Capítulo 42
Una luna llena pendía sobre la bahía y bañaba con su luz suave el rostro de Tyler.
El niño yacía boca arriba, con los labios curvados en una sonrisa beatífica.
Sophie estaba sentada al borde de la cama, su mano casi translúcida posada en una caricia amorosa sobre la mejilla del pequeño.
Lágrimas plateadas le resbalaban por las mejillas mientras lo contemplaba, el dolor grabado en las líneas de su rostro.
No levantó la vista ni reparó en la mirada de Lauren.
Se puso de pie y las sombras la engulleron antes de que Lauren terminara de despertar.
Se preguntó si habría sido su despertar lo que había obligado a Sophie a marcharse, pero en cuanto se le ocurrió la idea, oyó un coche subiendo la colina. Ryan había vuelto.
Lauren consultó el reloj. Pasaban poco de las diez. Había dormido casi dos horas. Se deslizó fuera de la cama y bajó sigilosamente las escaleras para abrir la puerta. Billy levantó la cabeza, con los ojos oscuros vidriosos de sueño.
—Vuelve a dormir —le susurró Lauren, con la esperanza de evitar que ladrara y despertara a Tyler. Billy volvió a apoyar la cabeza sobre las patas y cerró los ojos, demasiado cansado para preocuparse por quién osaba presentarse a una hora tan tardía.
Lauren abrió la puerta y observó a Ryan salir del coche. Sus movimientos eran lentos, como si hubiera estado bebiendo, el rostro demacrado y ensombrecido a pesar de la luz de la luna. Caminó hacia ella, y Lauren le abrió los brazos, pues intuía que necesitaba consuelo.
Ryan se refugió en su abrazo y apoyó la barbilla sobre la cabeza de Lauren.
—No pude salvarlo —dijo en voz baja—. Estaba demasiado malherido.
—Lo siento —susurró Lauren contra su hombro—. Seguro que hiciste todo lo posible.
—A veces mi mejor esfuerzo no basta. La señora Leonard está destrozada. Tiene más de ochenta años, y Brutus llevaba con ella desde antes de que muriera su marido. Era su compañero fiel, su mejor amigo. Estará perdida sin él.
—¿Tiene hijos? —preguntó Lauren.
—Sí, pero los hijos a menudo descuidan a sus padres ancianos y dan por hecho que siguen siendo tan autosuficientes y enérgicos como antes. No creo que la señora Leonard aguante mucho sola. Puede que tenga que irse a una residencia.
—Entra —dijo Lauren con suavidad—. ¿Te apetece beber algo?
—Sí —dijo Ryan—. Me vendría bien. ¿Cómo está Ty?
—Está dormido en mi cama. Dimos un paseo largo, cenamos sándwiches de queso a la plancha y luego lo acosté.
—Espero que tuvieras tomates cherry —dijo Ryan con una sonrisa triste—. A Ty le encantan.
—Tranquilo. Todos disfrutamos de los tomates cherry.
Lo tomó de la mano y lo condujo a la sala de estar, donde él se dejó caer en el sofá.
Parecía exhausto y desconsolado. Lauren fue a la cocina y abrió una botella de vino tinto.
Ryan probablemente necesitaba algo más fuerte, pero no quería ofrecerle whisky si luego tenía que conducir hasta casa.
Sirvió dos copas y las llevó a la sala de estar.
Ryan seguía exactamente donde lo había dejado, con la mirada perdida en la noche al otro lado de la puerta del patio.
Aceptó el vino y se lo bebió de tres tragos, luego dejó la copa sobre la mesa de centro.
Lauren se sentó a su lado y él le tomó la mano, envolviéndola entre las suyas.
—Siempre me dan más pena los que se quedan atrás —dijo con voz queda—. Son los que más sufren.
Como tú y Tyler , pensó Lauren con tristeza. Como yo . La muerte era más dura para los que se quedaban.
Lauren apoyó la cabeza en el hombro de Ryan, y él le dio un beso en la coronilla.
—Tú lo entiendes —dijo. Su voz era apenas audible, pero ella lo oyó. Sí, lo entendía.
Levantó la cabeza para decírselo, pero no tuvo ocasión.
Los labios de Ryan encontraron los suyos, y Lauren le devolvió el beso con todo el anhelo desesperado que llevaba reprimiendo desde que lo conoció.
No se había dado cuenta al principio, pero estaba enamorada de él, de su ternura y sensibilidad, que a veces había echado en falta en Zack.
Sabía que una parte del corazón de Ryan siempre pertenecería a Alicia, pero no sentía celos ni rencor.
De hecho, lo respetaba aún más por no haberse apresurado a reemplazar a la mujer que había amado.
Ryan la atrajo más hacia sí y sus pensamientos se fragmentaron.
Había olvidado lo que era sentir esa oleada de deseo, el calor que se acumulaba en el bajo vientre mientras una pasión ardiente le palpitaba entre las piernas.
Lo rodeó con los brazos y tiró de él hacia abajo, sobre ella, y lo besó con intensidad.
Ryan respondió al instante: su cuerpo la inmovilizó y sus caderas empezaron a moverse contra ella.
Lauren sentía su excitación contra el muslo, y de repente no deseaba nada más que tenerlo dentro, que sus cuerpos se unieran por fin después de semanas esquivando la atracción evidente que había entre ellos.
Deslizó la mano bajo la camisa de Ryan y sus dedos exploraron el estómago tenso, la piel aterciopelada del pecho.
Los labios de él le recorrieron la curva del cuello mientras le ahuecaba un pecho con la mano.
Lauren arqueó la espalda, necesitaba sentirlo más cerca, fundirse con él.
—¡Papá! —llamó Tyler. Estaba de pie en lo alto de las escaleras y se frotaba los ojos, soñoliento—. Papá, quiero ir a casa.
Ryan se incorporó de golpe y clavó la mirada en su hijo al instante.
—Qué oportuno, campeón —murmuró—. Esperaba que durmiera un poco más —añadió con tono de disculpa—. Tengo que llevarlo a casa.
—Podéis quedaros los dos aquí —sugirió Lauren, pero Ryan negó con la cabeza, se levantó y la dejó sola en el sofá.
Lauren lo observó salir de la habitación, subir las escaleras y coger a Tyler en brazos. El niño apoyó la cabeza en el hombro de su padre al instante y cerró los ojos, ya sin miedo a encontrarse solo en una cama desconocida.
—La cama es como un barco —murmuró—. Tenía miedo de que me llevara lejos.
—No te preocupes, Ty —respondió Ryan con dulzura—. No vas a ir a ninguna parte, no sin mí. Venga, te llevo a casa.
Lauren siguió a Ryan hasta la puerta, donde él se detuvo para mirarla y le acarició el rostro. Sus ojos estaban llenos de pesar.
—Lo siento. No hay nada que me apeteciera más que quedarme —dijo con suavidad.
—No tienes por qué disculparte —dijo Lauren, aunque ella también lo lamentaba.
Ryan asintió.
—¿Te llamo mañana? —Se inclinó y le dio un beso tierno en los labios—. Que duermas bien.