Capítulo 29
Sophie
A medida que los dorados y carmesíes del otoño daban paso a los grises y blancos de un invierno de Nueva Inglaterra, el estado mental de Sophie se deterioró visiblemente, tanto que el reverendo Chapman lo mencionó cuando cenaron todos juntos el día de Navidad.
Aunque Sophie no disfrutaba de la compañía de los Chapman, se alegraba de no estar a solas con George.
—Espero que no le importe que se lo diga, pero últimamente no parece usted misma, señora Holland —dijo el reverendo Chapman, observándola por encima del borde de su copa—. ¿Se ha encontrado mal?
—Estoy perfectamente bien —respondió Sophie, esforzándose por mantener la compostura.
No estaba bien, ni siquiera pasablemente.
El humor de George oscilaba con tanta frecuencia entre el encanto amoroso y la violencia brutal que vivía aterrorizada, sin saber nunca qué lo haría estallar.
Al principio había temido no poder amar a su marido, pero jamás imaginó que viviría día tras día temiendo por su vida.
George, en cambio, parecía de lo más satisfecho, y seguía con su vida como si aquel fuera el tipo de matrimonio que había deseado. Quizá lo fuera.
El rostro del reverendo se transformó, como si de pronto lo hubiera comprendido todo, y dedicó una amplia sonrisa a la pareja más joven mientras le guiñaba un ojo a George con complicidad.
—Nada que unos meses no curen, ¿eh? —dijo.
La señora Chapman pareció encogerse, como si las palabras la hubieran herido físicamente.
Los Chapman no tenían hijos, circunstancia que siempre se achacaba a la esterilidad de la esposa y no a la incapacidad del marido para dejarla encinta, aunque acogían a varios huérfanos de la parroquia que eran, en esencia, criados sin sueldo.
George miró a Sophie con cierta sorpresa, como si la idea de un hijo jamás se le hubiera pasado por la cabeza, y luego brindó con el reverendo y la señora Chapman, deseándoles una feliz Navidad y un próspero Año Nuevo.
No pararon de ofrecerle comida y bebida a Sophie, como si su palidez y su expresión atormentada tuvieran algo que ver con la falta de sustento, pero el ganso de Navidad se le atascó en la garganta; tenía el estómago revuelto e intentaba no imaginar qué diría George cuando regresaran a casa.
George estuvo callado durante el camino de vuelta, sosteniéndole el brazo con la solicitud de un marido cariñoso. Sophie tragaba aire fresco como un pez fuera del agua, desesperada por calmar el corazón desbocado.
George arremetió contra ella en cuanto entraron.
—¿Estás enferma? —exigió.
—No.
—¿Estás encinta?
—No.
—Bueno, gracias a Dios por eso al menos —respondió George.
Sophie se atrevió a mirarlo a la cara. Nunca había imaginado que George no quisiera hijos, así que su reacción la pilló desprevenida.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja.
—Porque no soporto a los bebés chillones —espetó George—. Y no me gusta compartir mis juguetes —añadió, entornando los ojos mientras le escrutaba el rostro pálido.
Un juguete, eso es lo que soy para él , pensó Sophie con amargura. Juega conmigo como un gato con un ratón antes de arrancarle la cabeza.
—El reverendo tiene razón; no tienes buen aspecto.
Quizá porque vivo aterrorizada de que me peguen y me humillen , pensó Sophie, pero no dijo nada.
—Necesitas descansar —anunció George, dejándola atónita—.
Enviarte con mis padres queda descartado.
Harían demasiadas preguntas. Pero Amelia estará encantada de tenerte unas semanas.
A su marido lo han mandado a alguna misión militar o algo así, de modo que está sola con su mocoso.
Le alegrará tener compañía. Le escribiré mañana —prometió—.
Sube. Esta noche no te molestaré —dijo con brusquedad.
Sophie sintió que el pecho se le henchía de gratitud hacia el reverendo.
Si su observación le había proporcionado un respiro, le agradecía su franqueza.
Unas cuantas noches para dormir sin miedo a que la despertaran o la golpearan para diversión de George era un regalo que atesoraba por encima de cualquier otro.
Solo esperaba que George no cambiara de opinión a la mañana siguiente.
No lo hizo. Tras escribir a Amelia y recibir respuesta con el mensajero, envió a Sophie a Boston, diciéndole que iría a buscarla en dos semanas. Dos semanas le parecían una eternidad, unas vacaciones mágicas durante las cuales podría pasar tiempo con Amelia y descansar.
—Como te atrevas a pronunciar una sola palabra de queja ante mi hermana, lo pagarás caro cuando vuelvas —dijo George con una sonrisa mientras se inclinaba para besarla en despedida—. Espero verte descansada y lista para retomar tus deberes conyugales. ¿Queda claro?
—Sí, George.
—Pues vete ya.
George observó cómo la calesa, conducida por John Miller, un hombre de mediana edad que servía como mozo de cuadra, cochero y hombre para todo, se alejaba de la casa.
Sophie se arrebujó en la capa y se recostó en el banco mientras el alivio la inundaba a medida que el carromato dejaba atrás Cambridge Village y se dirigía hacia Boston.
—Buen día para un paseo —dijo John.
—Desde luego —respondió Sophie.
Y lo era. La mañana de enero era fría y despejada, pero el cielo lucía azul y la nieve recién caída centelleaba con alegría, confiriendo al mundo un aspecto limpio y fresco.
Cuánto deseaba poder volver a sentirse limpia.
¿Era su matrimonio con George un castigo por haberse acostado con Teddy y concebir un hijo fuera del matrimonio?
¿No bastaba como penitencia haber perdido a su bebé?
Apenas tenía diecinueve años y lo único que había conocido era pérdida y dolor.
Cayó en la cuenta, sobresaltada, de que no recordaba la última vez que se había reído de algo, ni siquiera sonreído con alegría genuina.
Todos los hombres de su vida no solo la habían decepcionado, sino que la habían aplastado como a un insecto, y donde antes había habido una mujer joven no quedaba más que una masa informe.
Cuánto deseaba que John siguiera adelante sin más y la llevara lejos, a algún lugar donde nadie pudiera encontrarla.
Aunque ansiaba ver a Amelia, sabía que sería observada y evaluada.
Los padres de George sin duda querrían verla y escrutarle la cintura estrecha mientras sacudían la cabeza con decepción.
¿Conocían las inclinaciones de su hijo, o solo veían la máscara que George mostraba ante el mundo?
Ojalá pudiera confiar en alguien, pedir ayuda.
Pero no había nadie. Incluso su propio padre era impotente, e indiferente.
No la había visto ni le había escrito desde la boda, pues no deseaba tener trato alguno con la hija que lo había decepcionado tan amargamente.
No podía recurrir a él como tampoco podía suplicar ayuda a Lionel Holland.
Estaba completamente sola y lo seguiría estando durante años.