La casa en la colina Capítulo 8
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Capítulo 8

Teddy cumplió su palabra y se vieron casi todos los días: paseaban por los muelles, comían empanadas de carne que Teddy compraba en un puesto junto al embarcadero y recorrían los campos que rodeaban Boston.

Nunca volvieron al Sea Falcon por miedo a que los descubrieran, pero encontraron formas ingeniosas de robar unos minutos de intimidad.

El último día, Teddy pidió prestada la calesa de un amigo y la llevó a pasear por el campo, desesperado por pasar sus últimas horas a solas con ella.

El cielo tenía el mismo color que sus ojos, y el aire primaveral rebosaba de trinos cuando Teddy por fin le hizo el amor bajo un dosel de hojas tiernas en un bosque a las afueras de Boston.

Sophie gritó cuando Teddy le arrebató la virginidad e intentó apartarse de él; su cuerpo se rebelaba contra la intrusión.

Pero una vez que el dolor remitió, la incomodidad se transformó en placer, y se maravilló de cómo Teddy la colmaba, abriéndose ella para acoger su deseo, sus cuerpos encajando como si siempre hubieran estado destinados a fundirse en uno solo.

Nunca se había sentido tan unida a otro ser humano como aquel día, pero esa nueva intimidad hizo mucho más difícil la despedida cuando Teddy la acompañó a casa aquella tarde, tras devolver la calesa.

—No quiero que te vayas —dijo Sophie, llorosa pese a sus esfuerzos por contener las lágrimas.

—Volveré antes de que te des cuenta. Cuídate e intenta disfrutar del verano.

Pasa más tiempo al aire libre. Estás tan pálida, tan delgada —dijo, acariciándole la mejilla húmeda—.

Quiero verte rolliza como una perdiz cuando vuelva —bromeó, y la hizo sonreír—.

Te quiero —susurró, con la mirada cálida fija en la de ella.

—Y yo a ti —susurró ella. Ahora lloraba sin disimulo, consciente de que tendría que soportar meses de honda soledad antes de que él volviera.

—Cuando nos casemos, dejaré de navegar —prometió Teddy—. Me convertiré en un comerciante respetable, y nos buscaremos una casita encantadora para hacer de ella nuestro hogar.

—Y tendremos muchos hijos —dijo Sophie con aire soñador.

—Bueno, quizá no muchos, pero dos o tres estaría bien —respondió Teddy, rozándole los labios con ternura.

—Teddy, ¿cuándo podremos casarnos? —preguntó Sophie, con la esperanza de que su respuesta hubiera cambiado ahora que habían yacido juntos.

—En cuanto pueda permitírmelo, Poppet. Lo haré realidad, tienes mi palabra. Dame un año. ¿Podrás esperar? —preguntó en tono persuasivo, alzándole el rostro con un dedo mientras le sonreía a los ojos.

Sophie asintió con desdicha. Un año no era mucho tiempo, pero se le antojaba una eternidad estando apenas al principio.

—Hablaré con mi madre antes de irme y le comunicaré nuestra intención de casarnos. Le explicaré que debe encontrar la manera de valerse por sí misma y por las niñas, ahora que ya tienen edad para ganarse un jornal. Seguiré ayudando, por supuesto, pero debo ocuparme de mi propia vida.

—No le hará ninguna gracia —respondió Sophie.

—Ni a tu padre cuando se entere de nuestros planes, pero su desaprobación no podrá separarnos, y estoy convencido de que acabarán aceptándolo. Ahora, dame un beso como Dios manda y déjame marchar como un hombre feliz.

Sophie lo besó con ardor, rodeándole el cuello con los brazos mientras él la estrechaba. Cuando se separaron, Teddy le tomó la mano y se la besó con formalidad, y después se marchó, arrancado de su lado una vez más.