La casa en la colina Capítulo 38
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Capítulo 38

Febrero llegó con nieve y aguanieve, y los vientos soplaban tan racheados que hacían traquetear las ventanas y golpear los postigos.

Sin tareas al aire libre que atender, Sophie apenas salía de casa; pasaba el tiempo junto a la ventana, escudriñando la distancia como si su desesperación pudiera hacer aparecer a Teddy de la nada.

Llevaba fuera casi tres semanas y su preocupación se convertía rápidamente en pavor.

Ni Molly ni Brock mencionaban a Teddy en absoluto, y su silencio inquietaba aún más a Sophie.

Lo único bueno de su estancia con los Langford era la tutela de Molly.

Sophie había aprendido a hornear pan, batir mantequilla, preparar comidas sencillas y cuidar de un niño.

Habilidades valiosas para una mujer que había dirigido un hogar pero nunca había realizado ella misma ninguna de esas tareas.

Si Teddy no regresaba, podría usar el dinero que él le había dejado para viajar a Rhode Island o incluso a Nueva York.

Tenía suficiente para mantenerse hasta encontrar empleo como sirvienta interna, una situación que no solo le daría un lugar donde vivir, sino que dificultaría que la encontraran, pues pasaría a formar parte del hogar de otra familia.

Nunca volvería con George; preferiría morir.

Fue hacia finales de la primera semana de febrero cuando un sol débil atravesó por fin las impenetrables nubes grises que flotaban en el horizonte como llorosos presagios de fatalidad.

La nieve centelleaba juguetona, el viento había amainado, y el día invernal resultaba agradable tras casi una semana de aguanieve interminable.

Sophie se puso las botas y la capa y se aventuró al exterior, desesperada por salir de la casa.

No podía alejarse mucho por la nieve acumulada, pero sí recorrer un trecho del camino que partía de la granja.

Caminó despacio, disfrutando del suave sol y llenándose los pulmones de aire gélido.

En un día como aquel, la primavera no parecía tan lejana, y era más fácil sentirse esperanzada.

Sophie se protegió los ojos con la mano y fijó la mirada en el jinete solitario que se acercaba a la granja.

El corazón le dio un vuelco cuando reconoció a Teddy.

Llevaba el rostro ensombrecido por el tricornio y la capa recogida en torno al cuerpo para protegerse del frío intenso.

Sostenía las riendas con ambas manos, un simple gesto que dejaba dolorosamente claro que venía solo.

Sophie se quedó clavada en el sitio mientras las emociones le oscilaban salvajemente.

El alivio de que Teddy hubiera regresado por fin la embriagaba, pero, aunque se había preparado para malas noticias, la amargura de su decepción le sabía a cicuta en la lengua.

Molly había tenido razón, por supuesto. Era demasiado tarde.

Theo se había ido para siempre, y ella tenía que mirar hacia el futuro, pero el futuro era tan turbio como un estanque fangoso, con su superficie engañosamente plácida ocultando lo que yacía debajo.

A medida que se acercaba, Teddy levantó la mano para saludarla, y Sophie le devolvió el gesto con una sonrisa forzada que esperaba ocultara su desolación.

Teddy parecía cansado y delgado; una barba cobriza le ocultaba los huecos de las mejillas y contrastaba con las sombras bajo los ojos.

Nunca lo había visto sin afeitar, y pese a los rasgos familiares, por un instante le pareció un extraño, salvaje y peligroso.

Por fin se detuvo junto a ella y sonrió, disipando la impresión de peligro.

—Eres un bálsamo para estos ojos cansados, Poppet —dijo, mirándola desde arriba.

—Y tú para los míos —respondió Sophie, esforzándose por que no le temblara la voz.

—Necesito una comida abundante, un baño y una buena noche de sueño, en ese orden —dijo Teddy con voz cansada—. ¿Vamos a la casa?

Sophie pensó que desmontaría para caminar junto a ella, pero Teddy permaneció donde estaba, probablemente demasiado agotado para recorrer a pie el kilómetro de vuelta a la granja.

Entonces, muy despacio, apartó la capa de lana para revelar una carita con los ojos cerrados, las pestañas oscuras desplegadas como abanicos sobre la piel pálida.

Sophie dejó escapar un grito y al instante se llevó la mano a la boca para no despertar al niño dormido.

Parecía exhausto, acurrucado en el hueco del brazo de Teddy, y tan pequeño.

La sonrisa de Teddy se ensanchó mientras saboreaba la sorpresa de Sophie.

—Vamos, entrémoslo en casa —dijo Teddy en voz baja—. Tendrá hambre cuando despierte, y le vendría bien un baño.

Sophie echó a correr hacia la casa, los pies apenas rozando el suelo de la prisa que llevaba. Irrumpió jadeando por el esfuerzo, se quitó la capa y los guantes, el corazón latiéndole con fuerza de la emoción.

—¿Qué ha pasado? —exclamó Molly.

—Es Teddy —exclamó Sophie, aún sin aliento—. Ha vuelto. Con Theo.

—¡Alabado sea Dios! —exclamó Molly—. Esto sí que es motivo de celebración.

—Tienen hambre y están cansados. Necesitaremos agua caliente y algo blando para darle de comer a Theo. ¿Queda algo de las gachas del desayuno?

Molly le puso una mano tranquilizadora en la manga.

—Sophie, Theo puede tomar una rebanada de pan con mantequilla y una taza de leche, y calentaré el estofado que sobró para Ted. Siéntate un momento y serénate —dijo Molly con dulzura—. Estás tan alterada que vas a asustar al niño.

Sophie obedeció y se dejó caer en el banco, la mirada fija en las llamas danzantes del hogar, mientras su mente empezaba a asimilar lo que Molly había dicho.

Theo tenía un año. Ya tendría dientes, no las encías desnudas de un recién nacido.

Quizás incluso dijera ya algunas palabras.

Ya no era el bebé que le habían arrebatado, sino un niño pequeño, una persona con entidad propia.

Cuando Teddy por fin llegó a la casa, Sophie salió y se plantó en el umbral, aguardando ansiosa a que desmontara. Teddy levantó al niño con cuidado y se lo entregó a Sophie, que lo estrechó con tanta fuerza que lo despertó.

El niño la miró con los ojos nublados de confusión.

Tenía los ojos azules, tal como Sophie había imaginado, pero el cabello, que se rizaba bajo un gorro de punto, era casi negro, como el de ella, y la nariz era una réplica en pequeño de la suya.

Al mirarlo, no le cabía duda de que aquel era el niño que había dado a luz.

Sin embargo, era más pequeño y más ligero de lo que había esperado, no el niño robusto de sus sueños, sino una criatura frágil de un tamaño similar al de Libby, que era cinco meses menor.

Bajo la manta cálida que lo envolvía, llevaba medias de lana y una camisa que debió de ser blanca en algún momento, pero que ahora estaba sucia, manchada y olía a letrina.

—Creo que uno de los vestidos de Libby le quedará bien —dijo Molly mientras Sophie entraba con Theo en la casa.

Theo arrugó la cara y rompió a llorar, sin duda asustado por aquellos rostros desconocidos.

—Shh, cariño —lo arrulló Sophie—. Tranquilo. No tienes por qué asustarte. ¿Quieres comer algo?

El niño dejó de llorar al instante y asintió, los ojos buscando comida.

Sophie lo sentó en su regazo junto a la mesa y le acercó la taza de leche mientras él bebía con avidez.

Luego le dio el pan que Molly había untado con mantequilla.

Tenía las manos pequeñas, los dedos delgados y gráciles.

Agarró el pan con las dos manos y le dio un mordisco, masticando deprisa, como si alguien fuera a quitárselo si no lo comía lo bastante rápido.

Sophie alzó la vista hacia Teddy, que entraba en la casa y parecía aún más cansado de cerca.

Bajo la capa, llevaba la ropa sucia, y debía de haber perdido al menos seis kilos desde la última vez que lo vio.

—Ven, siéntate —invitó Molly, acercándole un cuenco de estofado y dos rebanadas de pan con mantequilla. Teddy devoró el pan y se bebió dos tazas de leche de un trago antes de dedicarse al estofado, que comió más despacio, saboreando cada bocado. Por fin, se limpió la boca y suspiró satisfecho.

—Gracias, Molly —dijo, dedicándole una sonrisa cansada—. No recuerdo la última vez que comí algo decente o dormí bien —añadió. Parecía a punto de desplomarse de fatiga.

—Teddy, ¿dónde lo encontraste? —preguntó Sophie, acariciando suavemente el cabello de Theo mientras este comía.

—Te lo contaré todo más tarde. Estoy demasiado cansado para nada que no sea lavarme y dormir. Se llama John, por cierto —añadió Teddy antes de coger una jarra de agua caliente y un paño que le ofrecía Molly. Subió al altillo en busca de un poco de intimidad, dejando a Sophie con el niño.

—Tira la ropa —le gritó Molly, arrugando la nariz—. La lavaré.

La camisa, los calzones, las medias y los calzoncillos de Teddy bajaron revoloteando desde el altillo y cayeron en un montón al pie de la escalera.

Molly los recogió y los metió en una palangana, vertió agua caliente sobre ellos y los dejó en remojo.

Después se volvió hacia Theo/John, que había terminado de comer y miraba a su alrededor con temor.

—Vamos a asearlo —dijo Molly.

Trajo uno de los camisones limpios de Libby y ayudó a Sophie a desvestirlo.

Lo lavaron con rapidez y eficiencia, lo secaron frotándolo, lo vistieron y lo envolvieron en una manta para que no pasara frío.

Ya se le cerraban los ojos, así que Molly se ofreció a dejarlo dormir en su cama, donde podrían vigilarlo.

—Es tan pequeño, Molly —susurró Sophie mientras se sentaba a su lado para vigilarlo.

—Lo alimentaremos bien —prometió Molly—. Con buena comida y aire fresco se pondrá como nuevo.

Sophie asintió, incapaz de hablar. La embargaba la ternura, y lágrimas silenciosas le resbalaron por las mejillas mientras contemplaba al niño con el que había soñado cada día desde que se lo arrebataron.

No podía controlar sus emociones, que oscilaban sin cesar entre la pura felicidad, la preocupación y la tristeza por la vida que había llevado, para volver luego a la felicidad de haberlo recuperado y a la gratitud hacia el buen Dios por haberlo mantenido con vida.

—Anda, túmbate junto a él —sugirió Molly—. Sé que necesitas estar cerca.

—Gracias —dijo Sophie, y se metió en la cama, abrazando al niño dormido y cubriéndolos a ambos con una manta. «John» , pensó adormilada. «Mi John» .