La casa en la colina Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Un sollozo tembloroso escapó de la boca de Sophie.

Parecía brotar directamente de su pecho, de lo más hondo de su corazón.

No quería creer a la señora Mercer. Algo terrible debía de haberle ocurrido a Teddy.

Tenía que estar malherido, o muerto, pero jamás los habría abandonado a todos sin más.

Teddy no haría eso. Quizá su madre había preferido creer que Teddy había huido porque era más fácil que pensar que podría estar muerto, que nunca sabría qué le había pasado ni tendría siquiera un cuerpo que enterrar.

Pero el Teddy que describía la señora Mercer era muy distinto del muchacho encantador del que Sophie se había enamorado.

La señora Mercer quería a Teddy más que a ninguno de sus hijos.

Era su primogénito, su niño. Una madre conoce a su hijo mejor que su novia, y había insinuado que las promesas de Teddy no debían tomarse en serio.

¿Era posible que Sophie no hubiera sido más que otra conquista fácil en una serie de aventuras sórdidas?

Ahora que lo pensaba, Teddy no la había tocado como lo habría hecho un joven inexperto.

Sabía muy bien lo que hacía y conocía a fondo la anatomía femenina.

Había estado con otras mujeres antes que con ella, comprendió Sophie mientras agachaba la cabeza para ocultar las lágrimas.

No había sido la primera, como había creído ingenuamente.

¿Con cuántas otras habría estado Teddy mientras navegaba, haciendo escala en distintos puertos y quizá acompañando a los demás marineros cuando bajaban a tierra a visitar los burdeles del muelle?

Al fin y al cabo, no tenía una esposa esperándolo en casa, y aunque la hubiera tenido, ¿habría cambiado algo?

¿Cuántas otras podrían haber quedado embarazadas de él?

¿Lo sabía? ¿Le importaba? ¿Alguna vez había tenido intención de casarse con ella, o solo se estaba divirtiendo mientras estaba en casa?

Su corazón se aferraba obstinadamente a la fe que tenía en él, pero su mente era más racional y ya buscaba pruebas tangibles de las intenciones de Teddy.

La señora Mercer no tenía motivos para mentir.

Parecía demasiado cansada y derrotada para molestarse en inventar historias.

Tenía problemas más graves que el vientre hinchado de Sophie.

Aún le quedaban dos hijas que vestir y alimentar, y difícilmente podría hacerlo lavando ropa ajena o trabajando de asistenta.

Sophie se levantó y salió tambaleándose de la cocina, que estaba demasiado caldeada.

La señora Mercer no dijo nada, simplemente volvió a su olla, como si Sophie no hubiera sido más que un espejismo.

Sophie miró a Lydia al pasar junto a ella camino de la puerta.

Janet solo tenía doce años, pero Lydia tenía quince, edad suficiente para algunos hombres que pagarían generosamente por su inocencia.

Sophie esperaba que nunca llegara a eso, pero el apartamento lúgubre y la actitud pragmática de la señora Mercer delataban una desesperación callada que podía llevar a toda clase de pecados.

Sophie caminó despacio hasta casa, pero no subió. Entró por la tienda y pasó a la trastienda, donde su padre estaba ocupado componiendo tipos para un nuevo encargo. Él levantó la vista sorprendido; no le pasaron desapercibidos el rostro húmedo ni los rizos lacios de su hija.

—Sophie, ¿qué demonios te pasa? Tienes un aspecto espantoso. ¿Estás enferma? —preguntó Horace mientras se limpiaba las manos con un trapo y se acercaba a ella.

Sophie asintió con gesto abatido. Sí que se sentía enferma, pero esta no era la clase de dolencia que pasaría o la mataría.

Era el tipo de enfermedad que le roería el corazón hasta que no quedara nada y ella no fuera más que un cascarón vacío de lo que había sido.

Lo que estaba a punto de hacer era el primer paso hacia un futuro incierto, pero ya no tenía elección; estaba demasiado avanzada para esperar que el tiempo trajera una solución.

—Padre, estoy embarazada —soltó, rezando para que su padre no la echara a la calle en ese mismo instante.

Horace palideció y se llevó la mano manchada de tinta a la boca.

—Santo cielo. ¿Quién es el padre? —exigió—. ¿Quién te ha hecho esto?

Le bastó mirarla a la cara para que la angustia de sus ojos se convirtiera en furia.

—Ted Mercer, ¿verdad? Te dije que te mantuvieras alejada de ese canalla. ¿Y ahora qué? Se niega a casarse contigo, supongo. No me sorprende. Seguro que tiene una furcia descerebrada como tú en cada puerto.

Sophie se encogió ante sus palabras, pero él estaba furioso y decepcionado, así que optó por ignorar la cruel puya.

—Teddy dejó el barco en Jamaica y nunca volvió. Se ha ido.

—¿Por qué no me sorprende? —exclamó Horace—. Nunca confié en ese hijo de puta.

Sophie contuvo el aliento. Nunca había oído a su padre usar semejante lenguaje, pero claro, nunca lo había puesto en semejante situación.

Estaba furioso, sin rastro de compasión en su rostro habitualmente amable.

Tenía los ojos entrecerrados y los labios apretados en una línea fina mientras le clavaba la mirada en el vientre.

—¿Cuánto tiempo?

—Cerca de cinco meses. ¿Qué será de mí, padre? —preguntó Sophie con voz trémula—. ¿De nosotros? —Se llevó la mano al vientre y lo acarició con ternura.

—Permanecerás en esta casa hasta que nazca la criatura.

No saldrás ni hablarás con nadie. Haré jurar silencio a Agnes, y mantendrá la boca cerrada si quiere conservar su puesto o conseguir buenas referencias en el futuro.

Contrataré a una comadrona que no sea de por aquí.

Después, le diremos a la gente que has estado enferma.

—¿Y qué pasará con mi hijo? —exclamó Sophie.

—Necesito tiempo para pensar. Déjame. No soporto mirarte, Sophie.

Da gracias a Dios de que tu madre ya descanse en su tumba, porque esto la habría matado otra vez.

Pensar que una hija mía se haya acostado con un canalla como Ted Mercer, como una vulgar ramera, y haya traído la vergüenza a mi casa...

Jamás imaginé semejante futuro para ti. ¡Fuera de aquí!

—gritó, con los ojos encendidos de ira—. No quiero verte.

Sophie salió de la tienda dando tumbos y se refugió en su habitación, donde lloró hasta que la luz del día se apagó y la noche la envolvió en su oscuridad.

Se secó los ojos y se incorporó, incapaz de soportar su pena por más tiempo.

Siempre intentaba encontrar algo bueno en cualquier situación, y esta vez no sería distinto.

Su padre estaba furioso, y con razón, pero cuidaría de ella.

No la repudiaría, no si ya estaba haciendo planes para el nacimiento de la criatura.

Quizá se mudarían después de que naciera el bebé.

Podría hacerse pasar por viuda y criar a su hijo con cierta dignidad.

Se le escapó una risa amarga. Dignidad. Ya no le quedaba dignidad alguna.

La había echado a perder en el momento en que permitió a Teddy deslizarle las manos bajo las faldas.

Había creído que lo que compartían era amor, pero para su padre y Anne Mercer no había sido más que el sucio y pecaminoso ayuntamiento de dos personas sin moral ni respeto por Dios ni por las normas de la sociedad.

Sophie suspiró abatida. Por ser hombre, Teddy siempre sería libre de seguir adelante, de vivir la vida a su manera, pero ella, por ser mujer, se quedaba para nutrir su simiente, engordando con la criatura hasta que no pudiera ocultar su vergüenza, para luego traer a su hijo al mundo sabiendo que quedaría marcado para siempre por la ilegitimidad.

Volvieron a brotar las lágrimas, y Sophie hundió el rostro en la almohada húmeda, deseando poder retroceder en el tiempo y evitar la catástrofe que se había abatido sobre ella.

Su padre no tenía por qué molestarse en encerrarla en su habitación: jamás querría salir de allí.