La casa en la colina Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

—Había algo más. Sin relación alguna, diría yo, pero en su momento se le dio credibilidad.

Poco después de que Sophie llegara, varios niños murieron en rápida sucesión en el asentamiento puritano.

Dado el celo religioso que pasaba por fe en aquellos días, se dio por sentado de inmediato que las muertes eran el resultado de algún hechizo que ella había lanzado sobre el asentamiento como venganza por algún desaire menor.

Por supuesto, la mayoría de la gente no habría hecho esa conexión si no se la hubieran sugerido desde el púlpito, pero el reverendo Martins aprovechó la tragedia para promover sus propios intereses.

—¿Cuáles eran?

—Mantener a la comunidad sometida al miedo y la ignorancia. Es difícil manipular a gente culta y bien informada, pero es pan comido cuando la única fuente de información es el sermón dominical.

—¿Amenazaron a Sophie? —preguntó Lauren, intrigada por este nuevo enfoque.

—No sé si la amenazaron exactamente, pero desde luego no la recibieron bien. Y también había otros rumores sobre ella.

—¿Qué tipo de rumores?

—La gente decía que la casa se había construido con dinero manchado de sangre, y que su marido nunca daba la cara porque era un hombre buscado.

—¿Se basaba en algo concreto o solo eran más insinuaciones desde el púlpito?

—Poco después de que la familia tomara posesión de la casa, dos hombres vinieron a buscarlos.

Subieron la colina, pero nunca volvieron a bajar.

Lo más probable era que simplemente hubieran abandonado la zona tras cumplir su misión, y que nadie los viera marcharse, pero el reverendo Martins también aprovechó su desaparición en beneficio propio, instando a sus feligreses a permanecer vigilantes ante los discípulos del Diablo que tenían entre ellos, capaces de matar a un hombre con la misma facilidad que de dejarlo escapar con el alma intacta.

—Entonces, ¿no había ninguna prueba de que a esos hombres les hubiera pasado algo malo?

—Ninguna —respondió Ann—. Todo eran conjeturas.

—¿Por qué se quedaría Sophie aquí? —dijo Lauren, con la esperanza de que Ann le contara algo sobre el matrimonio de Sophie. ¿Había venido a Cape Cod para alejarse de George? ¿La había desterrado él a Orleans como castigo? ¿O se había fugado con Teddy?

—Seguro que tenía sus razones. Se sabe poco de ella. Vivía bastante aislada, lo que siempre da pie a que la gente especule.

—¿Y qué fue de sus hijos?

—Llegaron a adultos, se casaron y tuvieron hijos.

—¿Ocurrió algo fuera de lo común en esta zona por la época en que se construyó Holland House? —preguntó Lauren, todavía con la esperanza de encontrar algo concreto en lo que apoyarse.

Ann se rio y se le arrugaron los ojos en las comisuras.

—Bueno, eso depende de lo que consideres fuera de lo común.

La época por la que preguntas se conocía como la Edad de Oro de la Piratería.

Comenzó alrededor de 1650 y continuó hasta bien entrado el siglo XVIII.

La gente siempre asocia la piratería con figuras conocidas como el Capitán Kidd y Edward Teach, a quien quizá conozcas como Barbanegra, pero había muchos otros que no se limitaban al Caribe, como nos quieren hacer creer las películas.

Esos piratas navegaban hasta la costa de África Occidental y el océano Índico, y llegaban incluso hasta Maine, en el norte.

—¿Alguno de los piratas era estadounidense? —preguntó Lauren, que se sentía un poco tonta por su ignorancia.

—Bastantes. Los primeros piratas eran sobre todo de origen anglo-francés, pero el auge posterior de la piratería se atribuye a marineros y corsarios angloamericanos que perdieron su sustento cuando la Guerra de Sucesión Española terminó, tras trece años de lucha.

Hubo un pirata nacido en Estados Unidos que fue bastante notorio —dijo Ann—. El capitán Theodore Mercer.

A Lauren le dio un vuelco el estómago al oír el nombre. Theodore. Teddy. Por fin empezaba a avanzar.

—¿Qué lo hacía notorio? —preguntó Lauren, no muy segura de querer oír la respuesta de Ann.

—La misericordia. Saqueaba y pillaba como el que más, pero nunca mató a nadie después de tomar un barco, y dejaba provisiones suficientes a bordo para que la nave llegara al puerto más cercano sin bajas. Lo conocían como Ted el Loco o Mercer el Misericordioso.

—¿Por qué loco?

—Porque sus contemporáneos pensaban que era una locura ser tan magnánimo.

Creían que la fuerza de un capitán residía en su capacidad de inspirar terror, no solo entre sus prisioneros, sino también en su tripulación, pero los hombres de Ted lo querían de verdad y respetaban su postura sobre la pérdida innecesaria de vidas.

—Nunca he oído hablar de él —dijo Lauren—. De Barbanegra sí, por supuesto, y Ryan me habló del capitán Kidd y del tesoro que supuestamente enterró aquí mismo, en Cape Cod.

—Hay todo tipo de leyendas inspiradas en historias de tesoros enterrados, pero Ted el Loco repartía el botín a partes iguales entre su tripulación.

—¿Qué fue de él?

—No lo sé. A diferencia de Barbanegra, al que mató el teniente Robert Maynard, y del capitán Kidd, ejecutado en Londres por traición, Ted el Loco simplemente desapareció del mapa.

—El Edward Holland que mencionaste, el revolucionario, ¿era hijo de Sophie Holland? —preguntó Lauren, que se preguntaba si Edward podría haber sido engendrado por Ted Mercer.

—Era su nieto. De hecho, se rumorea que financió algunas de sus actividades más pintorescas por medios turbios.

—¿Es decir?

—Es decir, que nadie sabía de dónde venía su dinero. Había quienes decían que había encontrado un tesoro de oro español.

O quizá lo había heredado , pensó Lauren. Estaba a punto de pedir más información sobre las actividades de Edward durante la guerra cuando Tyler irrumpió en la habitación con una sonrisa traviesa. Ryan venía justo detrás.

—Dame eso —exigió Ryan con la mano extendida.

—¿Qué tiene? —preguntó Ann, claramente divertida.

—Un gusano —respondió Ryan mientras Tyler, jubiloso, se escondía detrás del sofá.

—Mientras no se lo coma, no pasa nada —dijo Ann, sonriendo—. Los gusanos saben fatal.

—¡Puaj! —se oyó una voz desde detrás del sofá.

—Ahí lo tienes —le dijo Ann a Ryan con aire triunfal—. Toma un poco de té, Ryan.

Ryan aceptó una taza de té y se sentó en el sofá junto a Lauren.

—Entonces, ¿has averiguado algo interesante?

—Muchas cosas —respondió Lauren con alegría—. Sin duda, buen material para trabajar.

—¿Adónde vais ahora vosotros dos? —preguntó Ann.

Había hablado como si fueran pareja, y Lauren sintió una punzada inesperada de placer.

No se había dado cuenta de cuánto anhelaba volver a tener pareja, y también formar parte del mundo.

Se había encerrado desde la muerte de Zack, eso era cierto, pero había tenido ayuda.

Muchos de sus amigos, personas que conocía desde hacía años y a las que había considerado casi como de la familia, se habían ido alejando poco a poco.

Mientras estuvo con Zack, formaba parte de una pareja, una combinación aceptable para cualquier tipo de reunión, pero como mujer soltera, de repente resultaba menos atractiva socialmente.

A algunas personas les incomodaba su dolor, mientras que otras preferían evitar la incomodidad de invitar a una amiga soltera y en duelo.

Algunas amigas le habían seguido siendo fieles, como Brooke, pero Brooke era su amiga desde mucho antes de conocer a Zack, y su amistad siempre había sido algo aparte del matrimonio de Lauren.

Además, Brooke también estaba soltera, aunque solía cambiar de novio con bastante frecuencia.

Xavier siempre había estado ahí para Lauren, pero el círculo social que había cultivado cuando estaba con Zack se había ido desvaneciendo poco a poco.

Se preguntaba si los amigos que le habían dado la espalda tras su pérdida aparecerían de repente en cuanto tuviera a alguien nuevo en su vida.

¿La aceptarían mejor si dejaba de estar soltera, o seguiría siendo alguien a quien dejaban fuera de la lista de invitados porque ya no era la esposa de Zack?

—Volvemos a mi casa —respondió Ryan—. Me apetece hacer una barbacoa esta noche.

—Suena estupendo —dijo Ann—. Que lo disfrutéis. Y no os olvidéis del bribonzuelo que está escondido detrás de mi sofá.

Todos se rieron cuando Tyler salió disparado de detrás del sofá y agarró una galleta de camino a la puerta principal, con sus risitas inundando la casa.

Lauren cogió su bolso, volvió a darle las gracias a Ann Oliver y siguió a Ryan y Tyler hacia fuera.

Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente en paz.

Ya no le importaba si sus viejos amigos volverían o si darían el visto bueno a un nuevo hombre.

Daba igual, porque ya no los quería en su vida, no después de haberla dejado sola en su momento de necesidad.

Habría nuevos amigos y nuevas experiencias, y mientras miraba a Ryan, confiaba en que también hubiera nuevos amores.