Capítulo 44
Sophie
Sophie deseaba con todas sus fuerzas que su vida con Teddy comenzara de verdad, pero también estaba muerta de miedo.
Teddy partiría a finales de marzo. En las semanas siguientes, tendrían que encontrar un lugar donde establecerse y un modo de que Sophie pudiera apañárselas sola hasta que él regresara.
La amenaza de que George la encontrara seguía siendo igual de real, y las finanzas mermadas de Teddy los dejaban en un buen aprieto.
El dinero no duraría más de unos meses, no una vez cubiertos los gastos iniciales de montar una casa.
Sophie arropó mejor a John Theo con la manta y le besó la coronilla mientras se preparaban para partir.
Tras varios días con sus nuevos padres, parecía menos asustado, pero no miraba a nadie a los ojos ni emitía sonido alguno.
Su retraimiento aterrorizaba a Sophie, sobre todo comparado con la charla animada de Libby, cuyo balbuceo incoherente empezaba a sonar a palabras.
—Dale tiempo, Sophie —dijo Molly, con la mirada puesta en el niño silencioso—. Lo han separado de la única familia que ha conocido. Lo querían y lo cuidaban, y se lo llevaron sin previo aviso. No tiene palabras para expresar lo que siente, pero seguro que está sumido en una gran agitación interior.
—Pero Teddy y yo somos sus verdaderos padres —protestó Sophie.
—Pero él no lo sabe, ni le importa a estas alturas. Lo arrancaron de personas a las que quería y en las que confiaba, y lo metieron en una situación desconocida. Ten paciencia.
Sophie asintió mientras las lágrimas se le acumulaban en las comisuras de los ojos. Visto así, lo que le habían hecho a John Theo sonaba francamente bárbaro.
—Soy tu mamá, John Theo —le susurró Sophie una vez sentados en el banco del carro—. Te quiero, y seré la paciencia personificada. Tómate todo el tiempo que necesites, poppet mío.
Teddy alargó la mano y le dio unas palmaditas en un gesto silencioso de apoyo. Sophie se sintió inquieta al decir adiós a Molly y Brock, que habían salido a despedirlos, pero Teddy estaba ansioso por partir, con la mente ya puesta en el viaje que les esperaba.
—¿Hasta dónde vamos a viajar? —preguntó Caleb desde la parte trasera del carro.
Era un joven fornido de unos quince años, con una melena oscura e indomable y los ojos azules tan comunes en la familia de Teddy.
Caleb era hijo de la única hermana del padre de Teddy, fallecida recientemente, lo que había dejado al muchacho a su suerte.
Al enterarse por su madre de la muerte de su tía, Teddy le había pedido a Brock que localizara a Caleb y lo trajera a la granja si le interesaba un empleo mejor pagado que el de los muelles.
—¿Por qué tiene que venir con nosotros? —había preguntado Sophie mientras yacían entrelazados en su jergón en el desván la noche anterior.
—No puedo dejarte sola, Soph. Seguro que lo entiendes. Necesitas un hombre en casa, alguien que corte leña, acarree cubos de agua y venga en tu auxilio si algo o alguien amenaza tu seguridad.
—Te refieres a George.
—Me refiero a cualquiera, cariño. Una mujer sola no está segura. Caleb es un buen muchacho. Es joven y fuerte, y lo más importante, es espabilado. Cuidará de ti y de John Theo.
—Ojalá no tuvieras que irte —gimió Sophie.
—Odio dejarte cuando apenas te he vuelto a encontrar, pero no tengo otra opción. Además, necesitamos mi parte del botín para vivir. No estoy en condiciones de buscar un empleo honesto. En cuanto se corra la voz de que he regresado, me arrestarán.
—Pero lo que pasó no fue tu culpa —argumentó Sophie—. Te llevaron contra tu voluntad.
Teddy negó con la cabeza ante su ingenuidad.
—Cariño, fue culpa mía, y me acusarán de contrabando, abandono del deber, piratería y posiblemente hasta de traición, ya que el capitán Martel nos ordenó disparar contra un buque de guerra británico cuando nos dio caza.
Sophie suspiró. Teddy tenía razón. No había vuelta atrás.
Él era un forajido y ella una esposa fugitiva.
Ninguno de los dos volvería a estar a salvo, sobre todo si permanecían cerca de Boston.
Teddy no había dicho nada, y ella había tenido demasiado miedo de preguntar, pero tenía sus sospechas sobre el ataque a George.
Teddy no podía hacer nada abiertamente ni por vías legales para vengarse de George por cómo la había tratado, pero Sophie no podía imaginar que fuera a dejar impune su crueldad.
Si Teddy había sido quien le dio la paliza, difícilmente podía culparlo, ni podía negar que sentía una punzada de satisfacción al saber que George había sufrido no solo emocional, sino también físicamente.
Quizá ahora supiera lo que se sentía al ser la víctima indefensa de alguien que quería hacerle daño.
Cuando llegó la mañana, cargaron el carro y partieron, Sophie no se había molestado en preguntar adónde iban.
Caleb sería espabilado, pero Teddy era astuto como un zorro y los pondría a salvo.
Pese a su miedo inicial, le confiaba no solo su propia vida, sino también la de su hijo, y sabía que Teddy se tomaba en serio sus responsabilidades para con su familia.
Los sacaría adelante, pero aunque algo saliera mal, prefería arder con él que volver a separarse.