La casa en la colina Capítulo 34
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Capítulo 34

Lauren

El dormitorio estaba bañado por la luz de la luna, los contornos de los muebles claramente visibles bajo su resplandor plateado.

Lauren permanecía desvelada, con el cuerpo en tensión.

Ahora que sus padres sabían que había puesto el apartamento en venta, vendrían las preguntas.

Por supuesto, la respuesta obvia era que simplemente no podía seguir viviendo en el hogar que había compartido con Zack, y eso era lo que les diría, pero no era toda la verdad.

El apartamento le había resultado solitario después de la muerte de Zack, pero Lauren había encontrado consuelo en lo familiar que le resultaba.

La hacía sentirse más cerca de él. Habían compartido tantas horas felices en su pequeño hogar, pero ahora todo estaba arruinado.

Los recuerdos estaban empañados, eran falsos.

Incluso las fotografías de los dos que salpicaban el apartamento parecían falsas, como las fotos preparadas que usaban los sitios de citas para atraer a posibles clientes.

Mira a la pareja feliz pasándolo bien en la playa o arreglados para la boda de alguien.

Tú también podrías formar parte de una pareja así, ser alguien que pertenece a algo, alguien a quien quieren.

Lauren resopló con desdén. Las apariencias engañaban.

Un ligero movimiento en el escritorio la distrajo de sus pensamientos amargos.

Sophie había vuelto. Lauren no la había visto desde la noche en que Sophie la rescató de la niebla, y había confiado en que aquella no fuera la última vez que viera a su esquivo fantasma.

Lauren contuvo el aliento mientras Sophie se acomodaba ante el escritorio, con un chal sobre el camisón y el cabello suelto.

Le sorprendió notar que varios mechones relucían plateados a la luz de la luna.

Era mayor que la última vez, se dio cuenta.

Sophie permaneció inmóvil durante varios minutos, con la mirada fija en la ventana y la espalda muy erguida, como si estuviera en tensión.

Luego metió la mano en el cajón y sacó una sola hoja de papel, que colocó sobre el escritorio, frente a ella.

Cogió una pluma y la mojó en la tinta, pero no empezó a escribir.

Se quedó allí sentada, con la pluma suspendida sobre la hoja de papel y el ceño fruncido, sumida en sus pensamientos.

—Sophie —llamó Lauren en voz baja—. Sophie, ¿puedes oírme?

La mujer se enderezó y giró la cabeza hacia un lado, como si hubiera oído algo que venía de la cama. Escuchó con atención durante unos instantes, luego sacudió la cabeza, como descartándolo, y volvió a contemplar la página en blanco.

—Sophie —volvió a llamar Lauren—. ¿A quién le escribes?

Esta vez Sophie no pareció oírla. Volvió a mojar la pluma en el tintero y empezó a escribir, pero se detuvo al cabo de unos instantes y dejó la pluma mientras su mirada se desviaba hacia la bahía bañada por la luna.

Mientras Lauren estudiaba el perfil tenso de Sophie, las preguntas se agolpaban en su cabeza, preguntas que tendría que responder antes de poder convertir a Sophie en la protagonista de su historia.

¿Qué mantendría a una mujer fallecida atada a este mundo?

La respuesta obvia era el amor, pero la mayoría de la gente dejaba atrás a alguien querido al morir, y no por eso se quedaban todos durante cientos de años escribiendo cartas fantasmales a la luz de la luna.

La respuesta más lógica sería la pérdida del amor.

Una pérdida trágica, de esas de las que uno no se recupera fácilmente.

Sophie debía de estar añorando a su marido.

Era evidente que habían estado separados, pero ¿por qué?

¿Qué habría llevado a un marido y una esposa a vivir separados en una época en que las mujeres se definían por sus hombres?

Debían de haberse visto en algún momento, ya que Sophie había aparecido embarazada en una de sus visitas y con un bebé en brazos en la siguiente.

¿Iba George a Cape Cod a visitar a su esposa?

¿Veía a sus hijos? Si necesitaba quedarse en Cambridge para ocuparse de su negocio, ¿por qué habría enviado a su familia lejos?

Lauren había buscado con atención, pero no había visto ninguna lápida de George Holland cerca de los panteones familiares de los Holland.

¿Dónde estaba enterrado? ¿Cuándo había muerto? Debería habérselo preguntado a Brooke.

Lauren mantuvo la mirada fija en Sophie hasta que la mujer empezó a desvanecerse, cada vez más translúcida, hasta desaparecer del todo cuando la noche dio paso por fin a la luz gris de un nuevo amanecer.

Incapaz de volver a dormirse, Lauren se levantó en cuanto los primeros rayos del sol iluminaron la ventana y bañaron la parte superior del escritorio.

El portátil de Lauren seguía allí, igual que la noche anterior, pero encima había una sola hoja de papel, con las palabras de Sophie tan negras y frescas como si las hubiera escrito apenas unos minutos antes.

Con mano temblorosa, Lauren cogió la carta inacabada. Solo había dos líneas.

Queridísimo Teddy:

Anoche soñé contigo…

Lauren se quedó mirando las palabras de la página.

¿Quién demonios era Teddy y qué relación había tenido con Sophie?

Y lo que era más importante: ¿había dejado Sophie la carta para enviarle un mensaje?

Si era así, entonces Lauren iba claramente por mal camino.

No era George a quien Sophie añoraba, sino Teddy, quienquiera que fuese.