Capítulo 33
Cuando Sophie regresó a casa de Amelia, subió directamente a su habitación, cerró con llave, hundió la cabeza en la almohada y sollozó hasta que la tempestad de sus emociones amainó.
Se había sentido como una olla a punto de desbordarse, desesperada por soltar presión antes de volver a un hervor controlado.
Descubrir que su padre había muerto y estaba enterrado ya había sido bastante traumático, pero volver a ver a Teddy y que de pronto le pusieran en las manos las llaves de su prisión era más de lo que podía asimilar de golpe.
Teddy la había acompañado hasta donde pudo, luego se había quedado atrás y la había dejado ir, jurando que estaría allí la noche siguiente para sacarla de la pesadilla en que se había convertido su vida.
Tenían tanto que decirse, pero aquella tarde no había sido el momento.
Tenían planes que trazar y preparativos que organizar.
Sophie no bajó a cenar, alegando que se encontraba mal, y pasó una noche inquieta; su mente febril se negaba a dejarla descansar.
Cada vez que se adormecía, volvían las pesadillas: George que se enteraba de su plan y la detenía justo a tiempo, Teddy que desaparecía de nuevo, esta vez para siempre, Jeremy que regresaba a casa antes de tiempo y le impedía marcharse con Teddy.
Tantas cosas podían salir mal. Tantas ya habían salido mal.
Por la mañana, una Sophie exhausta se vistió para la iglesia y se reunió con Amelia a desayunar.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó Amelia mientras cortaba con destreza la punta del huevo.
—Sí, mucho mejor —mintió Sophie. No tenía apetito, pero se obligó a comer una rebanada de pan con mantequilla y un huevo cocido para demostrarlo.
—Almorzaremos con mis padres —anunció Amelia—. Están deseando verte. Lástima que George no pueda acompañarnos. Podría haber venido, siendo domingo, pero la nieve cubre los caminos hasta las rodillas. Tardaría horas en llegar.
—Sí, qué lástima —coincidió Sophie.
—Será mejor que nos vayamos o llegaremos tarde —anunció Amelia.
Apuró el último sorbo de té y se secó los labios delicadamente con una servilleta almidonada—.
¿Sería blasfemo decir que odio ir a la iglesia?
—preguntó mientras se levantaba de la mesa y se dirigía hacia la puerta—.
¿Hay algo más tortuoso que un sermón de dos horas mientras se te queda el trasero entumecido en un banco duro y los pies casi se te congelan?
Preferiría volver a la cama y quedarme allí hasta el mediodía por lo menos —se quejó Amelia.
Yo también , pensó Sophie. Con los nervios a flor de piel, aguantar sentada el sermón sería aún más difícil de lo habitual.
Sophie recogió la capa, el sombrero y los guantes que le tendía la criada y siguió a Amelia al exterior nevado.
El mundo aparecía envuelto en blanco, con los árboles combados bajo el peso de la nieve espesa y húmeda.
Unas nubes densas casi ocultaban el cielo descolorido, presagio de más nieve.
Rezó una oración apresurada, pidiéndole a Dios que contuviera la nieve hasta que ella y Teddy se marcharan, pero se detuvo a mitad de frase al darse cuenta de que estaba pidiéndole a Dios que la ayudara a escapar de su legítimo esposo con un hombre con el que se había acostado fuera del matrimonio y con quien pensaba romper sus votos conyugales.
Menudo descaro , pensó con una risa histérica mientras subía al carruaje.
Avanzaron despacio, pero llegaron a tiempo y ocuparon sus asientos justo cuando el oficio estaba a punto de comenzar.
Dejó que las palabras la envolvieran mientras intentaba que su imaginación no se desbocara catalogando todo lo que podía salir mal de aquí a esa noche.
Mientras nadie supiera lo que tramaba, estaría a salvo.
Cruzó la mirada con Lionel Holland y lo saludó con un gesto cortés.
Su esposa ni se dignó a mirarla. Solo después de casarse se dio cuenta Sophie de que los padres de George no habían aprobado el enlace.
Habían querido a otra para su único hijo, alguien que aportara riqueza y posición a la familia.
Ahora deseaba que le hubieran prohibido a George casarse con ella, pero él se había salido con la suya, como siempre acababa haciendo.
Tras aquella fachada anodina, era un hombre cruel y manipulador que engañaba a cuantos se cruzaban con él, haciéndoles creer que era encantador y amable.
Ella desde luego había caído en el engaño, igual que había sido engañada por sus suegros, que tampoco eran las personas que había creído.
El almuerzo resultó tedioso: la Señora Holland se quejaba del tiempo, el señor Holland se lamentaba de que sus envíos no llegaban, y Amelia protestaba por la niñera del pequeño Jeremy, que no conseguía mantenerlo callado por las noches para dejarla dormir, una falta que Lionel Holland consideraba merecedora de un severo castigo.
A nadie parecía importarle que el bebé estuviera sufriendo o que pudiera necesitar el afecto de su madre de vez en cuando.
Extraño, pero esa emoción tan básica resultaba difícil de encontrar en un mundo donde todos parecían ver a sus hijos como un medio para un fin o una carga de la que deshacerse.
¿Habría llegado Sophie a sentir lo mismo por su bebé?
¿Lo habría visto como una molestia, o habría maquinado cómo utilizarlo en beneficio propio?
Ni el señor Holland ni la señora Holland le dirigieron la palabra; siguieron como si ella no estuviera allí, tras el saludo frío que le habían dispensado y la mirada inquisitiva a su vientre.
Casi podía palpar su hostilidad, como si les hubiera fallado de algún modo.
Y nadie mencionó la muerte de su padre, bien porque George les había prohibido hacerlo, bien porque su pérdida les traía sin cuidado.
Sophie aguantó pacientemente la comida y después pidió al señor Holland hablar con él en privado, sin que le pasara desapercibido el ceño fruncido de Amelia.
—Solo necesito un momento, Amelia —prometió—. Enseguida estaré lista para irnos.
—Está bien —dijo Amelia, que volvió a sentarse y pidió más té.
El señor Holland la hizo pasar a su estudio y se sentó tras el escritorio, dejándola de pie ante él como una niña díscola. No le ofreció asiento, ni ella deseaba ponerse cómoda.
—Señor Holland, me he enterado de que fue usted quien se encargó de los bienes de mi padre —comenzó Sophie.
—Esa es una palabra demasiado grandiosa para lo que dejó tu desdichado padre.
—Aun así, dejando a un lado que nadie tuvo a bien informarme de la muerte de mi padre ni esperarme para el funeral, usted fue quien dispuso de sus pertenencias. ¿No es cierto?
—Así es.
—¿Qué fue de sus cosas? —exigió saber Sophie.
—¿Cosas?
—La imprenta y todos los materiales, sus libros, sus ahorros, su reloj y el anillo de boda de mi madre.
—Mi querida niña, el dinero lo usé para pagar el entierro.
—Ningún entierro cuesta tanto, seguro. La imprenta sola ya debía de valer una fortuna.
—Era vieja y anticuada.
—No tan anticuada como para no encontrar comprador. ¿Qué pasó con el dinero, señor Holland?
Lionel Holland se levantó lentamente, apoyó las manos en el escritorio y la fulminó con la mirada como si fuera una inmundicia que acabara de quitarse de la suela del zapato.
—Usted no aportó prácticamente nada al matrimonio.
Su dote fue irrisoria, pero mi hijo, necio y obstinado como es, se empeñó en casarse con usted, así que cedimos.
Todo lo que saqué de la venta de los trastos inútiles de su padre se destinó a compensar el coste de la boda que me vi obligado a pagar, y los vestidos y zapatos que George tuvo que proporcionarle, ya que la ropa que trajo consigo era francamente vergonzosa.
—Mi padre lo consideraba un amigo —espetó Sophie, herida por aquellas crueles palabras.
—Yo era su socio comercial, pero su padre era demasiado obtuso para ver la diferencia.
Me hacía un precio razonable en mis pedidos, y yo, a cambio, lo complacía con alguna que otra jarra de cerveza en la taberna.
Ahora bien, si esperaba obtener algo de mí, se ha equivocado de lleno.
Aunque quisiera entregar las ganancias, le daría el dinero a mi hijo, no a usted.
Como mujer, no puede tener dinero propio ni poseer propiedades, así que le sugiero que borre ese ceño fruncido de su rostro y se disculpe por su impertinencia.
Mi hijo la cuida mejor de lo que merece. Sea agradecida.
—Veo que no se desprenderá del dinero, señor Holland, pero le pido que me devuelva el reloj de mi padre y la alianza de mi madre. Son recuerdos, y tengo derecho a ellos.
El señor Holland sopesó su petición un momento, luego se volvió y abrió una caja ornamentada que había en el alféizar de la ventana. Extrajo el reloj de su padre y la fina alianza de oro que había pertenecido a su madre, y los arrojó sobre el escritorio. —De todos modos, no valen gran cosa.
—Gracias —dijo Sophie, fulminándolo con la mirada desde el otro lado del escritorio—. Y gracias por sus condolencias —añadió con sarcasmo—. Se lo agradezco enormemente.
Giró sobre sus talones y salió por la puerta, con la esperanza de que fuera la última vez que viera a su suegro.
Amelia asomó la cabeza desde el comedor. —¿Estamos listas para irnos?
—Te esperaré fuera —replicó Sophie. No soportaba quedarse en aquella casa ni un momento más.
—Vaya humor que tienes hoy —dijo Amelia mientras subía al carruaje—. Yo me sentía furiosa cuando me quedé embarazada por primera vez. No era nada en concreto lo que me molestaba, era todo en general. Quería gritar o llorar. ¿Estás segura de que no estás...?
—No lo estoy —espetó Sophie, preguntándose de repente si cabía esa posibilidad.
¿Podría estar embarazada? Contó febrilmente los días desde su última regla.
Diecinueve. Tendría que esperar otra semana para saber si la semilla de George había arraigado en su vientre—. ¡No! —gimió, sobresaltando a Amelia.
—¿No, qué?
—Nada. Lo siento, Amelia. Hoy no sé qué me pasa.
—Ya lo creo —replicó Amelia, mirándola con aire burlón—. Cuando George dijo que necesitabas descansar, desde luego no estaba exagerando.
—Creo que me tumbaré un rato antes de la cena.
—Excelente idea. Pareces a punto de desplomarte —respondió Amelia, ahuecándose las faldas y quitándose una mota invisible de pelusa con los dedos enguantados.
—¿Sabías que mi padre había muerto? —preguntó Sophie. A esas alturas ya daba igual, pero algo en su interior necesitaba saber si Amelia había participado en la conspiración de silencio.
Las mejillas de Amelia se tiñeron de rubor y sus ojos se humedecieron. —Sophie, lo siento mucho. George nos pidió que no te lo dijéramos. Dijo que no estabas bien y que la noticia te alteraría.
—¿Por eso no intentaste detenerme cuando dije que iba a la imprenta? ¿Querías que descubriera la verdad?
—Tu padre era la única familia que te quedaba. Sin duda tenías derecho a saberlo.
—Te lo agradezco, Amelia —dijo Sophie con suavidad.
—Mira, Sophie, George puede ser un poco... a falta de una palabra mejor... autoritario, pero sus intenciones son buenas. Solo intentaba protegerte.
«Si tan solo hubiera tenido a alguien que me protegiera de George» , pensó Sophie con amargura.
Se preguntó cuánto sabría Amelia en realidad sobre la verdadera naturaleza de George.
Probablemente no mucho. ¿Qué iba a saber una hermana menor de los apetitos o las perversiones sexuales de un hombre?
Amelia quería a George y lo admiraba. Creía de verdad que Sophie había tenido suerte y debía estar agradecida por el matrimonio que la providencia le había deparado.
—Sí, George ha sido muy ardiente en su devoción —respondió Sophie, lo que hizo sonreír a Amelia.
—Es muy romántico, ¿verdad? Ojalá Jeremy fuera más así —soltó una risita—.
A veces puede ser tan estirado, como si tuviera un palo metido en el trasero.
Los hombres son un enigma para mí —confesó—.
Pueden ser tan bulliciosos y divertidos con sus amigos, pero tan serios con sus esposas e hijos.
Es casi como si ni siquiera les cayéramos bien.
—Quizá no les gustamos —respondió Sophie—. Al fin y al cabo, ¿cuánto llegamos a conocernos de verdad antes de casarnos?
—¿Y cuánto nos conocemos después? —replicó Amelia—. Lo que pasa por la cabeza de Jeremy es un misterio para mí, por eso prefiero que no esté en casa. Así la vida es más fácil para todos. Desde luego, el matrimonio no es la aventura emocionante que pensé que sería.
—No, no lo es —coincidió Sophie, y se arrebujó en su capa. Estaba temblando, y no solo porque fuera hacía un frío glacial. Estaba tan tensa que no sabía cómo iba a sobrevivir el resto del día.