Capítulo 9
Sophie pasó el día siguiente a la partida del Sea Falcon saltando de una tarea a otra, apática y melancólica.
No lograba concentrarse en nada y acababa siempre en el muelle, contemplando con tristeza el embarcadero donde el Sea Falcon había estado atracado apenas el día anterior.
Otro barco ocupaba ahora el lugar, un buque de guerra británico, y los muelles bullían de actividad.
Un joven oficial le pidió cortésmente que se apartara, por su propia seguridad.
Sophie se disculpó y se alejó con los ojos empañados de lágrimas contenidas.
Echaba tanto de menos a Teddy que le dolía, y no podía evitar preguntarse si él la añoraba con la misma desesperación o si andaba demasiado ocupado con sus obligaciones para acordarse de ella.
Esa noche, su padre la acompañó a tomar una copa de jerez antes de cenar. Tenía los dedos manchados de tinta, pero se había bañado y puesto una camisa limpia. Horace Brewster se dejó caer en un sillón, cogió su pipa y la chupó con avidez unos segundos antes de exhalar una bocanada de humo azulado.
—¿Has terminado con el pedido de impresión, padre? —preguntó Sophie, agradecida en silencio por la tregua que había disfrutado mientras Teddy estaba en casa.
—El joven caballero recogió hoy los volúmenes y espera una segunda tirada.
—Son buenas noticias, ¿no?
Horace resopló.
—No voy a rechazar un encargo rentable, no como están las cosas, pero debo admitir que no me importaría perderlo de vista.
—¿Por qué? —preguntó Sophie. Su padre rara vez expresaba una opinión personal sobre los clientes; los trataba a todos con cortesía y respeto, pero no podía evitar juzgar el contenido que le pagaban por imprimir.
—Sus poemas eran...
A Sophie le hizo gracia ver a su padre sonrojarse y lo miró con fingida inocencia mientras él buscaba la palabra adecuada para describir las obras del joven.
—Atrevidos, supongo que los llamarías —concluyó Horace sin mucha convicción.
—Lo que significa que se agotarán enseguida y tendrás que imprimir más —bromeó Sophie.
—Probablemente tengas razón. Hay apetito por ese tipo de cosas, y la literatura escandalosa desde luego se vende mejor que los tratados religiosos o los panfletos políticos.
A Sophie le picaba la curiosidad por leer esos poemas, pero sabía que su padre jamás lo permitiría, así que ni se molestó en preguntar.
—El Sea Falcon ha zarpado —comentó Horace como de pasada, con la mirada fija en Sophie por encima de la cazoleta de la pipa.
—Sí —respondió Sophie.
—Bien. Sé que el chico Mercer vino a verte más de una vez, Sophie —dijo, y frunció el ceño con desaprobación sin apartar los ojos de ella.
«Agnes debe de habernos delatado» , pensó Sophie con rabia. Agnes era su amiga, pero era Horace Brewster quien le pagaba el salario, y sabía bien a quién debía lealtad.
—Es mi amigo. Siempre lo ha sido.
Horace negó con la cabeza con gesto de paciente exasperación.
—Sophie, Teddy era un buen muchacho de pequeño, pero la vida cambia a las personas. A él lo ha cambiado.
—¿En qué sentido? —preguntó Sophie, sorprendida por lo que decía su padre. Él nunca hablaba mucho de la familia Mercer, y aunque no ocultaba que desaprobaba su amistad con Teddy, nunca lo había criticado abiertamente.
—La muerte de su padre lo cambió todo para él.
—Eso no fue culpa de Teddy —espetó Sophie, saliendo en su defensa.
—Tienes razón, no fue culpa suya, pero ha tenido que madurar deprisa, y su padre dejó huella en él.
—No entiendo qué quieres decir, padre.
Horace dio una calada a la pipa mientras observaba pensativo a su hija. Pareció decidirse y dejó la pipa a un lado.
—Sophie, Robin Mercer no era un buen hombre, y murió por sus pecados.
—Lo apuñalaron cuando intentaba detener una pelea —replicó Sophie.
—No sé qué bonita historia te habrá contado Teddy, pero su padre inició esa pelea.
Sacó un cuchillo contra los funcionarios de aduanas que exigieron ver su bodega.
Robin Mercer llevaba casi veinte años pasando brandy francés y otras mercancías de contrabando.
Al final sus delitos lo alcanzaron y pagó por ellos con la vida.
De todos modos habría acabado igual si lo hubieran detenido.
Sophie se quedó boquiabierta. Eso no podía ser cierto. Teddy había dicho que su padre salvó la vida de alguien esa noche.
—No —dijo Sophie, y negó con la cabeza—. No me lo creo.
—Sophie, la señora Mercer tuvo que vender todo lo que tenían para pagar la multa de aduanas.
Era eso o que la arrestaran a ella en lugar de a su marido.
Siempre había sabido lo que él hacía; es más, lo ayudaba.
Salió bien parada, en mi opinión. Los funcionarios de aduanas le tuvieron lástima, ya que tenía seis hijos pequeños que criar, y una multa cuantiosa siempre resulta más útil que un ahorcado.
Así que vendió la taberna con todo lo que había dentro, lo que quedaba después de que confiscaran la mercancía ilegal, claro.
Apenas ha logrado sobrevivir estos últimos años.
—Teddy hace todo lo que puede por mantener a su familia —protestó Sophie, acalorada.
—Teddy es hijo de su padre, querida. Ha mantenido a su familia, sí, pero no solo con su magro salario. Ese muchacho está metido hasta el cuello.
—¡No! —exclamó Sophie—. Teddy es un hombre honrado y trabajador. Vamos a casarnos.
Se quedó helada al darse cuenta de lo que acababa de admitir, pero su padre no parecía demasiado sorprendido.
—Nunca te casarás con Ted Mercer, hija mía.
Sé que te importa, pero no tiene nada que ofrecerte, y si no me equivoco con él, acabará siguiendo los pasos de su padre cualquier día de estos.
Será la horca si lo pillan con las manos en la masa.
Quiero tu palabra de que no lo verás cuando vuelva, o tendré que encerrarte en tu cuarto mientras esté aquí.
Horace Brewster observó a su hija con mirada compasiva. —Sophie, eres joven e ingenua. No conoces la cara oscura de la vida. He intentado ahorrarte eso. Le deseo lo mejor a Teddy, de verdad, pero no lo quiero en esta casa ni cerca de mi hija. Te casarás con quien yo te diga, y me lo agradecerás.
«No, no lo haré» , pensó Sophie con rebeldía, pero bajó la cabeza, como si estuviera de acuerdo. Teddy volvería en unos meses. Solo tenía que aguantar hasta entonces.