Capítulo 18
Cuando Sophie despertó, la habitación estaba bañada en luz, y las pesadas nubes del día anterior no eran más que un recuerdo lejano.
Llevaba un camisón limpio y le habían cambiado las sábanas.
Le habían colocado un grueso fajo de trapos entre las piernas para que la sangre no manchara las sábanas limpias, y le habían vendado los pechos con tiras de lino bien apretadas.
La habitación no conservaba rastro alguno de su lucha.
Sophie volvió la cabeza buscando al bebé, pero no había rastro de él. La casa estaba en silencio.
—Agnes —llamó. Y luego, más fuerte—: ¡Agnes!
Oyó los pasos de Agnes en la escalera.
—Ya está despierta, señorita —dijo, mirándola con aprensión mal disimulada.
—¿Dónde está mi bebé?
Agnes apartó la mirada mientras sus dedos jugueteaban nerviosos con el delantal.
—Será mejor que hable con su padre, señorita.
Salió de la habitación antes de que Sophie pudiera hacer más preguntas, y varios minutos después, oyó los pasos pesados de su padre en la escalera. Entró en la habitación, pero no pasó de la puerta, como si necesitara asegurarse una salida rápida.
—¿Te has recuperado del parto? —preguntó Horace, con la mirada puesta más allá de Sophie, en la ventana.
Sophie sentía el cuerpo maltratado y magullado. La leche se filtraba a través del vendaje y le manchaba el camisón, pero no tenía compasión que reservarse para sí misma.
—Padre, ¿dónde está mi bebé? —suplicó al ver la expresión cerrada de su padre.
—El niño nació muerto. La señora Meeks se lo llevó. Ella se encargará de darle un destino apropiado.
—¿Un destino apropiado? —repitió Sophie, sin que el significado de las palabras terminara de calarle. Esa mañana se sentía extrañamente embotada, incapaz de ordenar sus pensamientos por mucho que lo intentara.
—No puede ser enterrado en el cementerio parroquial. La señora Meeks sabe cómo manejar estos asuntos.
—¡No! —gritó Sophie—. ¡No! Por favor, quiero verlo. Necesito tenerlo en brazos.
—La señora Meeks se marchó hace mucho. Has dormido casi catorce horas.
—¿Qué? —El parto la había dejado agotada, pero nunca en su vida había dormido tanto ni tan profundamente—. No —negó con la cabeza—. Me dio algo para dormirme. Oí llorar al bebé —exclamó—. Lo oí.
—Solo lo imaginaste. Estabas agotada, no eras tú misma.
—Lo oí —gritó Sophie—. Estoy segura.
—Sophie, lo siento, pero tu hijo se ha ido, y es lo mejor. Para todos. Debes mirar hacia el futuro.
—No —volvió a gritar Sophie, pero con menos convicción.
¿Lo había soñado todo? ¿Había estado tan agotada por el parto que había imaginado oír llorar a su bebé?
—. ¿Qué era? —preguntó con la voz quebrada, mientras el dolor de la pérdida empezaba por fin a abrirse paso en su mente confusa—. ¿Era un niño? —susurró.
—Sí.
—Necesito saber dónde está enterrado —suplicó Sophie—. Por favor, tengo que ir a su tumba.
—No, no debes —exclamó Horace, con las mejillas enrojecidas de ira—. Olvidarás al niño y a su desdichado padre. Cuanto antes aceptes que ambos se han ido, más feliz serás.
—¿Feliz? ¿Eso es lo que esperas que sea? —exigió, sorprendida de que su padre fuera tan insensible como para esperar que olvidara sin más a Teddy y a su hijo. ¿Tan fácil le había resultado aceptar la muerte de su esposa? Sophie lo fulminó con la mirada. ¿Es que no tenía corazón?
El rostro de Horace Brewster se crispó de irritación.
—Puedes pasarte la vida llorando y lamentándote, pero no te servirá de nada. Ted se ha ido. Espero sinceramente que descanse en el fondo del mar, y tu hijo está perdido para siempre. Por suerte, hay esperanza de un nuevo comienzo.
—¿Qué esperanza podría haber? —preguntó Sophie. Estaba agotada y solo deseaba que su padre la dejara llorar en paz.
—George Holland quedó muy impresionado contigo cuando te conoció en la fiesta del jardín. Me ha escrito para preguntar si podría visitarte cuando venga a Boston en primavera. He dado mi consentimiento.
—No tengo ningún interés en George Holland —protestó Sophie.
—Por suerte para ti, tienes dos meses para que te interese. Es un buen hombre con buenas perspectivas y un negocio próspero en Cambridge, que algún día será suyo, al igual que el resto de la propiedad de los Holland.
—¿Me casarías con George Holland sin pensártelo dos veces? —preguntó Sophie, sorprendida de que su padre, que había proclamado su amor por ella, pareciera no desear otra cosa que deshacerse de ella.
—Dados los acontecimientos recientes, me queda claro que tu única salvación está en un matrimonio respetable.
—Teddy se habría casado conmigo si hubiera regresado a tiempo —protestó Sophie con voz débil—. Lo amo.
—El amor no es excusa para rebajarte, Sophie. Si Ted Mercer hubiera tenido intenciones honorables contigo, habría venido a pedirme tu mano, como debe hacer un hombre respetable, en lugar de revolcarse contigo en algún rincón oscuro como si fueras una ramera de mala muerte.
—¿Y nos habrías dado permiso para casarnos si lo hubiera hecho? —exigió Sophie.
—No lo habría hecho, y por una buena razón. Quería algo mejor para ti, un hombre de honor que cuidara de ti y te guiara.
—¿Y George Holland es ese hombre? —preguntó Sophie con sarcasmo.
—George Holland no me ha dado ninguna razón para creer lo contrario. Se ha comportado con la máxima corrección y ha consultado a su padre antes de dirigirse a mí directamente, lo cual habla muy bien tanto de su carácter como de sus intenciones. Lo recibirás cuando venga a visitarte, y serás amable.
—¿Y si me niego?
—No lo harás —respondió Horace con frialdad—. No si deseas seguir viviendo en esta casa y seguir siendo mi hija.
—Padre, por favor —suplicó Sophie—. Sin duda merezco opinar sobre mi futuro.
—Siempre he confiado en tu juicio y te he dado libertad, pero has perdido mi buena opinión.
De ahora en adelante, no saldrás de casa sin Agnes, y si descubro que has hecho algo para comprometer aún más tu reputación, quedarás confinada en tu habitación hasta que pueda concertarse un matrimonio.
Quizá pienses que esto es duro, pero no me has dejado otra opción.
Ahora, te deseo una pronta recuperación y espero que sigas mi consejo y centres tu atención en el futuro. Buenos días.
Dicho esto, Horace giró sobre sus talones y salió de la habitación, cerrando la puerta de un portazo airado.
Sophie apartó el rostro de la luz brillante que entraba por la ventana; solo anhelaba oscuridad.
Nunca antes había deseado la muerte, pero en ese momento sentía como si se hubiera abierto un gran abismo ante ella, con sus fauces sin fondo llamándola con su promesa de olvido.
Perder a Teddy le había devuelto el dolor agudo del duelo, pero la pérdida de su bebé la empujaba mucho más cerca del borde de la razón.
¿Cómo iba a seguir adelante, a vivir día a día, cumpliendo tareas sin sentido y atendiendo las necesidades de su cuerpo físico cuando tenía el corazón destrozado sin remedio?
Nunca había visto el rostro de su hijo ni lo había sostenido en brazos.
Se le había negado la oportunidad de despedirse.
Un momento antes, el bebé había estado vivo, retorciéndose dentro de ella como un pez en el anzuelo, y ahora había desaparecido, su diminuto cuerpo convertido en poco más que basura que desechar.
¿Cómo podía Dios permitir que un niño inocente fuera enterrado en un agujero sin nombre porque sus padres no estaban legalmente casados?
A su bebé se le negaría la salvación, su alma huérfana condenada a flotar por la eternidad en una niebla oscura sin esperanza de redención.
Sophie se metió el puño en la boca para ahogar sus gritos.
No quería que su padre oyera su sufrimiento, ni deseaba la compasión de Agnes.
Solo quería llorar en paz, que le dieran tiempo para aceptar su pérdida.
¿Cómo podía pensar en casarse cuando no tenía nada que dar, cuando no le quedaba amor para nadie salvo para aquellos que había perdido?
¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a vivir sin ellos?
Anhelaba el olvido del sueño, pero la puerta se abrió y entró Agnes, con los ojos llenos de compasión.
—¿Se encuentra bien, señorita?
Sophie no se molestó en responder. Estaba viva, pero lejos de encontrarse bien.
Agnes avanzó un paso, sin amilanarse por la falta de respuesta de Sophie.
—La señora Meeks dejó instrucciones para usted.
—¿Sobre cómo encontrar a mi bebé? —Sophie se incorporó mientras la esperanza le brotaba en el pecho. A esas alturas, incluso una tumba que visitar sería mejor que el agujero negro de vacío e incertidumbre que le había dejado la muerte de su hijo.
—No, sobre cómo evitar la subida de la leche —respondió Agnes en tono de disculpa—.
Dijo que el flujo debería disminuir en unos días si se mantiene los pechos bien vendados.
Y habrá sangrado, al menos durante una semana.
Use los trapos, como hace cuando tiene la regla.
Debería estar como nueva en una quincena, más o menos.
—Agnes, ¿viste a mi bebé? —suplicó Sophie—. ¿Estaba vivo al nacer?
—No sé nada, señorita. No me permitieron entrar en la habitación.
—¿Dónde estabas, entonces? —exigió Sophie.
—Estaba en la cocina, ocupándome de mis asuntos, como me ordenaron.
—¿Oíste llorar a mi bebé? —preguntó Sophie, clavando la mirada en Agnes. La cocina estaba justo debajo de la habitación de Sophie. Seguro que habría oído algo—. Por favor, Agnes.
Agnes negó con la cabeza, pero no antes de que Sophie advirtiera la mirada furtiva en sus ojos.
Sophie rebuscó en la mesita de noche y sacó una moneda.
La sostuvo en alto para que la luz del sol se reflejara en la superficie plateada.
Agnes tendría que trabajar casi seis meses para ganar el soborno que Sophie le ofrecía.
—¿Oíste llorar a mi bebé? —preguntó lentamente, pronunciando cada palabra.
Agnes asintió, pero no quiso mirar a Sophie a los ojos.
—¿Estás segura? —exigió Sophie.
Toda la resistencia pareció abandonar a Agnes, que dejó escapar el aliento con un suspiro .
—Estaba vivo cuando la señora Meeks se marchó. Le vi la cara. La tenía arrugada de disgusto, con la boquita abriéndose y cerrándose como si buscara un pezón. No podía creer que se llevara a un recién nacido en medio de una tormenta furiosa, pero lo tenía bien envuelto y protegido contra el frío.
—¿Adónde se lo llevó?
—No lo sé. De verdad que no lo sé —respondió Agnes con el rostro angustiado.
—¿Mi padre le dio dinero? —preguntó Sophie.
Sentía una opresión aplastante en el pecho, no por el vendaje que le impedía respirar hondo, sino por la sensación de traición que se filtraba en su alma.
Su padre debía de haber orquestado todo aquello para asegurarse de que le quitaran a su hijo antes de que despertara.
Agnes parecía a punto de echarse a llorar. Se sentía leal a Sophie, pero era Horace Brewster quien le pagaba el salario y la despediría sin pensárselo dos veces si traicionaba su confianza. Finalmente asintió, incapaz de mentir ante el dolor de Sophie.
—Le dio una bolsa bien llena y le dijo que se asegurara de que el niño estuviera bien atendido.
Sophie le tendió la moneda, pero Agnes negó con la cabeza.
—No quiero su dinero, señorita. Solo lamento no haber podido hacer nada por ayudarla.
—Me has ayudado diciéndome la verdad.
—Déjelo ir, señorita —dijo Agnes mientras estrujaba el delantal con sus manos enrojecidas por el trabajo—.
Es como dijo el amo: es lo mejor. Ahora, ¿hay algo que pueda traerle?
¿Un poco de caldo? ¿O quizá té y pan con mantequilla?
—preguntó, atendiéndola como si estuviera enferma y no recuperándose del parto.
Sophie negó con la cabeza; solo deseaba que Agnes se marchara de una vez.
No habría esperado que impidiera a la señora Meeks llevarse a su bebé ni que pusiera en riesgo su sustento desafiando a su empleador, pero Sophie no se sentía bien dispuesta hacia Agnes en ese momento y solo quería quedarse a solas con sus propios pensamientos.
Su introspección se acercaba a una conclusión inevitable que la dejaba sintiéndose aún más profundamente herida que con la desaparición de Teddy.
Su padre había traído a una comadrona que nadie conocía, que había drogado a Sophie en las etapas finales del parto, se había llevado a su hijo y había desaparecido.
La señora Meeks había parecido lo bastante respetable, pero eso no significaba que fuera a cuidar del niño o a colocarlo con alguien que le diera un hogar amoroso.
Podría haberlo asfixiado o ahogado nada más salir de Boston y haberse quedado con el dinero que Horace Brewster le había dado para la manutención del niño.
Quizá su padre le había pagado precisamente para eso, para deshacerse de cualquier prueba de la vergüenza de su hija.
La agonía del parto de pronto le parecía insignificante comparada con el dolor visceral que su propio padre le había infligido.
Sophie podía entender sus razones, pero jamás le perdonaría la crueldad con que la había separado de su hijo recién nacido.
Teddy se había ido. Le habían arrebatado a su bebé, y su única opción era entregarse a un completo desconocido que sería su señor y amo el resto de sus días.
O eso, o abandonar la casa de su padre en cuanto pudiera e intentar valerse por sí misma.
No se hacía ilusiones; no llegaría muy lejos.
No sabía hacer nada que le permitiera emplearse como criada, y los únicos lugares que la aceptarían serían tabernas o granjas en busca de mano de obra barata.
Ninguna de las dos opciones le atraía, y se negaba a considerar la tercera, una que engullía a mujeres jóvenes y las escupía convertidas en despojos enfermos y destrozados que rara vez llegaban a la mediana edad.
Tenía dieciocho años. No estaba preparada para condenarse a semejante vida.
A decir verdad, le aterraba una vida a la deriva en un mar de penurias y soledad, sin un puerto en el que refugiarse.
Con Teddy desaparecido, su padre era la única familia que le quedaba, y por muy furiosa que estuviera con él, no se veía capaz de romper con él para siempre.