La casa en la colina Capítulo 10
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Capítulo 10

Lauren

Cuando Lauren despertó, la luz de media mañana entraba a raudales por la ventana, bañando la habitación con un cálido resplandor anaranjado.

Cogió el móvil y miró la hora. Pasaban de las diez, todo un lujo, ya que últimamente rara vez dormía después de las seis.

Debía de haber caído en un sueño profundo tras la aparición que había tenido en las primeras horas de la mañana.

Había vuelto a ver a la mujer sentada al escritorio, acariciándose distraídamente el collar mientras miraba por la ventana, con los útiles de escritura y una hoja de papel en blanco delante.

Su expresión era de una tristeza desgarradora, con marcas plateadas surcándole las pálidas mejillas donde las lágrimas se habían secado.

Había permanecido perfectamente inmóvil, perdida en sus pensamientos, hasta que su silueta se disolvió en la luz trémula del amanecer.

Lauren dirigió la mirada hacia el escritorio, casi esperando ver a la extraña mujer todavía sentada allí, pero solo vio su portátil, exactamente donde lo había dejado el día anterior.

No había rastro del tintero ni del papel de carta, ni de su inesperada visitante.

¿Había visto algo de verdad o le había jugado una mala pasada la imaginación?

Había soportado una tensión terrible en los últimos meses, pero no quería pensar en lo que la había obligado a huir de Boston y la había llevado a Holland House.

Lauren se rio cuando Billy le dio un empujón en el costado y la miró fijamente con sus ojos marrones llenos de reproche.

—Vale, vale, ya me levanto —dijo.

Billy había vuelto a ser el de siempre, lleno de energía. Tenía hambre y estaba deseando salir a pasear.

Lauren se vistió a toda prisa, llevó a Billy a la cocina, le llenó los cuencos y se preparó un café y un bagel tostado con queso crema.

En Boston siempre tomaba un desayuno energético: cereales integrales con almendras laminadas para la proteína extra, o yogur griego con frutos rojos.

Pero desde que había llegado a Orleans no le apetecía ninguna de las dos cosas y estaba disfrutando de su capricho de carbohidratos.

Cuando terminó de desayunar, se puso un forro polar y enganchó la correa al collar de Billy.

Ya había aprendido la lección de dejarlo suelto.

Todavía no había explorado los alrededores y le apetecía mucho dar un largo paseo por el bosquecillo que rodeaba la casa.

Lauren salió por la puerta principal, preguntándose si de verdad hacía falta cerrar con llave.

Holland House era como el castillo de la Bella Durmiente, oculta entre árboles frondosos y envuelta en un silencio somnoliento.

Incapaz de abandonar los hábitos de toda una vida, Lauren cerró con llave y echó a andar por un sendero estrecho que se adentraba en el bosque.

Flechas de luz se filtraban entre las ramas recién reverdecidas, salpicando de destellos la alfombra de hojas del año anterior.

El aire era fresco, lleno de trinos de pájaros.

Lauren sujetó con fuerza la correa mientras Billy tiraba de ella, ansioso por explorar el nuevo entorno y olfatear todo lo que le llamara la atención.

Lauren esperaba no encontrarse con demasiadas ardillas, o el paseo se convertiría en una prueba de resistencia para ella.

Por suerte, Billy estaba tan absorto en todas las novedades que no se le ocurrió perseguir ardillas, así que Lauren paseó tranquilamente mientras repasaba mentalmente lo ocurrido la noche anterior.

Ahora que había tenido tiempo de serenarse, se sentía tonta por cómo había reaccionado ante la pregunta, perfectamente inocente, de Ryan.

Debía de pensar que era un desastre emocional, después de salir corriendo de aquella manera.

Ojalá hubiera sabido marcharse con más elegancia, pero ya no podía hacer nada al respecto, salvo quizá disculparse.

Lo llamaría más tarde, después de comer.

De momento, tiró de Billy hacia el borde escarpado de la colina y contempló las olas bañadas por el sol y las islas que salpicaban la bahía.

Se preguntó cuál de ellas sería Hog Island.

A su hermano le encantaría la historia del Capitán Kidd.

Xavier trabajaba en informática, pero su sueño habría sido ser cazador de tesoros.

Solía decir que el fondo del océano estaba plagado de tesoros incalculables, cargamentos de barcos hundidos hacía siglos que solo esperaban ser descubiertos.

Le mandaba por email cada noticia que mencionara algún gran hallazgo, lamentando no haber sido él quien buceara en busca de oro español o jade chino.

Lauren negó con la cabeza, maravillada. Los hombres solo fingían madurar; en el fondo seguían siendo niños que anhelaban aventuras y emociones.

Por eso Zack se había alistado en el ejército nada más terminar el instituto; él mismo se lo había contado.

Quería ver el mundo, luchar por la democracia y convertirse en el héroe de alguien.

No había nada heroico en morir a los treinta y dos años. Para ella, era un desperdicio terrible.

Dio un tirón brusco a la correa de Billy, descargando en el perro la rabia que sentía hacia Zack.

Zack había tomado una decisión que le costó la vida y, de paso, el futuro de ambos.

La había dejado sola, no solo para lidiar con el dolor, sino para encontrar la manera de seguir adelante, de empezar de nuevo cuando creía que su vida ya estaba trazada.

En lugar de intentar quedarse embarazada, había estado huyendo de su dolor y malgastando los días escribiendo unas memorias insípidas en vez de dedicarse a su propia carrera.

Pues bien, había llegado el momento de sacudirse la tristeza y tomar sus propias decisiones, se dijo Lauren mientras volvía hacia la casa.

Y empezaría por investigar la historia de Holland House.

Como escritora, tenía olfato para las buenas historias, y a juzgar por lo que había visto en la penumbra del amanecer, estaba segura de que tenía una historia fascinante delante de sus narices, una historia que pedía a gritos ser contada.