para comunicarse con su esposa?
No tenía forma de saberlo, pero lo que ahora tenía ante ella era el mensaje, y tenía todo el sentido del mundo.
«El cofre está enterrado en Hog Island, diez pasos al norte desde la piedra partida en la cima de la colina. Will lo está guardando a salvo para ti».
Sophie soltó un grito de júbilo. Lo había logrado. Había descifrado un cifrado escrito en 1701 en una sola mañana. Teddy estaría tan orgulloso de ella, pensó mientras escondía la nota bajo la almohada y se ponía con sus tareas. Ahora solo tenían que encontrar el botín y deshacerse de Roy Smith.
Cuando Teddy y Roy regresaron a última hora de la tarde, Sophie esperó pacientemente mientras colgaban de una rama resistente el cadáver de una cierva que habían cazado, le cortaban el cuello para que se desangrara y enterraban las vísceras para mantener alejados a los animales.
Teddy cortó un trozo de carne del cuarto trasero y se lo dio a Sophie para la cena.
El resto tendría que esperar hasta el día siguiente.
Teddy y Roy se asearon mientras Sophie añadía trozos de carne fresca al caldo y las verduras que llevaba cociendo a fuego lento sobre la llama.
Cuando el aroma de la carne al fuego llenó la casa, puso la mesa e invitó a los hombres a sentarse.
Todos atacaron la comida con ganas, saboreando el abundante guiso que les llenó el estómago hasta dejarlos agradablemente somnolientos.
—¿Has mirado el cifrado? —preguntó Roy, con la mirada encendida de rencor—. Veo que has tenido tiempo de hornear pan, lavar los calzones de Teddy y preparar la cena. Seguro que has tenido tiempo de estudiar el texto.
—Pues sí, lo he mirado —respondió Sophie con evasivas.
—¿Y?
—Es un simple cifrado César —respondió Sophie.
—¿Y eso qué es? —exigió Roy.
—Julio César, el emperador romano —aclaró ella para que Roy lo entendiera—, usaba este cifrado para enviar mensajes codificados a sus generales y consejeros. Básicamente, desplazaba las letras según un número acordado de antemano.
—¿Y eso qué significa? —gruñó Roy Smith, nada divertido con la petulancia de Sophie.
—Que si usaba el número tres, la a se convertía en d, la b en e, y así sucesivamente. Una vez que descubrías el número, el código era fácil de descifrar.
—¿Y lo has descifrado? —preguntó Roy, boquiabierto de admiración.
—Así es. El capitán Kidd usó el cuatro —Sophie sacó la nota del bolsillo, la desdobló y la depositó sobre la mesa ante Teddy y Roy con gesto triunfal, con el mensaje claramente escrito en la parte inferior.
—Caramba —dijo Roy, meneando la cabeza—. Menuda mujer lista tienes, Ted.
Sonrió de oreja a oreja.
—Deberíamos ir mañana.
—Un momento —dijo Teddy, contemplando la nota con aire pensativo—.
Para empezar, han pasado treinta años desde que se escribió esta carta.
Lo más seguro es que el capitán enviara más de una para asegurarse de que su esposa recibiera su última despedida.
Y además, si pretendemos ir a por el tesoro, tenemos que prepararnos.
—Solo hay una forma de saber si el tesoro sigue ahí —replicó Roy—. Y en cuanto a preparativos, ¿qué necesitamos?
—Un bote, para empezar —respondió Teddy—. También necesitamos palas, una cuerda resistente, un farol y una manera de colocar el botín.
—Esas cosas se consiguen fácilmente si tienes dinero de sobra —replicó Roy, con un brillo de emoción en los ojos—. En cuanto a colocar el botín, de eso no te preocupes. Yo me encargo de mi parte. Tú haz lo que quieras con la tuya.
—¿Quién es ese Will que guarda el tesoro para la esposa del capitán? —preguntó Caleb.
A Teddy le cambió la cara, como si de pronto le hubiera sentado mal la cena. Apartó la mirada, pero Roy no estaba dispuesto a dejarlo correr.
—Suéltalo, Ted. ¿Quién es Will?
—Will era seguramente un marinero de la tripulación del capitán Kidd al que enterraron encima del cofre.
Puede que ya estuviera muerto, pero lo más probable es que lo mataran en la isla para usar su cadáver en descomposición como advertencia a cualquiera que se pusiera a excavar, y que su espíritu ronde el lugar por toda la eternidad.
—¿Tienes miedo, Teddy? —preguntó Roy con voz de niña pequeña, y luego soltó una carcajada—. A mí no me asusta ningún cadáver de hace treinta años. Tienes dos días para prepararte. Después nos vamos a Hog Island.
—Como quieras —respondió Teddy. Parecía resignado a llegar hasta el final.
—Y tu mujer viene con nosotros —añadió Roy con malicia.
—Ni hablar —replicó Teddy, entornando los ojos con rabia.
—¿Por quién me tomas, Mercer? Que yo sepa, tu listilla podría habérselo inventado todo y largarse con el niño en cuanto me alejes de aquí.
Ah, no, ella viene con nosotros. El niño puede quedarse con Caleb hasta que volváis.
Cuando encontremos el tesoro, nos lo repartimos y cada uno por su lado.
Y si todo esto ha sido un engaño, tu hijo se quedará huérfano de golpe.
—No te atrevas a amenazarme —dijo Teddy con voz peligrosamente baja—. He cumplido con mi parte del trato.
—Todavía no. ¿Ves oro por alguna parte? Yo tampoco. Dos días, Mercer. Dos días.
Se levantó de la mesa y fue hacia la cama, de donde sacó el orinal y se desabrochó los pantalones sin molestarse en darse la vuelta.
Sophie lo observó con asco mientras se sacaba el miembro y soltaba un chorro de orina; al terminar, suspiró de satisfacción.
Dejó el orinal donde estaba, sin tomarse la molestia de vaciarlo fuera, y volvió a la mesa.
—Creo que ya es hora de que te vayas a la cama —le dijo a Sophie—. Ted y yo tenemos cosas que hablar.
Sophie recogió los platos sucios y los puso en una palangana con agua, tapó lo que quedaba del guiso y envolvió el pan sobrante. Lanzó a Teddy una mirada elocuente, y él fue a por el orinal y salió a vaciarlo.
—Buenas noches, entonces —dijo Sophie con dulzura, y fue a acostarse junto a J. T., que ya dormía en la cama.