La casa en la colina Capítulo 40
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Capítulo 40

Lauren

Lauren sonrió para sus adentros cuando vio el nombre de Ryan en la pantalla del móvil aquel sábado por la tarde.

Tenía el día libre y había quedado en llevar a Tyler al Museo y Jardines del Patrimonio en Sandwich, aunque habían acordado cenar juntos más tarde.

Eran poco más de las dos, así que seguramente llamaba para confirmar los planes.

—Oye, ¿tienes algo que hacer dentro de una hora? —preguntó Ryan sin preámbulos en cuanto ella contestó.

—Ahora sí. ¿Qué tienes en mente?

—Es una sorpresa.

—No me gustan las sorpresas —respondió Lauren, aún sonriendo.

—Esta te gustará. Ty y yo pasaremos a recogerte.

—De acuerdo, nos vemos entonces.

Lauren cerró el documento en el que había estado trabajando y se pasó una mano por el pelo.

Para su vergüenza, todavía estaba en pijama.

Se dio una ducha rápida y se vistió. Hacía un día espléndido; el verano había llegado de verdad.

Se puso un vestido de lino en un bonito tono azul pervinca y unas sandalias de tiras, se maquilló un poco y se recogió el pelo en un moño desenfadado.

No se había preocupado mucho por arreglarse desde que murió Zack, pero desde que llegó a Orleans —o más concretamente, desde que conoció a Ryan— de pronto quería estar guapa, y las ganas de esconderse del mundo empezaban a disiparse.

«Creo que iré de compras la semana que viene» , pensó mientras echaba pienso en el cuenco de Billy y le cambiaba el agua. «Quiero comprarme algo alegre, coqueto y con color» , decidió. Billy meneó la cola, alzando el hocico para mirarla.

—Lo siento, amigo, pero tienes que quedarte —dijo Lauren—. Daremos un paseo largo mañana. Te lo prometo.

Billy le lanzó una mirada de puro desdén, pero pareció resignarse y se alejó para tumbarse en su sitio favorito junto a las puertas correderas, desde donde podía observar el mundo exterior. El crujido de las ruedas sobre la grava anunció la llegada de Ryan. Lauren cogió el bolso y salió.

—Hola —dijo Ryan. Le sonrió y se inclinó para besarla en la mejilla cuando ella se sentó en el asiento del copiloto.

—Hola —respondió Lauren, que se había sonrojado—. Hola, Tyler —añadió mientras se volvía para saludar al niño. Tyler iba sujeto en su sillita, con un juguete en la mano.

—Hola —respondió Tyler.

—¿Sabes adónde vamos? —le preguntó Lauren.

—Oye, eso es hacer trampa —dijo Ryan, aunque Tyler ya había contestado—: A casa de la tía Ann.

—¿Y quién es la tía Ann?

—Bueno, ya que has estropeado la sorpresa, te lo cuento —dijo Ryan mientras salía marcha atrás y conducía por el estrecho camino—. La tía Ann resulta ser Ann Oliver, la presidenta de la Sociedad del Patrimonio. Sé lo mucho que querías hablar con ellos, así que he organizado una visita a su casa.

—¿Y cómo es que tienes tanta influencia en la Sociedad del Patrimonio? —preguntó Lauren, encantada con la respuesta de Ryan.

—Ann Oliver es además una de las amigas más antiguas de mi madre. Se conocieron en preescolar.

—¿Es muy severa? —preguntó Lauren. Siempre se había imaginado a los historiadores como viejos fósiles polvorientos más interesados en el pasado que en el presente.

Ryan se rio. —Eso lo juzgarás tú misma.

Al llegar a Main Street, Lauren le pidió a Ryan que parara en una panadería. —No puedo presentarme con las manos vacías.

—Galletas de almendra —dijo Ryan cuando ella se disponía a bajar del coche.

—¿Qué?

—Sus favoritas. Galletas de almendra.

—¿Y cuáles son las galletas favoritas de Tyler? —preguntó en voz baja para que Ty no la oyera.

—Con pepitas de chocolate —gritó desde el asiento de atrás.

—¿Puede comer algunas? —preguntó Lauren.

—Claro —respondió Ryan—. ¿Eso es todo, entonces?

—¿A qué te refieres?

—¿No quieres saber cuál es mi galleta favorita? —bromeó.

A Lauren le ardieron las mejillas. —Claro que sí. ¿Cuál es?

—No me gustan las galletas —respondió Ryan con altivez, y ella se echó a reír.

—No te creo. A todo el mundo le gustan las galletas.

—Vale, me has pillado. Me gustan las tricolores.

—Muy bien. Galletas para todos —anunció Lauren, y bajó del coche.

Compró una caja de galletas para Ann Oliver, varias galletas con pepitas de chocolate para Tyler y galletas tricolores para Ryan. Era lo menos que podía hacer para agradecerle el detalle.

—Quiero mi galleta ahora —gritó Tyler en cuanto ella volvió—. Por favoooor.

—De acuerdo, pero solo una —dijo Ryan.

—Y luego otra —contraatacó Tyler.

Ryan puso los ojos en blanco con cara de sufrimiento paternal. —Está bien, dale dos.

—Tres —exclamó Tyler, que ya olía la victoria.

—Una —respondió Ryan.

—Dos —gritó Tyler.

—Dos, pues. Me alegro de que hayas entrado en razón.

—Interesante técnica de negociación —comentó Lauren entre risas.

—Funcionó, ¿no?

—¿Quieres una también? —preguntó ella.

—Quizás más tarde. Ya casi hemos llegado.

Ann Oliver vivía en una casa encantadora en una bocacalle arbolada.

Su jardín delantero ya estaba en plena floración, con arbustos de azaleas bordeando una valla de madera blanca que rodeaba la propiedad.

Ann salió a recibirlos con una amplia sonrisa cuando Tyler la saludó con la mano desde el asiento trasero.

Lauren sonrió con timidez cuando sus miradas se cruzaron.

Tenía que admitir que Ann Oliver no era en absoluto lo que había esperado.

La mujer debía de rondar los sesenta y cinco, pero estaba claro que para ella los sesenta eran los nuevos treinta.

Llevaba el pelo gris corto y de punta, vaqueros ajustados y una blusa rosa fucsia con un pañuelo de seda negro y fucsia artísticamente anudado al cuello.

Parecía joven y elegante, sin el menor asomo de severidad.

—Hola, cariño —dijo mientras abría la puerta trasera y se inclinaba para desabrocharle el cinturón de seguridad a Tyler—. Veo que has estado comiendo chocolate.

Sacó un pañuelo del bolsillo y le limpió las manos y la cara a Ty antes de sacarlo de la sillita.

—¿Quieres ir al columpio?

—¡Sí! —gritó Tyler, y salió disparado hacia el patio trasero en cuanto sus pies tocaron el suelo.

—Supongo que es mi turno —dijo Ryan, y salió corriendo tras él sin pararse a hacer las presentaciones.

—Hola, señora Oliver —dijo Lauren, sintiéndose como la niña nueva en el primer día de clase.

—Por favor, llámame Ann. Pasa —la invitó—. ¿Té o café?

—Un té estaría genial —dijo Lauren, ofreciéndole la caja de galletas—. Ryan me dijo que las galletas de almendra son tus favoritas.

—Así es. Gracias. Ponte cómoda, vuelvo enseguida.

Acompañó a Lauren a la sala de estar y desapareció en la cocina. La habitación era justo como su dueña: de buen gusto, colorida y acogedora. Lauren se dejó caer en el sofá de chenilla y contempló las pinturas eclécticas y las numerosas plantas que llenaban la habitación. El efecto era encantador.

Ann regresó con una bandeja y la dejó sobre la mesa de centro.

—Me gusta el té de verdad, no el que viene en bolsitas —dijo mientras servía de una preciosa tetera pintada con amapolas—. Orange pekoe, uno de mis favoritos. Sabe aún mejor con galletas de almendra —bromeó.

Lauren aceptó la taza y añadió una cucharada de azúcar. El té sabía mejor recién hecho.

Ann se recostó en el cojín y observó a Lauren por encima de su taza.

—Ryan me dice que te interesa la historia de Holland House.

—Así es. No sé si Ryan te lo mencionó, pero soy escritora y me gustaría escribir una novela que incorpore el pasado de la casa.

—¿Por qué?

La pregunta pilló a Lauren desprevenida.

—Es que siento…

Dejó la frase en el aire, incapaz de decir «una presencia» en voz alta.

—Sientes una conexión —completó Ann.

—Sí, una conexión —coincidió Lauren, y advirtió un brillo de humor en los ojos de Ann.

¿Sabría lo del fantasma, o Lauren se estaba poniendo demasiado susceptible?

Ann observó a Lauren con interés mientras mordisqueaba su galleta.

—No existen documentos que respalden ninguna de las historias que han circulado en torno a esa casa durante siglos, pero sí hay tradición oral.

Lauren agradeció que Ann no le preguntara por sus razones.

—Me encantaría oírla —le aseguró Lauren—. Mi historia será ficción, así que no necesito documentar mis fuentes. Me interesa sobre todo Sophie Holland y su familia.

—Como ya sabes, Holland House se construyó en la primera mitad del siglo dieciocho, pero no recibió ese nombre hasta unos cincuenta años después, durante la Guerra de Independencia, cuando Edward Holland usó el muelle privado para pasar municiones de contrabando y transportar espías rebeldes.

—¿Cómo se llamaba antes? —preguntó Lauren.

—Quienes sacaban provecho de los residentes de la casa la llamaban «La Casa de la Colina».

—¿Y quienes no?

—Esas personas la llamaban «La Casa de la Bruja». Se dice que el nombre lo acuñó el reverendo Josiah Martins, el líder espiritual del asentamiento puritano. Instó a sus feligreses a rehuir a la familia por temor a contagiarse de su maldad.

Lauren dejó la taza de té y miró fijamente a Ann.

—¿Por qué? ¿Sophie Holland era bruja?

—¿Lo fue alguna? —preguntó Ann con ironía—.

Sophie Holland vivió en una época en que cualquier mujer diferente o un poco demasiado independiente levantaba de inmediato sospechas de ser un instrumento del Diablo.

Fue apenas treinta años después de los juicios de brujas de Salem, ¿sabes?

La superstición y el miedo estaban vivos y coleando.

—¿Qué les hizo pensar que era bruja?

—Algunos sospechaban que cometía adulterio y pensaban que incluso podría compartir su cama con más de un hombre.

—¿Por qué pensarían eso?

—Había un joven que vivía en la casa. Supuestamente estaba al servicio de la familia, pero desde luego tenía edad suficiente para haber engendrado a sus hijos, y pasaba largos ratos a solas con Sophie.

—¿Y el marido? —preguntó Lauren—. ¿No mandó construir la casa para ella?

—Al marido apenas se le veía después de que la familia se instalara.

—¿Eso es todo? —preguntó Lauren, asombrada de que algo tan trivial bastara para acusar a una mujer de brujería.