Capítulo 41
—¿Has oído hablar alguna vez de Ted el Loco? —preguntó Lauren cuando salieron del camino de entrada de casa de Ann Oliver. Tyler, tras haber quemado parte de su energía, iba sentado en silencio mirando por la ventana.
—Sí. ¿Por qué? —preguntó Ryan—. ¿Qué tiene que ver con todo esto?
Lauren le contó a Ryan lo que Ann le había dicho y luego sacó del bolso la carta que Sophie había dejado. La guardaba en una bolsa con cierre hermético para que no se corriera la tinta.
—Para un momento —dijo Lauren—. Quiero enseñarte algo.
Ryan aparcó y apagó el motor. Miró a Lauren expectante.
—Sophie dejó esto en el escritorio.
Ryan cogió la bolsa de plástico y leyó rápidamente el breve mensaje antes de volverse hacia Lauren con los ojos muy abiertos.
—¿Crees que iba dirigido a Ted Mercer?
—Sí. Creo que Sophie Holland era su amante.
—Es una teoría interesante, pero no hay mucho en qué apoyarla —dijo Ryan con expresión pensativa. Estaba a punto de añadir algo cuando le sonó el móvil.
—Disculpa —dijo, y contestó. Su rostro se tornó serio mientras escuchaba.
—Tengo que ir a la consulta ahora mismo. Han atropellado al perro de la señora Leonard. Merielle se fue a Martha's Vineyard con mis padres —dijo con gesto preocupado.
—Puedes dejar a Tyler conmigo. Estará bien —dijo Lauren. No pasaba varias horas a solas con un niño pequeño desde que hacía de canguro en la adolescencia, pero estaba segura de que se las apañaría.
—¿Estás segura? No quiero molestarte.
—No me molestas. Estaré encantada de ayudar.
Ryan suspiró aliviado.
—Os llevo a mi casa y voy directo a la consulta. La señora Leonard llegará en unos quince minutos. Dice que Brutus está muy malherido.
—Mi casa está más cerca —señaló Lauren.
—¿Seguro que no te importa?
—En absoluto. Haz lo que tengas que hacer y no te preocupes por nosotros. Estaremos bien —le aseguró Lauren mientras se detenía frente a Holland House.
Ryan desabrochó el cinturón de Tyler y lo llevó dentro. Tyler fue directo hacia Billy, que meneó la cola contento; niño y perro conectaron al instante.
—Te lo agradezco más de lo que imaginas —dijo Ryan.
Su mirada era dulce y sus labios cálidos cuando rozaron los de ella en un tierno beso.
No era la primera vez que Lauren sentía que quedaba mucho por decir, pero aquel no era el momento ni el lugar para ahondar en lo que había entre ellos.
Así que le acarició la mejilla y lo miró a los ojos con una sonrisa, dándole a entender que estaría allí cuando volviera.
Ryan sonrió con pesar y se marchó; los neumáticos levantaron grava cuando dio la vuelta y bajó la colina.
—¡Papá! —gritó Tyler al darse cuenta de que Ryan se había ido.
—Papá volverá pronto —dijo Lauren, que de pronto cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de cómo entretener a Tyler.
No tenía televisión ni wifi, así que ver dibujos o una película quedaba descartado.
No tenía libros infantiles ni juguetes, y Tyler era demasiado activo para esperar pacientemente a su padre.
—¿Te apetece sacar a Billy a pasear? —preguntó Lauren, con la esperanza de que Tyler no dijera que no.
—¿Puedo llevar la correa? —preguntó Tyler.
—Solo si prometes agarrarla bien fuerte y no soltarla. Billy se cayó por esas escaleras de ahí fuera hace unas semanas. Se hizo mucho daño, pero tu papá lo curó.
—No la soltaré. Lo prometo —dijo Tyler, con la mirada azul solemne.
—Muy bien. Vamos.
Tras una caminata de cuarenta minutos por los bosques cercanos, tanto el niño como el cachorro estaban agotados. Billy se acurrucó en su transportín y Tyler se subió al sofá y miró a su alrededor.
—Quiero ver la tele —dijo con voz quejumbrosa.
—No tengo tele.
—¿Por qué?
—Prefiero leer. ¿Quieres que te cuente un cuento? —preguntó Lauren mientras intentaba recordar frenéticamente alguno apropiado para un niño de tres años.
—Tengo hambre —se quejó Tyler.
Lauren abrió la boca para responder y la cerró de inmediato.
De niña, los sándwiches de mantequilla de cacahuete con mermelada habían sido un básico, pero no podía estar segura de que Tyler no fuera alérgico a los cacahuetes.
Se había olvidado de preguntarle a Ryan qué darle de cenar si no volvía a tiempo.
—¿Qué te apetece? —preguntó con cautela, con la esperanza de que no pidiera algo imposible. No era precisamente una gran cocinera, y no tenía nada apropiado para niños en la nevera. Quizá podría pedir una pizza.
—Sándwich de queso a la plancha —respondió Tyler.
Lauren suspiró aliviada. Se le daban de maravilla los sándwiches de queso a la plancha.
—Marchando.
—¿Tienes patatas fritas para acompañar? —preguntó Tyler.
—No. ¿Qué tal unos palitos de zanahoria?
Tyler puso una cara que la hizo reír.
—Me gustan los tomates cherry —dijo.
—Tengo tomates cherry, así que estamos salvados.
Lauren estaba a punto de dejar a Tyler en el salón con Billy e ir a la cocina, pero lo pensó mejor. Era demasiado pequeño para dejarlo solo, sobre todo sin televisión que lo mantuviera entretenido.
—Ven a ayudarme —dijo.
Tyler se bajó del sofá a regañadientes y la siguió.
—No sé cocinar —se quejó.
—¿Sabes contar? —preguntó Lauren.
—Sé contar hasta veinte —presumió Tyler.
—Excelente. Entonces puedes contar los tomates.
—Vale.
Después de sacar los ingredientes, Lauren empezó a preparar los sándwiches mientras Tyler contaba con cuidado los tomates que ella había lavado y colocado en un plato.
—¿Cuántos tenemos?
—Catorce —respondió Tyler con orgullo.
—Bien. Ahora, divídelos por la mitad.
Tyler puso cara de preocupación por un momento, pero luego empezó a repartir los tomates, murmurando:
—Uno para ti y uno para mí —hasta que quedaron repartidos a partes iguales.
—¡Muy bien! —exclamó Lauren. Puso un plato delante de Tyler y le sirvió un vaso de leche—. ¿Qué te parece? —preguntó mientras el niño le daba un mordisco al sándwich.
—Bueno —respondió Tyler con la boca llena de pan y queso. Devoró el sándwich y luego alargó la mano hacia lo que quedaba del de ella. Lauren se lo dio y él también se lo comió, metiéndose tomates cherry en la boca después de cada bocado.
—¿Qué te parece si te enseño mi habitación después de lavarnos las manos? —sugirió Lauren cuando terminó.
—Vale.
Lauren ayudó a Tyler a subir los empinados escalones y lo llevó a su dormitorio. El niño miró con curiosidad la cama con dosel.
—Es una cama rara —dijo—. Es como un barco, y eso es la vela.
—¿Te gustaría navegar en mi barco? —preguntó Lauren. Cogió a Tyler en brazos y lo sentó en la cama.
Se tumbó y se acurrucó de lado, con los párpados aleteando de cansancio.
—Túmbate a mi lado —susurró. Ella obedeció, y él se apretó contra ella y se quedó dormido al instante.
Lauren los tapó a los dos con una manta y lo rodeó con el brazo.
Parecía tan pequeño y vulnerable que se le encogió el corazón de ternura.
Qué injusto era que hubiera perdido a su madre antes siquiera de conocerla.
No tendría ningún recuerdo de la mujer que había dado la vida por él.
Lauren le apartó con suavidad el pelo oscuro y le dio un beso en la frente.
Fue solo un pensamiento fugaz, pero sintió una punzada en el corazón. «Ojalá fueras mío» .