Capítulo 35
Sophie
La nieve comenzó a caer de nuevo justo cuando el crepúsculo teñía el mundo exterior de un hermoso tono violeta.
Gruesos copos caían en silencio del cielo y se posaban sobre tejados y ramas.
Sophie miraba por la ventana con el corazón desbocado mientras contaba las campanadas del reloj del salón.
Una hora más y sería libre, o su corazón quedaría irrevocablemente destrozado.
Trataba de no imaginar qué sucedería si Teddy no aparecía.
Había temido volver con George, pero después de ver a Teddy, de ver el amor en sus ojos y sentir sus brazos rodeándola, regresar con George era impensable.
Sophie sacó del baúl a los pies de la cama su vestido de repuesto, la camisa, las medias y el corsé, y lo enrolló todo lo más apretado que pudo, atando el bulto con las medias para que no se deshiciera.
No podía marcharse únicamente con lo puesto, pero bajar con una maleta levantaría sospechas si se cruzaba con alguien en las escaleras.
Esperó hasta unos minutos antes de las nueve, luego bajó sigilosamente las escaleras y recogió su capa y su sombrero.
Por fortuna, Amelia se había retirado media hora antes y Jeremy no había regresado de improviso.
Los criados se habían recogido ya en sus aposentos, de modo que la casa estaba silenciosa y a oscuras, con las puertas cerradas para la noche.
Sophie se echó la capa sobre los hombros, se subió la capucha sobre la cofia y giró con cuidado la llave en la cerradura de la puerta trasera.
Esta se abrió sin hacer ruido y dio paso a un patio trasero cubierto por casi treinta centímetros de nieve recién caída.
Sophie alzó la vista hacia la ventana de Amelia.
Podía ver la luz de su vela a través de las gruesas cortinas, pero no creía que Amelia fuera a oír nada fuera de lo común.
Escudriñó la oscuridad en busca de Teddy, pero solo vio el contorno fantasmal del viejo roble y las casas de los vecinos de Amelia.
—Oh, Teddy, ¿dónde estás? —gimió Sophie en voz baja.
Se quedó inmóvil, a la espera, aguzando el oído.
Solo habían pasado unos minutos, pero a ella le parecían horas.
Tenía que salir de la casa o volver arriba, pero vacilaba, con la esperanza de que Teddy aún apareciera.
El mundo más allá del patio estaba silencioso y oscuro, la nieve caía de un cielo encapotado.
Ni siquiera había luz de luna. Amelia apagó su vela y el patio se sumió en la oscuridad; la única luz era la blancura de la nieve.
Y entonces lo oyó: un silbido bajo que venía de la oscuridad. —Sophie. —El viento se llevó el susurro, pero a ella le sonó como un estruendo de trompetas—. Sophie, vamos.
Sophie salió y cerró la puerta tras de sí.
Avanzó con dificultad por la nieve con aquellas botas tan poco apropiadas.
Se le enfriaron los pies cuando la nieve sobrepasó el fino cuero y le empapó las medias, pero no le importó.
Caminó tan rápido como pudo y se arrojó a los brazos de Teddy en cuanto lo alcanzó.
Detrás de él, atado al árbol, había un caballo negro con las crines salpicadas de copos de nieve.
El animal los observó con leve curiosidad mientras Teddy ayudaba a Sophie a montar y luego se acomodaba detrás de ella.
Sería un viaje lento, pero las calles estaban desiertas y el ruido de los cascos quedaba amortiguado por la suavidad algodonosa de la nieve.
Sophie se recostó contra el pecho de Teddy y cerró los ojos; la tensión de las últimas horas se había convertido en una fatiga paralizante.
Solo quería tumbarse, acurrucarse contra él y dormir hasta sentirse lista para afrontar lo que le deparara el día siguiente.
—No será mucho tiempo, cariño —prometió Teddy con el aliento cálido contra la sien de Sophie—.
Intenta mantener la calma. —Ella no se había dado cuenta de que le apretaba la mano ni de que él probablemente la sentía rechinar los dientes mientras le acercaba el rostro al suyo—.
Te mantendré a salvo, Sophie. Te lo prometo. Solo confía en mí.
—Confío en ti —logró responder, pero una ráfaga de viento le arrancó las palabras de la boca. El viento le voló la capucha y la dejó expuesta al frío y a las miradas indiscretas de cualquiera que pudiera verlos pasar al trote.
Dejaron atrás el centro de la ciudad y continuaron más allá de campos helados y granjas a oscuras.
Cuanto más se alejaban de Boston, más segura y tranquila se sentía Sophie, que calculaba mentalmente la distancia entre ellos y cualquier posible persecución.
Todo estaba en silencio; la nieve cubría rápidamente sus huellas, como si nunca hubieran pasado por allí.
Sophie temblaba, medio congelada después de casi una hora a la intemperie en aquel frío glacial.
—Ya casi llegamos —dijo Teddy mientras los envolvía a ambos con la capa, como en una tienda—. Quédate conmigo.
Sophie asintió. Ojalá pudiera protegerse el rostro del viento, que era mucho más fuerte a campo abierto, donde no había edificios que los resguardaran de sus ráfagas gélidas.
Por fin se acercaron a una granja aislada.
Por la rendija de las contraventanas se filtraba un hilo de luz, y de la chimenea se elevaba un espeso humo que prometía calor y cobijo.
Teddy la sujetó cuando se deslizó del caballo y la besó con ternura en la frente antes de acompañarla hasta la puerta.
Esta se abrió de inmediato y en el umbral apareció un hombre corpulento y barbudo que les bloqueaba la vista de lo que había más allá.
—Ted, pasad. Y esta debe de ser Sophie. Os estábamos esperando.
La hicieron pasar a una habitación cálida y acogedora que olía deliciosamente a carne guisada y pan recién horneado.
—Sophie, permíteme presentarte a Brock y Molly Langford.
Vamos a quedarnos con ellos un tiempo —dijo Teddy.
No explicó cómo conocía a los Langford, y Sophie no preguntó.
Miró a su alrededor para hacerse una idea del lugar.
La habitación era cuadrada, con un hogar y una mesa a un lado y una cama al otro.
Un bebé dormía en una cuna con el pequeño rostro apacible.
—Buenas noches, Sophie —dijo Molly Langford. Era baja y regordeta, y su rostro redondo irradiaba cordialidad—. He preparado el desván para vosotros. Allí arriba se está calentito —les aseguró—. ¿Habéis cenado?
Sophie no había probado bocado desde el almuerzo, pues había alegado dolor de cabeza y se había retirado a su habitación, pero le daba demasiada vergüenza admitir que tenía hambre. Agradeció que Teddy no tuviera los mismos reparos.
—Muertos de hambre. Hoy apenas he tenido tiempo ni para una jarra de cerveza —respondió Teddy mientras se quitaba la capa y la colgaba de una percha—.
Ven, cariño. Vamos a quitarte esas botas mojadas —dijo con suavidad.
Le desató la capa, la colgó junto a la suya, luego la condujo hasta un banco y esperó a que se sentara antes de arrodillarse y quitarle las botas empapadas—.
Acerca los pies al fuego para que se te sequen las medias —sugirió Teddy.
Sophie extendió los pies y suspiró al ver que la lana fría y húmeda empezaba a humear.
Molly sirvió guiso en dos cuencos, cortó varias rebanadas de pan moreno y les puso dos jarras de cerveza. —Cenad algo y a la cama —dijo—. Los dos parecéis a punto de desplomaros.
—Gracias —dijo Sophie volviéndose hacia la mesa—. Sois muy amables.
Molly le devolvió una cálida sonrisa, pero Brock pareció sorprendido por el agradecimiento, lo que hizo que Sophie se preguntara si los Langford eran amigos de Teddy o simplemente gente a la que pagaba para que los alojara un tiempo.
Después de aquella cena deliciosa y abundante, Sophie subió por la escalera hasta el desván, se desvistió hasta quedarse en camisa y se acomodó en la cama improvisada.
La paja le pinchaba en las costillas donde el colchón de algodón estaba raído, pero había dos mantas de lana y una ilusión de intimidad que se acentuó cuando los Langford apagaron las velas y se retiraron a dormir.
Teddy se desvistió y se metió junto a ella; la tomó en sus brazos y la estrechó con fuerza.
Sophie hundió el rostro en el pecho de él, aspirando su olor familiar y dejándose envolver por su calor.
Había olvidado lo que era sentirse segura y amada, y al comprender que era libre, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sé que tienes preguntas, pero la verdad es que estoy demasiado cansado para responderlas esta noche. ¿Nos dormimos ya, amor?
Sophie asintió con la cabeza apoyada en su hombro.
Sí que tenía preguntas, tantas que no sabría ni por dónde empezar, pero estaba agotada después de un día tan intenso y necesitaba descansar.
Las preguntas seguirían ahí mañana y, con suerte, por fin tendría más claro qué esperar ahora que estaban juntos.