Capítulo 22
El viaje a su nuevo hogar no llevó mucho tiempo.
Cambridge estaba a solo seis kilómetros y medio de Boston y se tardaba aproximadamente una hora y media en llegar en carruaje.
Hacía buen tiempo, y Sophie habría disfrutado del trayecto si George no hubiera hablado sin cesar, contándole todo sobre la universidad y los alrededores.
—La Universidad de Harvard es una de las instituciones académicas más importantes de Massachusetts.
Incluso tuvo una Escuela India, pero dejó de funcionar hace algunos años.
Supongo que no pudieron encontrar suficientes salvajes dignos del honor —se burló George—.
Hubo unos pocos que se graduaron. No me cabe en la cabeza que aprobaran sus exámenes honradamente.
Esos diablos de piel roja engañarían a sus propias madres si pudieran salirse con la suya.
Debo admitir que abrir una segunda librería cerca de la universidad fue una genialidad por parte de mi padre —continuó—.
Los estudiantes no solo tienen un hambre insaciable de lectura, sino que también ofrecemos los textos que necesitan para sus cursos, lo que convierte a la Librería Holland en algo indispensable para la escuela.
Le sugerí a mi padre que compráramos libros usados a los estudiantes y los vendiéramos a precio reducido a quienes tienen un presupuesto ajustado.
Mi padre se mostró escéptico al principio, diciendo que comerciar con libros usados empañaría la reputación de la tienda, pero los beneficios que he obtenido con este negocio paralelo lo han convencido de lo contrario.
Si el negocio sigue prosperando, pienso ampliar la tienda, hacerla más grande y mejor que la de mi padre en Boston —presumió George.
—¿Vendéis algún libro dirigido a mujeres? —preguntó Sophie, y enseguida se arrepintió de haberlo hecho.
George arqueó una ceja y luego soltó una carcajada.
—Qué curiosa eres, querida. No tenemos una sección para mujeres como tal, pero hay ciertos sermones y tratados que abordan el papel de la mujer en el hogar y sus responsabilidades hacia su marido.
Puedes llevártelos prestados de la tienda y leerlos cuando te apetezca, no es que hayas estado descuidando tus deberes conyugales —dijo con un guiño exagerado.
Sophie se sonrojó, profundamente avergonzada ante cualquier recordatorio de su congreso conyugal.
George se tomaba sus deberes muy en serio y se había asegurado de disponer de su cuerpo varias veces más antes de partir hacia Cambridge.
Sophie suponía que debía agradecer que nunca hubiera cuestionado su virginidad, pero si pretendía seguir como había empezado, no iba a tener un momento de paz.
—Quizás pueda ayudarte en la tienda —se ofreció Sophie—. Me serviría para conocer a algunos vecinos del pueblo.
George fingió considerar su petición y luego le apretó la mano para tranquilizarla.
—Ya tengo al señor Williams para ayudarme, pero quizás puedas pasarte una o dos horas al día.
Dudo que encuentres a nadie con quien trabar amistad.
La mayoría de los clientes de la tienda son estudiantes y profesores, y todos son hombres, obviamente.
Pero no te preocupes, no estarás ociosa mucho tiempo —le aseguró—.
La mayoría de mis conocidos están casados, y sus esposas estarán encantadas de acogerte en su círculo.
Reconozco que ninguna es muy joven, pero quizás puedan ofrecerte la orientación que te faltó al crecer, ya que perdiste a tu querida mamá a una edad tan temprana.
La idea de pasar el tiempo con matronas estiradas del círculo de George, empeñadas en instruirla sobre sus deberes como esposa, arrancó a Sophie un suspiro de impaciencia. George se mostró preocupado al instante.
—¿Te encuentras mal? ¿Deberíamos parar para descansar?
—Gracias, pero estoy perfectamente —respondió Sophie, que no tenía ninguna intención de prolongar el viaje.
Estaba deseando ver su nuevo hogar y calcular exactamente cuántas horas al día tendría para sí misma mientras George atendía su floreciente negocio—.
Háblame de la casa —lo invitó, con la esperanza de distraerlo.
—No es tan señorial como la casa de mi padre, por supuesto, pero seguro que cubrirá nuestras necesidades.
Hay cocina, comedor y salón en la planta baja, y tres dormitorios arriba.
Suficiente para una familia que va creciendo, diría yo.
Si la tienda sigue prosperando, pienso comprar un terreno y construirnos una residencia permanente. ¿Qué te parece, querida?
—Suena maravilloso —respondió Sophie, a quien la perspectiva de ser la señora de su propia casa no le entusiasmaba en absoluto—. Espero que Amelia esté bien.
—Puedes escribirle —sugirió George—. Envío una carta a mi padre todas las semanas. Puedes añadir una misiva para Amelia y me aseguraré de que la reciba. No es ninguna molestia que el chico pare en casa del mayor Dawson.
—Gracias, George. Eres muy amable.
—Sé que echarás de menos a mi hermana. Es vacua y vanidosa, pero puede ser muy divertida cuando quiere. Dudo que la maternidad cambie eso. Amelia le entregará ese niño a una niñera en cuanto dé su primer aliento —dijo George, riendo entre dientes—. Amelia no es dada a los sentimientos maternales.
Sophie reflexionó sobre su comentario. Suponía que George tenía razón.
A Amelia solo le importaban los vestidos nuevos, los zapatos y las chucherías.
La maternidad no le resultaría natural, pero quizás ella era la afortunada.
Si Sophie hubiera carecido de instinto maternal como Amelia, no se sentiría tan desolada por la pérdida de su bebé y disfrutaría de la libertad que había ganado al librarse de aquella carga no deseada.
Agachó la cabeza mientras pensaba en su hijo; el ala del sombrero le ocultaba la expresión.
¿Se suavizarían alguna vez los filos cortantes del dolor que le serraban el corazón sin cesar?
Su hijo tendría cuatro meses y diez días.
Si vivía , añadió su mente con crueldad, recordándole una vez más que no tenía forma de saber si su hijo había sobrevivido.
—Ya casi llegamos —dijo George, y volvió a darle palmaditas en la mano—. Creo que deberías descansar en cuanto lleguemos. Puede que incluso me una a ti —añadió con picardía, con unas intenciones tan claras como el cielo despejado que se veía por la ventanilla del carruaje.
—Eso estaría bien —murmuró Sophie con desdicha.