Capítulo 46
Caleb cogió el mosquete, lo cargó y preparó, luego salió y se colocó junto a Sophie, paralizada de miedo.
No distinguía los rostros de los hombres, pero uno de ellos era corpulento y ancho de cintura, igual que George.
Apenas miró al otro hombre, tan desesperada estaba por confirmar si su marido había venido por fin a por ella.
El corazón le latía con fuerza y respiraba entrecortadamente.
Habían pasado nueve meses desde que dejó a George, pero seguía viviendo aterrorizada ante la posibilidad de que él la encontrara y viniera a por ella.
Y si venía, solo un muchacho adolescente con un mosquete se interpondría entre ella y la sed de venganza de George.
—Caleb, si me pasa algo, por favor cuida de J.T. No permitas que le hagan daño —suplicó Sophie, con la mirada fija en los hombres, que se acercaban cada vez más.
Tras escudriñar el horizonte durante unos tensos momentos, Caleb apoyó el mosquete contra la pared y le tomó la mano helada.
—¿No reconoce a Teddy, señora? —preguntó con suavidad—. Es Teddy, que ha vuelto a casa.
A Sophie casi le fallaron las rodillas del alivio y el corazón le dio un vuelco de alegría.
Ahora que Caleb lo había señalado, veía claramente el rostro de Teddy y reconocía su manera de andar.
Sophie suspiró aliviada. Quienquiera que fuese el otro hombre, lo único que importaba era que no era George.
Si Teddy hubiera venido solo, Sophie se habría recogido las faldas y habría corrido a su encuentro, pero el otro hombre no le resultaba familiar y no podía adivinar el motivo de su visita, así que permaneció donde estaba, con el corazón latiéndole como un tambor mientras los hombres se acercaban.
En cuanto entraron en el patio, Teddy la levantó en volandas y la hizo girar mientras la besaba con pasión, antes de depositarla en el suelo. Luego estrechó la mano de Caleb y miró con atención detrás del joven, al que J.T. usaba de escudo.
—¿Y a quién tenemos aquí? —dijo Teddy, y se agachó con las manos a la espalda para no asustar al niño.
—J.T. —respondió el niño con timidez.
—¿J.T.? Qué nombre tan ingenioso. Me gusta mucho.
Las mejillas redondas de J.T. se sonrojaron de placer.
—Gracias, señor.
—¿Puedo estrecharte la mano? —preguntó Teddy, y le tendió la mano al niño. J.T. la tomó con solemnidad, y Teddy se la estrechó como si fuera un adulto.
—¿Y puedo levantarte y lanzarte al aire? —bromeó Teddy mientras levantaba al niño y lo lanzaba hacia arriba, arrancándole gritos de risa—. ¿Y puedo hacerlo otra vez?
Mientras Teddy se reencontraba con su hijo, el hombre que había venido con él se dirigió a Sophie.
—Roy Smith, a su servicio, señora —dijo, y se quitó el sombrero manchado e hizo una reverencia con la cabeza, que llevaba envuelta en un pañuelo mugriento.
El hombre debía de rondar los treinta, como Teddy, pero ahí terminaba el parecido.
Su cabello oscuro le caía en mechones grasientos, y su piel picada de viruela estaba cubierta por una barba rala.
Sus ojos verdes, bastante hermosos, tenían una mirada vigilante y calculadora.
Sophie no tenía ninguna razón obvia para sentir miedo, pero la presencia del hombre y su mirada demasiado descarada la hacían sentirse amenazada.
—Encantada de conocerle, señor Smith —respondió Sophie. Normalmente habría dado su propio nombre, pero su nombre legal era Sophie Holland, y revelarlo no habría sido lo más prudente. Supuso que Teddy le había dicho al hombre que era su esposa.
La boca de Smith se curvó en una sonrisa perezosa.
—Ya nos conocemos. ¿No lo recuerda?
—Lo s-siento —tartamudeó Sophie—. No caigo.
—Roy se quedará con nosotros unos días —dijo Teddy tras dejar en el suelo a un J.T. risueño.
—Espero ser bienvenido, señora —dijo Roy Smith, con la mirada astuta fija en el rostro de Sophie.
—Por supuesto, señor Smith —respondió Sophie con rigidez.
Deseaba más que nada que el hombre se largara de una vez—.
Deben de tener hambre después del viaje —añadió mientras entraban en la casa.
No había empezado a preparar la cena todavía, así que sacó una hogaza de pan, un trozo de queso y varias lonchas de cerdo frío.
Caleb colocó una jarra de cerveza en la mesa junto al pan y sacó dos platos y dos tazas.
—Gracias, querida —dijo Teddy. Sonrió, pero Sophie vio la advertencia en sus ojos y no hizo ninguna pregunta.
En cambio, se sentó junto a la ventana con su costura y dejó que los hombres comieran en paz.
Hablaban con soltura, pero ella conocía a Teddy lo bastante bien para percibir que estaba en guardia.
¿Por qué había traído a aquel hombre a su hogar si no confiaba en él?
Una vez terminada la comida, Teddy se volvió hacia Sophie.
—¿Qué te parece dar un paseo? —Se acercó a ella—. Ha pasado demasiado tiempo desde que estuve a solas con mi dama —dijo, y Sophie se sonrojó violentamente.
Ella dejó a un lado la costura y tomó la mano que Teddy le tendía. Salieron de la cabaña y echaron a andar sin prisa.
—Teddy, ¿qué es...? —comenzó Sophie, pero Teddy negó con la cabeza y se llevó un dedo a los labios. Sophie asintió y siguieron caminando, con la mano cálida de él sobre la suya.
En cuanto estuvieron lo bastante lejos de la casa, Teddy la llevó entre los árboles y la besó con pasión mientras la arrinconaba contra un grueso tronco.
Sophie se entregó a su beso y olvidó todas sus preguntas.
Teddy deslizó la mano bajo su falda, y ella gritó y arqueó la espalda mientras él se dedicaba a darle placer, sin apartar la mirada de su rostro.
—Pensé que me moriría de tanto desearte, Poppet —susurró mientras retiraba la mano y se desabrochaba los calzones—. Y no puedo esperar más.
Teddy la levantó, y ella le rodeó la cintura con las piernas mientras él la tomaba allí mismo, contra el árbol.
Ella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, ajena a todo salvo al placer insoportable de tenerlo dentro.
Él se movió despacio al principio, pero luego aceleró el ritmo, penetrándola profundamente hasta que ella le clavó las uñas en los hombros y se dejó ir; su cuerpo quedó laxo en sus brazos, como si fuera una muñeca de trapo.
Teddy la depositó en el suelo con suavidad, pero no la soltó.
La mantuvo pegada a él, y ella sentía el calor de sus manos a través de la tela del vestido.
—Te quiero tanto, Poppet —le susurró al oído.
Sophie debería haberse sentido eufórica, pero un escalofrío de aprensión le recorrió la espalda y la hizo apartar a Teddy para poder mirarlo a la cara. En lugar de sostenerle la mirada, él bajó la vista mientras se abrochaba los calzones y luego dio un paso atrás.
—Theodore Mercer —dijo Sophie en tono imperativo—. Me vas a contar qué está pasando ahora mismo, y no te vas a dejar nada.
Pocas mujeres le hablarían así a sus maridos, pero Teddy no era solo su compañero, era su amigo, su confidente y el hombre por el que lo había arriesgado todo.
Tenía derecho a saber qué se traía entre manos, y no iba a dejarse contentar con medias verdades ni con falsas promesas de que todo iba bien.
Teddy se sentó en el suelo y tiró de ella para que se sentara a su lado.
—Me separé de la tripulación del capitán Martel en Carolina del Norte —dijo Teddy.
—¿Un barco pirata puede entrar en puerto sin más? —preguntó Sophie, atónita ante el descaro del capitán.
Teddy negó con la cabeza.
—No exactamente, pero hay muchas calas ocultas donde un barco puede esconderse varios días.
Fui hasta Wilmington y allí conseguí pasaje a Boston en un mercante que subía hacia el norte.
Di un nombre falso, así que nadie hizo preguntas incómodas —dijo Teddy—.
Al llegar a Boston, fui a ver a mi madre.
Todavía no la he perdonado por lo que hizo, pero es mi madre y tengo obligaciones con ella y con mis hermanas.
También quería enterarme de las últimas noticias.
—¿Y? —preguntó Sophie, conteniendo el aliento.
—Siguen buscándote, Soph. Lionel Holland ha contratado a un hombre recién llegado de Nueva York, un mayor retirado llamado Elijah Boothe. Dicen que tiene fama de resolver casos difíciles.
—¿Quieres decir que encuentra personas a cambio de dinero?
—Por lo que oí, no lo hace solo por dinero. Disfruta del desafío, dicen. Le gusta desentrañar misterios.
—Bueno, todavía no me ha encontrado —espetó Sophie, con una irritación que nacía del miedo.
—No, pero le basta con una sola pista sólida y se lanzará tras nuestro rastro como un sabueso tras su presa.
—¿Qué tiene que ver esto con Smith? —preguntó Sophie—. ¿Por qué lo has traído aquí?
—Paré en una taberna del muelle a tomarme una jarra de cerveza y a preguntar si alguien zarpaba hacia el Cabo, y allí me topé con Smith.
—¿De qué lo conoces?
—Era uno de los tripulantes del Sea Falcon . Estaba de guardia la noche que te subí a bordo.
—¿Ese era él? —preguntó Sophie, que apenas recordaba al hombre—. ¿Al que le llevaste una botella de Madeira?
Teddy asintió.
—Siempre fue un tipo turbio, pero no tuve muchos tratos con él —dobló las piernas, apoyó los codos en las rodillas y dejó las manos colgando entre ellas—.
Smith se ofreció a invitarme a una copa, por los viejos tiempos.
No podía negarme. Encontró una mesa en un rincón y me contó lo que tenía en mente —dijo Teddy con amargura.
—¿Qué era?
—Sabe lo nuestro, Poppet. Se acordó de que hablaba de ti cuando estaba a bordo del Sea Falcon .
Todos hablaban de sus esposas y novias, y yo te mencioné más de una vez.
Si te hubieras llamado Elizabeth o Anne, quizá no habría atado cabos, pero no hay tantas mujeres jóvenes que se llamen Sophie, y menos aún que abandonen a sus maridos y desaparezcan sin dejar rastro.
—Pero no tenía pruebas, hasta ahora —replicó Sophie acalorada—. ¿Por qué lo admitiste? Podrías haber dicho que no me habías visto desde mi boda.