Capítulo 24
Sophie
La habitación era insoportablemente sofocante; el sol del atardecer entraba sin piedad a través de la ventana emplomada.
Sophie deseaba poder quitarse el vestido y tumbarse en la cama en enaguas, pero era imposible.
Iban a cenar con el reverendo y la señora Chapman, una pareja de mediana edad conocida de George que los invitaba a cenar cada dos lunes, sin falta.
A Sophie no le caía bien el reverendo Chapman, un hombre corpulento de tez rubicunda y voz chirriante que le encantaba usar en exceso.
Su esposa era una mujer apocada, intimidada y humillada hasta la sumisión por un marido que la trataba como a una niña tonta.
—¿Ya casi estás lista? —llamó George desde abajo.
—Casi.
Sophie se colocó la última horquilla en el moño y lo cubrió con una cofia ribeteada de encaje antes de bajar las escaleras.
George asintió con aprobación y se pusieron en marcha.
Había refrescado un poco mientras ella se arreglaba, y disfrutó del breve paseo.
Ojalá pudieran seguir caminando y pasar de largo la casa del reverendo.
Pero George consideraba importante mantener buenas relaciones con los vecinos, especialmente con aquellos que tenían cierta influencia en la comunidad y podían serles útiles.
El reverendo Chapman enseñaba teología en la universidad e indicaba a sus estudiantes que compraran los textos necesarios en la librería Holland, un favor que George apreciaba enormemente y que mencionaba tan a menudo como podía sin parecer servil.
Tras lanzar una última mirada anhelante a la espectacular puesta de sol, Sophie siguió a George al interior de la casa, donde un sirviente los condujo al salón.
La señora Chapman estaba sentada en su silla habitual, con una pequeña copa de jerez en la mano, mientras el reverendo conversaba en voz alta con dos hombres que estaban de espaldas a la puerta.
Por un breve instante, Sophie se quedó paralizada, con el corazón latiéndole dolorosamente, mientras posaba la mirada en el más joven de los dos hombres.
Llevaba el cabello castaño rojizo recogido en una coleta con una cinta negra, y los mechones cobrizos captaban los últimos rayos de luz vespertina.
La postura de sus hombros y su actitud relajada se parecían tanto a las de Teddy que Sophie dejó escapar un grito involuntario, lo que le valió una mirada de reproche de George.
El reverendo se detuvo a mitad de frase y saludó a los recién llegados, obligando a los dos hombres a darse la vuelta y hacer lo mismo.
Sophie tembló de alivio. Por mucho que anhelara volver a ver a Teddy o saber algo de su destino, no deseaba hacerlo en el salón del reverendo Chapman, delante de George.
—Ah, ahí están. Permítanme presentarlos —bramó el reverendo mientras George y Sophie se acercaban.
—El reverendo Noah Trevor y su sobrino Alexander Trevor, que acaban de llegar de Inglaterra. Nuestros estimados amigos y vecinos, el señor George Holland y su encantadora esposa.
Sophie bajó la mirada con recato, temiendo que su resentimiento hacia el reverendo se le notara en los ojos.
Ni siquiera merecía una presentación. Era simplemente la esposa, la propiedad de George.
Los hombres se inclinaron sobre su mano y le aseguraron que era un placer conocerla, y Sophie respondió del mismo modo, como un perro bien adiestrado.
—¿Pasamos al comedor? —invitó el reverendo, caminando por delante e ignorando completamente a su esposa, que cerraba la marcha.
—¿Qué los trae a nuestra humilde colonia? —preguntó George en cuanto sirvieron la sopa.
—Me han invitado a ocupar un puesto docente en la universidad, y Alexander se ha matriculado para estudiar matemáticas —respondió el reverendo Trevor—. Confieso que me siento aliviado de haber llegado sanos y salvos.
—¿Se encontraron con mal tiempo, reverendo? —preguntó Sophie, negándose a comer en silencio como la pobre señora Chapman.
—El tiempo fue agradable durante la mayor parte de la travesía, pero hay otros peligros en el mar —respondió Alexander con un brillo divertido en los ojos—. Mi tío estaba aterrorizado de que nos atacaran los piratas.
—¿Piratas? —exclamó Sophie.
—En efecto, mi estimada señora —respondió el reverendo Trevor—. Viajar por mar se ha vuelto sumamente peligroso.
—¿De veras? —preguntó George. Dejó la cuchara y fijó la mirada en los Trevor—. Cuéntenme.
—Muchos barcos han sido atacados —dijo el reverendo Trevor, con las mejillas enrojecidas de indignación.
—La mayoría de las compañías piratas tienen su base en las islas del Caribe, pero no se limitan a navegar por el mar Caribe. Cada vez se aventuran más lejos. Ningún barco procedente de Europa está a salvo —dijo Alexander, dirigiéndose a Sophie.
—¿Qué sucede cuando avistan un barco? —preguntó Sophie, con la sopa olvidada.
—Persiguen el barco durante un tiempo, manteniéndose bien a la vista para asustar a los pasajeros y la tripulación, luego se acercan lo suficiente para disparar un tiro de advertencia y exigir abordar la embarcación.
Si el capitán se niega, disparan contra el barco.
Están bien armados; sus cañones duplican como mínimo los de cualquier embarcación no militar.
No les interesa hundir el barco, ya que perderían la carga, pero causan daño suficiente para dejarlo innavegable, lo que equivale a sentenciar a muerte a todos los que van a bordo.
—¿Y luego? —preguntó Sophie con el aliento contenido.
—Abordan la embarcación, saquean la carga, despojan a los pasajeros de cualquier objeto de valor, toman todo lo que necesitan para su propio viaje, como víveres y agua potable, y muy a menudo reclutan a la fuerza a miembros de la tripulación, sobre todo hombres jóvenes y fornidos, para que sirvan en sus barcos.
—¿Matan a alguien? —preguntó Sophie sin apartar los ojos del rostro bronceado de Alexander Trevor. De cerca, no se parecía en nada a Teddy, pero algo en su manera de comportarse se lo recordaba igualmente.
—Solo si intentan resistirse. Los pasajeros rara vez oponen resistencia, pero hay capitanes valientes y necios que deciden entablar batalla naval, con el resultado de una tripulación diezmada, un barco demasiado dañado para llegar a puerto y una reputación arruinada para el capitán idiota que lo arriesgó todo por unos cuantos sacos de grano o un cargamento de porcelana fina.
—Qué aterrador —dijo Sophie, llevándose la mano al pecho.
—No se preocupe, mi querida señora —intervino el reverendo Chapman—.
Todos esos canallas serán capturados y ejecutados.
La Marina Real está en alerta máxima. Están patrullando los mares y eliminando los barcos piratas uno por uno.
De hecho, tengo entendido que los franceses se han unido a la lucha, al igual que los holandeses y los españoles.
Los piratas atacan todos los barcos, sin importar qué bandera enarbolen, así que ya no es estrictamente un problema británico.
—Bueno, me alegra saberlo —dijo George—.
Por supuesto, nadie puede esperar competir con el poderío de la Marina Real, pero es reconfortante que esos países menores por fin estén tomando medidas.
De hecho, varios barcos que transportaban mercancía nuestra fueron atacados, pero por suerte para nosotros, a los piratas no les interesa la literatura.
Concentran sus esfuerzos en robar bienes más valiosos.
—No hay carga de mayor valor que la palabra escrita —intervino el reverendo Trevor.
—No creo que sacaran mucho beneficio de un montón de Biblias —respondió Alexander, lo que hizo que Sophie sonriera tras su servilleta.
—No se puede poner precio a la palabra de nuestro Señor —tronó el reverendo Chapman.
—Ni era mi intención, pero debe admitir que varios rollos de seda fina o barriles de brandy resultan más apetecibles que El paraíso perdido .
—Joven, es usted un impertinente —respondió el reverendo Chapman, con el rostro enrojecido de ira.
—Le pido disculpas, reverendo. No pretendía ofender.
Simplemente señalaba lo obvio —respondió Alexander con humildad, pero Sophie notó el brillo de triunfo en sus ojos.
Había disfrutado provocando al reverendo.
La mirada de Alexander se posó en ella y Sophie le sonrió, reconociendo su pequeña victoria contra la tiranía de los clérigos que dominaban la facultad del colegio y, con ella, la ciudad misma.
—¿Pasamos al segundo plato? —preguntó la señora Chapman tímidamente, con la mirada gacha y las mejillas sonrojadas, como si acabara de proponer que se desnudaran todos y bailaran alrededor de la mesa.
—Por supuesto —respondió su marido, fulminando con la mirada a la criada, que no se había atrevido a retirar los platos sin la orden de su señora.
El resto de la comida transcurrió entre animada conversación, sobre todo porque Alexander Trevor se empeñó en remover las aguas, con sus ojos azules chispeando de diversión cada vez que irritaba al reverendo Chapman y a su tío.
Desde que Sophie conocía al reverendo Chapman, aquella era la comida más agradable que habían compartido, y esperaba que volvieran a invitar a los Trevor, aunque dada la actitud beligerante del reverendo, lo dudaba mucho.
—Espero volver a verla, señora Holland —dijo Alexander mientras se preparaban para marcharse—. Ha aportado belleza y encanto a una velada por lo demás mediocre —añadió en voz baja.
Sophie se ruborizó de placer, pero no respondió. Alexander Trevor era el tipo de joven que disfrutaba desafiando las convenciones. Ella no era más que un instrumento en su afán por animar lo que prometía ser una velada muy aburrida.
El calor había remitido mientras cenaban, y Sophie aspiró el fragante aire nocturno, disfrutando de su caricia en el rostro.
Solo cuando estaban a punto de llegar a casa se dio cuenta de que George había permanecido extrañamente callado durante el camino y apenas había comentado nada sobre los Trevor, algo que le resultó extraño.
George siempre rebosaba opiniones y le gustaba compartirlas con ella, le interesaran o no.
—¿Cómo te atreves a humillarme de esa manera? —George se encaró con ella en cuanto estuvieron dentro.
—¿Qué he hecho? —preguntó Sophie, pillada por sorpresa.
—¿Que qué has hecho? ¿Aparte de animar descaradamente al joven Trevor a que te prestara atención con esas preguntas insípidas?
—Solo estaba participando en la conversación —respondió Sophie, herida por la acusación.
—¿Y qué te hizo pensar que tu contribución era bienvenida? Lo que puedas decir no le interesa a nadie. Estás allí solo como mi esposa, un adorno, nada más.
—George, no hice nada malo —protestó Sophie. La bofetada que siguió le hizo castañetear los dientes, y se quedó mirando a George mientras se llevaba la mano a la mejilla ardiente.
—No vuelvas a faltarme al respeto de esa manera. ¿Queda claro?
—¿Y si lo hago? —espetó Sophie, conmocionada por aquel cambio repentino. Nunca había visto esa faceta de él en los dos meses que llevaban casados y esperaba que su desafío le hiciera ver el error de sus actos, pero George se acercó aún más hasta poner su rostro a un centímetro del de ella.
—Si vuelves a avergonzarme de esa manera, te irá mucho peor que una simple bofetada.
—¿Como qué? —susurró Sophie, horrorizada por su comportamiento.
—Sigue poniendo a prueba mi paciencia y lo descubrirás. Ahora sube a acostarte. No tengo nada más que decirte.
George giró sobre sus talones, entró en el salón y cerró de un portazo, dejando a Sophie aturdida por la injusticia de lo que acababa de ocurrir.
Para empezar, no había expresado ninguna opinión ni hecho ninguna pregunta que pudiera resultar embarazosa para George, y además, no había hecho nada para animar a Alexander Trevor. Él no había necesitado ningún estímulo.
«Está celoso» , pensó Sophie mientras subía las escaleras con los hombros hundidos.
«Cree que Alexander Trevor me resulta atractivo» .
Suspiró profundamente y empezó a desvestirse para acostarse, pensando en cómo podría convencer a George de que no tenía de qué preocuparse sin dejarle ver que comprendía la razón de su ira.
No creía que señalar su inseguridad masculina fuera a ayudarla, no estando él de tan mal humor.
Sophie colgó el vestido, se soltó el cabello de las horquillas, apagó la vela y se metió en la cama. La mejilla ya no le palpitaba, pero el arrebato de George le había herido el orgullo. Esperaba que, una vez calmado, él viera que la había agraviado y se disculpara.
Ya estaba quedándose dormida cuando George entró en el dormitorio.
No hizo ningún esfuerzo por guardar silencio mientras se desvestía deprisa y se metía en la cama.
Fingirse dormida parecía lo más sensato, así que Sophie se giró de lado, dándole la espalda, y esperó a que se durmiera, pero George tenía otros planes.
La agarró y la puso boca arriba, le subió el camisón y le metió la rodilla entre las piernas para separárselas.
Sophie gritó cuando la penetró, embistiendo con brusquedad varias veces antes de terminar y apartarse rodando.
—George —dijo ella con la voz temblorosa de dolor y conmoción—. Lo siento. Nunca pretendí ofenderte.
Había pensado que la disculpa suavizaría aquella actitud pétrea, pero George simplemente se giró de lado y se durmió, ignorando la angustia de Sophie.