Capítulo 23
Lauren
Lauren se despertó sobresaltada. Primero notó que tenía mucho frío; después, que la puerta del patio estaba entreabierta.
Se incorporó de golpe y se frotó los ojos.
Había estado escuchando un audiolibro, y la voz relajante del narrador debía de haberla adormecido.
Buscó el teléfono a tientas, pero se había quedado sin batería mientras dormía; la pantalla estaba negra, muerta.
Lauren miró hacia la puerta. Eran poco más de las cuatro cuando empezó a escuchar, pero ahora pasaban de las siete.
Al otro lado de la ventana, la tarde nublada había dado paso a la oscuridad casi total, y las nubes amenazantes se cernían en el horizonte como lana de acero empapada en agua sucia.
Había dejado la puerta entornada para que entrara algo de aire, pero ahora estaba abierta unos treinta centímetros.
—¡Oh, no! —gritó Lauren al caer en la cuenta—. ¡Billy! Billy, ¿dónde estás? —llamó, pero solo le respondió un silencio ominoso. El cachorro había estado acurrucado sobre sus piernas mientras escuchaba el libro, pero ahora había desaparecido.
Revisó la casa a toda prisa, pero Billy no aparecía por ninguna parte; su jaula, en el rincón, estaba vacía.
Lauren abrió la puerta de un tirón y salió corriendo hacia la noche, llamando al cachorro mientras bajaba a toda prisa los escalones hacia el embarcadero.
El corazón le latía desbocado y respiraba entrecortadamente mientras un escenario horrible tras otro asaltaba su imaginación.
¿Y si estaba herido otra vez? ¿Y si se había caído al agua?
El crepúsculo había dado paso a una oscuridad turbia, sin luna, y Lauren sentía como si fuera medianoche.
Se estremeció bajo el fino jersey, lamentando no haber cogido un forro polar antes de salir corriendo de la casa.
El agua lamía suavemente el embarcadero, pero no había rastro del perro.
Lauren escudriñó la oscuridad, intentando averiguar si el cachorro había pasado por allí, pero no tenía ninguna pista, salvo que, si había bajado, no habría podido volver a subir los empinados escalones con sus patas cortas.
O Billy no había venido por aquí o ya se había ahogado.
La histeria le brotó en el pecho; respiraba a jadeos cortos mientras subía corriendo los escalones y se adentraba en la arboleda que rodeaba la casa.
De día era sombreada y apacible, pero ahora el bosque resultaba oscuro y siniestro; los gruesos troncos bloqueaban la luz de la casa.
Lauren creyó oír algo y corrió hacia el sonido con las manos extendidas por miedo a chocar con algún tronco en la oscuridad.
El sonido parecía haber venido de algún lugar a su izquierda, pero cuando corrió en esa dirección, se dio cuenta de que solo había sido el viento entre los árboles.
Se dio la vuelta, caminó unos pasos y descubrió que ya no podía ver la casa.
No tenía idea de por dónde había venido.
El viento arreciaba y las ramas se balanceaban sobre su cabeza como extremidades fantasmales y negras que se fundían con la oscuridad impenetrable del cielo.
—¡Billy! —gritó Lauren, pero no oyó ningún ladrido en respuesta—. Billy, ¿dónde estás, cachorro tonto?
Dedos de pánico le treparon por la columna y se le erizó el vello de la nuca.
¿Hasta dónde llegaba este bosque? La casa más cercana quedaba a unos ochocientos metros y estaba vacía; los propietarios aún no la habían abierto para la temporada de verano.
Lauren deambuló en la oscuridad; tropezaba con raíces gruesas y se arañaba la mano con la corteza áspera.
La noche parecía oscurecerse por momentos y el aire estaba cargado de humedad.
Y entonces llegó la niebla, que la aisló por completo del mundo.
Estaba perdida en un mar blanco, con la cara húmeda y la ropa pegada al cuerpo.
Se estremeció violentamente mientras la humedad le calaba las zapatillas de lona y los calcetines de algodón.
Presa del pánico, Lauren casi tropezó con un tronco caído.
Se dejó caer sobre la corteza húmeda y enterró la cara entre las manos.
No tenía idea de por dónde había venido y la niebla se espesaba cada vez más.
Un sollozo le escapó del pecho al darse cuenta de que quizá tendría que pasar la noche en el bosque.
No estaba a más de cuatrocientos metros de la casa, pero no podía ver nada.
Podría vagar durante horas sin dar con el claro donde se alzaba la casa.
—Cálmate —se dijo con su tono más sensato—. Estás muy cerca de la casa. Solo tienes que esperar a que se levante la niebla y entonces podrás seguir la luz.
Su voz sonó hueca en el aire espeso que se arremolinaba a su alrededor, y creyó ver un tenue resplandor que se movía entre los árboles.
Lauren bajó las manos y miró fijamente hacia delante, conteniendo el aliento mientras su mente por fin procesaba lo que veían sus ojos y ambos coincidían en lo que tenían delante.
Sophie Holland estaba de pie a unos metros de distancia, con un farol anticuado que brillaba en su mano.
Llevaba un vestido azul oscuro y una capa gruesa, y tenía el cabello recogido en una cofia, con algunos mechones oscuros que se escapaban para enmarcarle el rostro.
Levantó el farol, que le iluminó el rostro, y Lauren se quedó helada, demasiado asustada para respirar.
Sophie la miraba directamente, con expresión seria e intensa.
Le hizo un gesto a Lauren para que la siguiera.
Lauren se puso de pie y un grito ahogado le escapó de los labios fríos.
A la luz del farol, apenas distinguía el precipicio que caía a pico sobre la bahía.
Si hubiera seguido caminando, habría caído de cabeza al agua.
No parecía haber nadie en kilómetros a la redonda, y ninguna luz de embarcación rasgaba la oscuridad sofocante.
Podría haber muerto si se hubiera golpeado la cabeza en la caída o hubiera chocado con las rocas que dormían bajo la superficie del agua quieta.
Sophie volvió a hacerle un gesto y Lauren la siguió, con las extremidades tan rígidas como las de un soldado de madera.
Su mente parecía haberse apagado; el cuerpo funcionaba por puro instinto.
Siguió a la figura encapada, hipnotizada por la luz amarilla que parecía rodear la cabeza de Sophie como un halo.
Por fin apareció un segundo orbe de luz: el resplandor de la ventana del salón a través de la niebla arremolinada.
Sophie se volvió y esperó hasta que Lauren comprendió; luego pareció fundirse con la niebla, y la luz de su farol desapareció tan repentinamente como había aparecido.
Lauren exhaló con un temblor y salió del trance mientras la luz de la casa la espoleaba.
Aceleró el paso y echó a correr hacia la puerta abierta del patio como si algo la persiguiera.
Irrumpió en el salón, cerró la puerta y echó la llave con manos temblorosas.
Por un momento se olvidó por completo de Billy, pero cuando el cachorro vino trotando desde la cocina con el rabo meneándose, cayó de rodillas y lo estrechó contra el pecho, abrazándolo tan fuerte que él soltó un gemido de protesta.
—Oh, gracias a Dios —murmuró contra su pelaje cálido—. Gracias a Dios que estás a salvo.
Billy se zafó de su abrazo húmedo y se retiró a su jaula, dejando a Lauren de rodillas en medio del salón.
Se obligó a levantarse, cogió el teléfono, lo enchufó a cargar y seleccionó el número de Ryan.
De haberlo pensado bien, quizá no habría llamado, pero estaba tan conmocionada que necesitaba oír una voz humana, y Ryan era la única persona que conocía de verdad en Orleans.
—¿Lauren? ¿Estás bien? —la voz de Ryan sonaba como si viniera de muy lejos, y Lauren se dio cuenta de que estaba sollozando—. ¿Lauren? —insistió Ryan.
—Creo que sí —murmuró—. Me perdí en la niebla. —Le empezaron a castañetear los dientes; el frío se le había metido en los huesos. Tenía la ropa sucia y mojada, y los zapatos empapados.
—Voy para allá —exclamó Ryan.
—¿Y Ty?
—Merielle está aquí. Se quedará con él.
Lauren se dejó caer en el sofá y se cubrió los hombros con una manta de chenilla, demasiado débil para subir las escaleras a ponerse ropa seca.
A medida que su cuerpo entraba en calor, volvió el pensamiento coherente, pero aún no lograba encontrarle sentido a lo que había ocurrido esa noche.
Fragmentos de pensamientos giraban en su cabeza como la niebla que la había atrapado pero que ahora parecía haberse disipado por completo.
Intentó evocar el rostro de Sophie, pero lo único que pudo recordar fueron aquellos ojos oscuros, la mirada tan directa e intensa.
Se puso de pie de un salto cuando oyó el crujido de los neumáticos sobre la grava y le abrió la puerta a Ryan, que subió corriendo por el camino de entrada.
—Lauren, ¿qué ha pasado? —preguntó él.
Ella se refugió en sus brazos y él la abrazó con fuerza, su cuerpo cálido y reconfortante, sus brazos fuertes y seguros.
—No lo sé —susurró ella—. No estoy segura.
—Ven, siéntate. Estás toda mojada —dijo Ryan.
La condujo de vuelta al sofá y la sentó, ajustando la manta para cubrirla.
—Voy a buscarte ropa seca, y mientras te cambias, encenderé el fuego. ¿Tienes whisky o brandy?
—No creo.
—Vale, no importa.
Ryan subió las escaleras y regresó con un pantalón de chándal de terciopelo y una sudadera con capucha a juego.
También trajo una camiseta seca y calcetines.
Cuando Lauren aceptó la ropa, la parte de su mente que volvía a pensar con racionalidad agradeció que no hubiera rebuscado en su cajón de ropa interior.
Fue al baño de la planta baja y se quitó todas las prendas excepto las bragas que aún estaban secas y se puso la ropa limpia.
Se lavó las manos y la cara con agua caliente y se secó el pelo con una toalla antes de salir del baño.