Capítulo 39
Cuando Teddy despertó, John estaba sentado en el suelo junto a Libby, jugando con sus piezas de madera.
De vez en cuando miraba alrededor con ansiedad, observando a las dos mujeres con expresión cautelosa, pero no lloraba.
Sophie lo dejó al cuidado de Molly y subió al desván, donde Teddy se había puesto ropa limpia y estaba sentado en el jergón.
Sophie se sentó a su lado y él tiró de ella, envolviéndola en sus brazos mientras la besaba con intensidad.
Por mucho que lo hubiera echado de menos, aquel no era el momento para un reencuentro romántico, no cuando solo podía pensar en su hijo.
—Necesito saber dónde ha estado John durante el último año —dijo, apartando suavemente a Teddy. Le resultaba extraño pensar en su niño como John, pero suponía que tendría que acostumbrarse.
Teddy se tumbó boca arriba y se quedó mirando el techo bajo, con expresión sombría.
—Conseguir que mi madre admitiera conocer a la señora Meeks no costó mucho —comenzó—.
En cuanto amenacé con retenerle el dinero, me contó lo que quería saber, pero encontrar a la mujer resultó mucho más difícil.
Pasé casi dos semanas yendo de taberna en taberna, preguntando por ella.
Si hubiera sido mujer, habría despertado simpatía y obtenido resultados, pero como hombre representaba una posible amenaza, así que nadie quiso hablar conmigo.
Hace unos cuatro días, por fin di con alguien que le guardaba rencor a la señora Meeks y estaba dispuesto a decirme dónde encontrarla.
—¿Qué tipo de rencor? —preguntó Sophie, curiosa a su pesar.
—El niño que le vendió a este hombre murió dos días después de que ella recibiera el pago. Se negó a devolver el dinero, alegando que no era clarividente y que nadie podía esperar que supiera qué niños vivirían y cuáles morirían.
—¿De verdad existe un mercado para bebés robados? —preguntó Sophie, horrorizada de que algo así ocurriera en las narices de las autoridades.
—Hay mercado para todo, amor mío. Solo hay que encontrar a los clientes adecuados —respondió Teddy con naturalidad—. Por lo que pude averiguar, no hay mucha demanda de niñas recién nacidas, pero sí un mercado próspero para los niños.
—¿Por qué? —exclamó Sophie—. ¿Por qué querría alguien comprar un niño?
—Por muchas razones —respondió Teddy—. Los niños varones son valiosos, no solo como futuros trabajadores, sino también como herederos. Hay muchos hombres ricos sin heredero, y conseguir un bebé recién nacido facilita hacerlo pasar por hijo propio.
—De acuerdo, supongo que puedo entenderlo cuando no se tienen hijos, pero ¿por qué buscar un recién nacido si lo que se quiere es un trabajador? Hay muchos huérfanos que estarían encantados de tener un techo.
—Porque conseguir un bebé es más barato que comprar un esclavo o pagar un salario justo a un hombre o a un muchacho, y el niño crece como hijo de la casa y siente el deber de corresponder a sus padres. La señora Meeks coge algo que nadie quiere y saca un buen beneficio al deshacerse de ello.
—Eso es diabólico —dijo Sophie con repugnancia.
—Sí y no —argumentó Teddy—. La mayoría de estos niños probablemente no verían su primer cumpleaños si no fuera por ella. Les encuentra un hogar, así que los está salvando a su manera.
—Esa es una forma de verlo, pero si se llevó a mi bebé sin permiso, debe de haberse llevado a otros —insistió Sophie.
—Oh, tenía permiso —respondió Teddy—. Tu padre le pagó generosamente para que se deshiciera del bastardo de su hija, y eso hizo.
—Entonces, ¿dónde la encontraste?
—En Concord. Tiene una casa allí que comparte con su hermana. Cuando me planté ante ella, se negó a decirme dónde estaba nuestro niño, ni siquiera cuando le ofrecí dinero.
—¿Por qué rechazaría el dinero? ¿No es el dinero la única razón por la que hace esto? Por favor, no me digas que lo hace para salvar a los niños.
—Por supuesto que no. Los niños son mercancía, pero tiene una reputación que proteger. Sus clientes esperan anonimato. Si corre la voz de que está dispuesta a vender información, pocos acudirán a ella.
—Entonces, ¿cómo averiguaste adónde había ido John? —preguntó Sophie.
—Le puse un cuchillo en el cuello —respondió Teddy, y soltó una risita cuando Sophie ahogó un grito de asombro—. No iba a hacerle daño, pero necesitaba asustarla lo suficiente para que creyera que contármelo le salvaría la vida. Un cuchillo en la garganta resulta muy persuasivo.
Sophie guardó silencio, intentando ignorar que el Teddy que había conocido antes jamás habría dicho algo así. Su tiempo entre criminales lo había cambiado, pero en este caso no le importaban los medios, solo el resultado.
—¿Dónde estaba? —preguntó en voz baja, preparándose para lo que Teddy estaba a punto de contarle.
—Meeks se lo había vendido a un hombre llamado John Fuller, que tiene una granja a unos kilómetros al norte de Cambridge.
—¿Estuvo a solo unos kilómetros de mí todo este tiempo? —exclamó Sophie—. Oh, si lo hubiera sabido.
—¿Y qué habrías hecho? —preguntó Teddy—. ¿Llevártelo a casa de tu marido y anunciar que te lo quedabas? Seguro que habría ido de maravilla. Te habría molido a palos, y al niño con él.
—No seas cruel —espetó Sophie.
—Solo digo lo que ya sabes que es verdad —respondió Teddy, imperturbable ante su enfado.
—Solo cuéntame qué pasó.
—Cuanto más me acercaba a la granja, más nervioso me ponía —confesó Teddy—.
Una parte de mí estaba aterrorizada ante la idea de llegar demasiado tarde, y otra temía que no me entregaran al niño.
Era suyo, comprado y pagado. Aunque no lo quisieran, no tendrían motivo para entregármelo sin más.
Cuando le expliqué al señor Fuller a qué había ido, echó mano de su mosquete —dijo Teddy—.
Me ordenó que me marchara y no volviera jamás.
John era su hijo, y su hijo seguiría siendo.
—¿Cómo lo convenciste? —preguntó Sophie, impresionada por el ingenio de Teddy. Era evidente que había encontrado el modo.
—Todo el mundo tiene un precio, cariño. La señora Fuller lloró y le suplicó a su marido que la dejara quedarse con el bebé.
Había tenido cuatro mortinatos en los últimos cinco años, dijo, y John era el niño de sus ojos, pero su marido no pudo resistirse al dinero.
Exigió una suma exorbitante, y la pagué.
Quería al niño, eso pude verlo, pero la granja pasa apuros, y el dinero les vendrá muy bien para recuperarse.
Sin duda, otro niño aparecerá milagrosamente en un año o dos.
Le di monedas suficientes para comprar media docena.
—¿Y John? ¿Qué dijeron de nuestro John? —preguntó Sophie.
—La señora Fuller dijo que había estado delicado y me pidió que lo mantuviera abrigado y seco.
Me dio una manta extra para él. Lo quiere, y a decir verdad, me sentí fatal al quitárselo.
Perderlo le rompió el corazón, y también fue duro para el niño.
Lloró y lloró después de que me lo llevara, extendiendo los brazos hacia la casa y llamando a su madre.
Casi me vuelvo —confesó Teddy, lanzándole a Sophie una mirada culpable—.
No podía soportar sus llantos lastimeros, pero entonces pensé en ti y en cómo te sentirías si volvía con las manos vacías, y endurecí mi corazón ante su sufrimiento.
—¿Tardaste cuatro días en llegar desde Concord? —preguntó Sophie.
Teddy le lanzó una mirada de exasperación.
—Viajaba con un niño de un año, Sophie, y en cuanto salí de la granja, me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo cuidarlo.
Se meó encima a los pocos minutos de salir, y luego se cagó antes de que llegara siquiera a la taberna más cercana.
No llevaba ropa de repuesto para él ni comida.
—Lo siento, Teddy —dijo Sophie, poniéndole la mano en el brazo—. Debería haberme dado cuenta. Como no tengo experiencia con bebés, estas cosas nunca se me ocurrieron.
—A mí tampoco —dijo Teddy, volviéndose para sonreírle—. Pero me las arreglé.
—¿Cómo?
—Donde hay tabernero, hay esposa o hija de tabernero —respondió con suficiencia—.
Pocas mujeres rechazan una súplica de ayuda de un marido recién enviudado que viaja a casa de sus padres con su hijo pequeño.
Me ayudaron a limpiarlo, darle de comer y acostarlo.
Una incluso me dio dos camisones de bebé que le sobraban de su propio hijo y me enseñó cómo evitar que los ensuciara a cada rato.
—¿Cómo? —preguntó Sophie, desconcertada. Libby todavía llevaba pañales, así que no sabía nada de enseñarle a un niño a usar el orinal.
—Me dijo que parara cada hora más o menos, lo pusiera de pie contra un árbol y le dijera que meara.
No es tarea fácil cuando se viaja en invierno, pero me las arreglé.
Tenía que sostenerlo en alto para que no se le mojaran los pies y sujetarle el camisón con la otra mano, pero al final le cogimos el tranquillo y tuvimos menos accidentes.
—¿Siguió llorando? —preguntó Sophie, con el corazón encogido por el pobre bebé.
—Lloró, pero creo que sintió que no pretendía hacerle daño y recurrió a mí en busca de consuelo.
Le hablaba mientras cabalgábamos y le cantaba canciones.
La mayoría de las veces conseguía dormirlo a base de aburrimiento, pero al menos no estaba tan alterado.
Es lo bastante pequeño como para olvidarse de los Fuller. Solo necesita amor y cuidados.
—Y que lo alimenten bien. Es tan pequeñito.
—La señora Fuller dijo que es un niño enfermizo —dijo Teddy—. De verdad creo que le dio los mejores cuidados.
—¿Deberíamos seguir llamándolo John? —preguntó Sophie. Sentía que le habían arrebatado el derecho de ponerle nombre a su bebé.
—Quizá deberíamos empezar llamándolo John Theo e ir dejando el John poco a poco, una vez que se haya acostumbrado —sugirió Teddy.
—Sí, me parece buena idea —aceptó Sophie. Se acurrucó más contra Teddy y le besó en la mejilla—. Gracias, Teddy. Sé que no ha sido fácil, y te quiero por no haberte rendido.
—Haría cualquier cosa por ti, Sophie —respondió Teddy con fervor—. Y también es mi hijo. Aunque tenemos un problema —dijo en voz baja.
—¿Qué pasa?
—No me queda mucho dinero, no después de alojarme en posadas casi tres semanas y pagarles a los Fuller. Y tengo que reunirme con mi barco a finales de marzo.
—¿Qué quieres decir? —exigió saber Sophie.
—Que tengo que encontrar la manera de manteneros a ti y al niño mientras esté fuera, y necesito encontrar a alguien que os cuide.
—¿Me estás pidiendo que me quede aquí? —preguntó, con el corazón encogido de decepción.
—No. Esto está demasiado cerca de Boston.
Cuando llegue la primavera, la gente viajará más, y alguien dejará caer que hay una mujer nueva en la parroquia que encaja con la descripción de la que desapareció sin dejar rastro.
Una recompensa es un incentivo muy poderoso para delatar a alguien —dijo Teddy—.
Necesito saber que estás a salvo, y no puedo pedirle a Brock que arriesgue su vida por ti.
Tiene su propia familia de la que ocuparse.
—Entonces, ¿adónde iremos? —preguntó Sophie.
Teddy cruzó los brazos detrás de la cabeza y miró al techo con expresión pensativa. —Dame unos días para pensarlo —dijo—. No es una decisión que pueda tomar a la ligera.