La casa en la colina Capítulo 45
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Capítulo 45

La casa aún estaba envuelta en oscuridad cuando Sophie despertó, pero supo instintivamente que el amanecer estaba próximo.

Se deslizó de la cama, arropó a John Theo, que seguía durmiendo profundamente, y se echó un chal sobre los hombros antes de salir en silencio.

Ver el amanecer se había convertido en su ritual durante los últimos meses, el único consuelo ante su incapacidad para dormir.

Sophie se sentó en el banco que Caleb había construido para ella justo bajo la ventana de la cabaña y se recostó contra la pared de tablillas, con la mirada fija en el horizonte.

El cielo era una sinfonía de azul profundo, pero una fina franja gris ya asomaba en el este, anunciando un nuevo día que no tardaría en llegar.

Sophie contuvo la respiración cuando primero una mota, luego una estrecha banda de luz resplandeciente apareció en el horizonte: el sol iniciaba su ascenso hacia los cielos.

Prometía ser otro día hermoso, pero ya se respiraba el otoño, y Sophie esperaba que la llegada del invierno trajera consigo el regreso de Teddy.

Llevaba ausente casi seis meses, pero ella había tenido la suerte de recibir dos cartas durante ese tiempo, enviadas desde puertos de nombres exóticos y entregadas casi deshechas tras haber pasado por tantas manos desconocidas.

Las cartas tardaban meses en llegar, pero Sophie trataba las palabras de Teddy como si las hubiera escrito el día anterior, y oía su voz en la mente mientras las leía.

Sophie nunca se molestaba en responder, pues sabía que sus cartas jamás lo alcanzarían, pero cada noche, antes de quedarse dormida, le escribía una carta mental en la que lo ponía al día sobre lo acontecido en la jornada, le informaba de los progresos de su hijo y le aseguraba que estaban a salvo.

Teddy los había instalado en Sandwich, una comunidad rural en Cape Cod.

La casa era diminuta, de una sola habitación, pero era todo lo que Teddy podía permitirse, y había elegido con acierto.

Sus vecinos más cercanos eran cuáqueros, personas amables, tolerantes con los demás y siempre dispuestas a ayudar.

También eran granjeros, lo que permitía a Sophie acceder a leche fresca, mantequilla, queso y carne, ya que no tenía animales propios salvo el caballo que Teddy había dejado por si necesitaban huir.

Se sentía segura entre ellos y sabía que, si alguien venía a buscarla, sus vecinos jamás la delatarían.

Tras encontrar comprensión y compañía entre las mujeres, Sophie había aprendido a tener paciencia con su hijo.

Al principio, John Theo simplemente había existido.

Comía, dormía y se ensuciaba los pañales, pero hacía poco más que pudiera considerarse interacción.

Se negaba a mirar a Sophie, y aunque respondía a su voz y a sus indicaciones suaves, apenas emitía sonidos y no intentaba hablar.

Su único consuelo maternal llegaba por la noche, cuando el niño se apretaba contra ella al quedarse dormido, con el pulgar en la boca, como era su costumbre.

A menudo se despertaba sobresaltado cuando ella se levantaba por la noche a usar el orinal, y no volvía a dormirse hasta que se acostaba de nuevo a su lado.

Sophie le había confiado a Alice, una cuáquera a quien compraba la leche, que temía que John Theo fuera lo que otros llamaban cruelmente retrasado, pero Alice le aseguró que no veía nada malo en el niño.

Alice tenía siete hijos propios, seis de ellos varones.

—No caigas en la desesperación, amiga Sophie —había dicho Alice con su voz cálida y tranquilizadora—.

A la gente le gusta pensar que los hombres son el sexo más fuerte, pero en verdad no son ni de lejos tan resistentes como las mujeres.

No necesitan serlo. Dale tiempo y amor, y te sorprenderá —añadió, con la mirada llena de simpatía.

—Espero que tengas razón, Alice, porque empiezo a temer que jamás oiré su voz —le había confiado Sophie entre lágrimas.

—La oirás. John Theo hablará cuando esté listo.

Alice había tenido razón. Cuando el verano llegó a Cape Cod, el andar tambaleante de John Theo se había vuelto más firme, y había empezado a interesarse por lo que hacía Caleb.

Quizás lo veía como una figura paterna, a falta de un padre propio al que admirar, o tal vez como un hermano mayor, pero seguía a Caleb cada vez que salía de la casa, correteando tras él con las piernas robustas.

Sophie se alegraba de ver su salud mejorar, pero se preocupaba sin cesar por su falta de desarrollo intelectual.

Nunca había esperado que Caleb asumiera el papel de maestro, pero el joven era ingenioso, como Teddy había señalado, y parecía sentir un afecto genuino por el niño.

Un día, Caleb se detuvo, se volvió y, con las manos en las caderas, se dirigió a John Theo, que intentaba seguirle el paso.

—A ver, escucha, J.T., si quieres venir conmigo, puedes hacerlo, pero tienes que decírmelo; si no, tendrás que volver con tu mamá.

John Theo se limitó a mirarse los pies, confundido por aquel giro inesperado. El corazón de Sophie se encogió de lástima mientras los observaba, pero no intervino.

—Eso es —continuó Caleb, con sus ojos azules rebosantes de afecto por el niño—. Tienes que decir: «Ven».

John Theo permaneció mudo.

—Vuelve a casa, entonces. Tu mamá te estará echando de menos. No puedo llevarte si no me dices que quieres venir conmigo.

John Theo regresó a la casa cabizbajo, pero al día siguiente volvió a intentar seguir a Caleb. Caleb repitió su petición y no permitió que John Theo lo acompañara al negarse el niño a pronunciar palabra.

—Necesito oír las palabras, muchacho —dijo Caleb.

—Caleb, por favor, no seas cruel con él —le suplicó Sophie esa noche, después de que John Theo se hubiera dormido—. Diría las palabras si pudiera.

—Es usted demasiado blanda con él, señora. Lo mima demasiado porque está abrumada por la culpa. Pues bien, yo no tengo nada de qué sentirme culpable, así que me encargaré de él. Solo déme la oportunidad de demostrarle que John Theo es tan normal como cualquier otro niño.

—¿Y si no lo es?

—Entonces no se habrá perdido nada —respondió Caleb con seguridad—. No seré el primero ni el último en decirle que no deseo su compañía.

A Sophie se le encogió el corazón, pero en el fondo sabía que Caleb tenía razón. Si John Theo seguía sin hablar, la gente sería cruel con él y lo trataría como si fuera tonto. Pasaron casi dos semanas, pero un día, cuando John Theo se desesperó lo bastante, miró fijamente a Caleb y gritó:

—¡Ven!

—Vaya, vaya. Mira quién ha decidido hablar. Ahora que sé lo que quieres, estaré encantado de llevarte conmigo. ¿Vamos a buscar unos huevos para tu mamá?

John Theo asintió, pero Caleb no quedó satisfecho.

—Dilo, J.T.

—Sí —murmuró John Theo.

—Así me gusta —respondió Caleb con una sonrisa—. Vamos, pues.

Las palabras llegaron lenta y dolorosamente. Que John Theo dijera algo una vez no significaba que fuera a repetirlo, pero Caleb no se rindió, y Sophie empezó a exigir lo mismo de su hijo.

—Dime qué quieres, John Theo —dijo ella cuando el niño alargó la mano para coger una manzana.

—Manzana —dijo tímidamente, y añadió—: J.T.

—¿Quieres que te llame J.T.? —preguntó Sophie, sorprendida. El niño asintió.

—De acuerdo. Si eso es lo que quieres. —Sophie se apartó del niño y sonrió para sus adentros.

No le gustaba cómo sonaba J.T., pero le alegraba que John Theo se hubiera impuesto y expresado sus sentimientos.

Aquello tenía que ser el comienzo de algo nuevo y maravilloso entre ellos, y estaba dispuesta a complacer cualquier petición con tal de que la expresara con palabras.

J.T. también empezó a mirarla. Con timidez al principio, pero después con más atrevimiento conforme iba expresando lo que quería. Parecía feliz de haber encontrado por fin las palabras. A lo largo del verano, su vocabulario fue creciendo, y a principios de septiembre ya encadenaba palabras.

—Voy contigo —gritaba cuando Caleb se disponía a salir a hacer algún recado.

—Pues venga, vamos —respondía Caleb con paciencia—. No tengo todo el día para esperarte.

Un día, cuando Sophie se había puesto el chal y cogido la cesta, dispuesta a ir a visitar a Alice, J.T. le agarró la mano y la miró suplicante.

—¿Adónde vas, mamá? —preguntó.

Sophie casi se desmaya de la alegría. Era la primera vez que la llamaba mamá. Estaba tan feliz que quería gritarlo a los cuatro vientos, pero en lugar de eso sonrió con dulzura y dijo:

—Voy a visitar a la hermana Alice. ¿Te gustaría venir?

—Sí, por favor.

—Ponte los zapatos, entonces. No puedes ir descalzo.

J.T. se calzó a toda prisa y se reunió con ella junto a la puerta, con el rostro ilusionado.

El hijo menor de Alice tenía más o menos su edad, y habían jugado juntos varias veces mientras Alice y Sophie charlaban.

Al salir de la casa, le tendió la mano a J.T.

, y él se la cogió, deslizando su manita cálida en la de ella.

Mientras caminaban por el estrecho sendero hacia la granja de los Miller, supo que siempre recordaría aquel día como uno de los más felices de su vida.

**

Cuando el sol por fin salió y la oscuridad dio paso al azul brillante del cielo otoñal, Sophie dejó su asiento y volvió a la casa a preparar el desayuno.

Caleb ya estaba despierto, hablando en susurros con J.T.

Caleb llevaba el peso de la conversación, pero J.T.

escuchaba atento, pendiente de cada palabra. Idolatraba al chico mayor.

—Venga, J.T. —dijo Caleb—, ¿por qué no usas el orinal, te vistes y vienes a ayudarme a por agua mientras tu mamá nos prepara el desayuno?

J.T. saltó de la cama, sacó el orinal de debajo del catre y se levantó el camisón.

Sacó barriga mientras un arco de orina brotaba de su pequeño pene rechoncho.

Terminó e intentó quitarse el camisón por la cabeza, pero no pudo y se volvió hacia Sophie pidiendo ayuda.

Ella le quitó el camisón mientras él alzaba los brazos, le dio los calzones, los pantalones, las medias y la camisa, y lo observó mientras empezaba a vestirse.

Todavía necesitaba ayuda, sobre todo con las medias, pero Sophie no se ofreció enseguida, sino que lo dejó forcejear unos minutos antes de intervenir.

J.T. se volvía más autosuficiente cada día que pasaba, y ambos estaban orgullosos de ello.

—Tu papá se va a llevar una sorpresa cuando vuelva a casa —dijo Sophie mientras le daba los zapatos al niño—. Ni siquiera te va a reconocer. Dirá: «¿Quién es este niño tan grande?».

J.T. resplandecía de felicidad y orgullo.

—Ahora ve a por agua, que voy a hervir unos huevos para desayunar. ¿Te apetece?

Alice le había aconsejado a Sophie que le diera a J.T.

tantos huevos como pudiera. Le había dicho que lo harían fuerte y lo saciarían durante más tiempo que el pan con mantequilla.

Parecía saber de lo que hablaba. Sus hijos eran todos robustos, y que Sophie supiera, Alice nunca había perdido a ninguno por enfermedad.

Más tarde, después de dar de comer a J.T.

y a Caleb y de acostar a J.T. para la siesta, salió a recoger la colada de esa mañana y se sorprendió al ver a dos hombres que se acercaban.

La casa estaba aislada, no formaba parte de ningún asentamiento ni pueblo, así que quien viniera por allí o estaba perdido o venía a visitarlos.

—Caleb, trae el mosquete —dijo Sophie en voz baja—. Tenemos visita.