Capítulo 6
El corazón de Sophie latía emocionado mientras se vestía para su cita con Teddy.
No podía esmerarse demasiado por temor a que su padre lo notara y empezara a sospechar, pero sí se rizó el cabello alrededor del rostro con tenacillas calientes y se aplicó un poquito de colorete en las mejillas.
Estaba tan pálida como la leche cortada tras los meses de invierno y no quería que Teddy la encontrara con aspecto cetrino.
Mantenía el colorete bien escondido entre sus camisas y medias, ya que su padre se enfadaría si alguna vez lo descubría y lo tiraría a la basura.
Era irremediablemente anticuado y no creía que una jovencita debiera recurrir a artificios de embellecimiento, como esas mujeres de las que prefería no hablar en su presencia.
Sophie examinó el resultado en su espejo de mano y luego se puso su vestido favorito.
El tono rosa empolvado y los adornos de encaje color crema resaltaban su cabello oscuro y sus ojos grises, y avivaban su tez.
—¿Cómo me veo? —le preguntó Sophie a Agnes cuando estuvo lista para salir.
—Como un melocotón —respondió Agnes con una sonrisa—. No olvides comprar agujas nuevas —le recordó. Agnes había roto una aguja y perdido otra, así que solo les quedaban dos, guardadas a buen recaudo en el costurero de Sophie.
—No lo olvidaré —prometió Sophie. Se puso la capa y se colocó con cuidado el sombrero de paja sobre la cofia para no estropear los rizos que enmarcaban artísticamente su rostro.
—Venga, vete ya —dijo Agnes mientras la acompañaba a la puerta—. Asegúrate de volver para la hora de la comida. No le mentiré al amo si me pregunta dónde estás.
—No te preocupes, volveré a tiempo.
Sophie salió por las escaleras traseras y caminó por Belcher's Lane, luego giró a la izquierda y continuó hacia Oliver Street, donde ella y Teddy solían encontrarse.
Había varias tiendas que frecuentaba a lo largo de la calle, así que si se topaba con algún conocido, podría justificar fácilmente su presencia.
Era un día espléndido y disfrutó de la brisa fresca que le acariciaba el rostro mientras paseaba.
Deseaba poder quitarse el sombrero y alzar el rostro hacia el sol, pero resistió el impulso y apretó el paso.
No podía permitirse perder el tiempo si quería estar de vuelta al mediodía.
Aminoró el paso y se detuvo frente a la Librerería Holland para mirar a su alrededor.
Varias personas caminaban por la calle y pasó un carruaje de carrocería azul tirado por dos castaños a juego, unas bestias hermosas, pero de Teddy ni rastro.
Sophie fingió examinar con gran interés los libros del escaparate y luego se dirigió a la mercería.
Compró tres agujas de acero y varias madejas de hilo, y volvió a salir a la calle con la mirada escudriñando ansiosa a los transeúntes.
Echó a andar y agachó la cabeza con abatimiento.
¿Se habría olvidado Teddy de acudir a la cita?
Quizás aún estuviera en la cama, agotado tras varios meses de madrugar y largas jornadas de duro trabajo.
De repente, una mano fuerte tiró de Sophie hacia un callejón oscuro y la empujó contra la pared.
Su asaltante bloqueó la entrada del callejón, ocultándola de la vista por si alguien se fijaba en lo que ocurría.
Sophie ahogó un grito con el corazón latiéndole con fuerza, primero de terror, luego de pura alegría.
Teddy le tomó el rostro entre las manos y la besó con suavidad; sus ojos azules se arrugaron en las comisuras mientras la miraba.
Su abrigo olía a mar y tenía el rostro bronceado de un marrón intenso, testimonio de los meses pasados en climas tropicales.
Teddy le acarició la mejilla y la miró a los ojos con una sonrisa.
—Tontuela. ¿Pensabas que no iba a venir? He estado contando los minutos para volver a verte. Solo tenía que hacer un pequeño recado y me llevó más tiempo del que esperaba.
Teddy metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña bolsa de cuero. Se la tendió con los ojos de pronto ansiosos.
—Espero que te guste. La mandé poner en una cadena para ti.
Sophie abrió la bolsa y sacó una cadena de plata con un colgante redondo y liso.
Alzó la piedra hacia la luz, hipnotizada por los colores brillantes que centelleaban en sus profundidades.
No bastaba con decir que la piedra era azul; una descripción tan simple no le haría justicia.
Era un caleidoscopio de colores: las motas abarcaban desde un azul intenso hasta el aguamarina pálido de un cielo invernal y el verde exuberante del follaje primaveral.
—Oh, Teddy, es precioso —exclamó Sophie—. Nunca he visto nada igual.
—Es un ópalo caribeño de Jamaica. La cadena es lo bastante larga para que puedas esconderlo de los ojos perspicaces de tu padre —bromeó Teddy, sabiendo que el señor Brewster no aprobaría un regalo suyo—. ¿Te ayudo a ponértelo?
Sophie le entregó el collar a Teddy y se dio la vuelta para que pudiera abrocharle el cierre. Sintió sus dedos cálidos y suaves en el cuello, y luego sus labios recorrieron el mismo camino, besándola hasta hacerla estremecer.
—No debemos —le reprochó, aunque en el fondo deseaba que pudieran quedarse escondidos en aquel callejón para siempre, a salvo de miradas indiscretas—. Te he echado tanto de menos —dijo Sophie, volviéndose para mirarlo—. Ojalá no tuvieras que irte nunca.
—Yo también, muñequita, pero estas separaciones no durarán eternamente. Dos años más como mucho, hasta que Janet cumpla los catorce. Entonces podré ocuparme de mi propia vida.
Sophie asintió. Janet solo tenía doce años y era la menor de las hermanas de Teddy.
Stella se había casado el año anterior y Barbara había encontrado empleo como criada en casa de un capitán británico.
La señora Mercer lo tendría mucho más fácil en cuanto las dos chicas restantes se casaran o encontraran un empleo adecuado.
—A veces desearía que mi madre volviera a casarse —dijo Teddy—. Ha habido uno o dos interesados, pero mamá los espantó enseguida.
—Quería a tu padre, Teddy. No quiere serle desleal.
—No puedes ser desleal con alguien que está muerto.
Mi padre, que en paz descanse, se lo buscó él solito.
Debería haber dejado que esos matones se mataran entre ellos, pero no, tuvo que meterse en medio a separar la pelea.
Ya sabes cómo acabó aquello. Dejó a mi madre sin nada, ni siquiera dinero suficiente en la caja para enterrarlo como es debido.
El señor Smithson la desplumó sin ningún reparo cuando negoció la compra de la taberna, le ofreció una fracción de su valor, y ella aceptó y dijo: «Muchas gracias, buen señor».
Esa mujer no tiene dos dedos de frente. Lo regaló todo sin más a cambio de un techo.
Ni siquiera un poco de más para que pudiéramos salir adelante.
—Teddy, no la juzgues con tanta dureza. Estaba de luto por tu padre y asustada por el futuro. Hizo lo que le pareció mejor.
—Por eso mismo debería haber tenido la sensatez de pedir consejo.
Debería haber llevado a un hombre a negociar por ella, no ir sola, con las lágrimas aún frescas en la cara.
Ese sinvergüenza le quitó hasta el último céntimo.
Lo siento, cariño —dijo Teddy, negando con la cabeza consternado—.
No paro de darle vueltas, ¿verdad? Es que todavía me hierve la sangre con todo ese lamentable asunto.
Tengo que mantener a mi madre y a mis hermanas cuando lo que querría es mantener a mi esposa.
Tú eres la única razón por la que vuelvo, Sophie.
Eres la luz brillante sobre el agua, el faro que me guía a la orilla —dijo Teddy con los ojos resplandecientes de amor—. Ven, vamos a pasear.
Sophie le tomó del brazo y salieron del callejón en dirección a South Battery.
Sophie caminaba con la cabeza gacha, como si escuchara lo que Teddy decía con gran interés, aunque en realidad lo hacía para ocultar el rostro de cualquiera que pudiera reconocerla y se sintiera en la obligación de informar a su padre de que la habían visto en compañía de un joven.
Cerca del puerto, las posibilidades de ser reconocida disminuirían, pues los conocidos de Horace Brewster no frecuentaban la zona.
—¿Cuándo zarparás de nuevo? —preguntó Sophie, alzando la mirada hacia Teddy.
Odiaba que, nada más reencontrarse, ya empezara a preocuparse por la próxima separación, pero ese era el sino de la novia de un marinero. Shakespeare no tenía ni idea cuando dijo que la despedida era un dulce pesar. No había nada dulce en ello, solo dolor amargo y lágrimas solitarias.
—Dentro de unas semanas —respondió Teddy—. El barco necesita reparaciones. Sufrió daños en el casco durante la última tormenta.
—¿Fue grave? —preguntó Sophie con el corazón en un puño. Que el Sea Falcon se hundiera en una tormenta era su peor temor, pero Teddy lo desestimó como si solo hubiera sido un chaparrón.
—Nada que no pudiera aguantar. Es una vieja resistente —dijo Teddy con cariño—. Y el capitán Barker sabe lo que se hace. No te preocupes por mí, cariño. Siempre volveré a ti —añadió, inclinándose para besarla.
Sophie se abandonó en sus brazos, disfrutando de la reconfortante fuerza de su cuerpo y de sus cálidos labios sobre los suyos. El beso la dejó sin aliento.
Teddy la rodeó con los brazos y la estrechó contra sí.
—¿Puedes escaparte unas horas por la noche? —preguntó con voz suave y persuasiva—. Hay algo que quiero enseñarte.
—¿El qué? —preguntó Sophie, curiosa por saber adónde querría llevarla de noche.
Teddy solía ir a una fonda a cenar o a una taberna a tomar una jarra de cerveza con miembros de su tripulación, pero ella no podía acompañarlo.
Una mujer solo era bienvenida en una taberna si cenaba en compañía de su marido, e incluso entonces, los matrimonios solían sentarse en un salón aparte.
Sophie jamás podría ir adonde iba Teddy, no si quería mantener intacta su reputación.
Teddy se inclinó hacia ella y su cálido aliento le acarició la sien.
—El Sea Falcon está vacío por las noches mientras lo reparan, salvo por un vigilante nocturno que es amigo mío. Puedo enseñarte el barco —susurró.
A Sophie le dio un vuelco el corazón. Los pocos minutos que habían pasado en el callejón eran toda la intimidad que probablemente conseguirían.
No habían estado a solas desde que eran niños y se escondían en el sótano de la taberna jugando al escondite.
La idea de encontrarse con Teddy la asustaba y emocionaba a partes iguales.
¿Cómo sería estar lejos de miradas indiscretas, sentirse segura en sus brazos y disfrutar de sus besos sin temor a ser descubierta?
Sophie sintió un aleteo en el vientre, como si docenas de mariposas nerviosas batieran las alas al unísono.
—Mi padre piensa quedarse hasta tarde en la tienda esta semana —dijo Sophie con la voz entrecortada por los nervios.
Su padre se pondría furioso si la pillaban, pero podría escabullirse y volver a la cama antes de que él regresara.
—¿Por qué?
—Ha aceptado un encargo urgente. Con lo flojo que está el negocio, no podía rechazarlo —explicó Sophie.
Teddy arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Por qué va tan flojo el negocio?
Sophie se encogió de hombros. Lo último que quería era hablar de la imprenta, pero Teddy parecía sinceramente interesado.
—Padre ha rechazado varios encargos —explicó—. Se niega a imprimir material sedicioso por miedo a que lo impliquen si las autoridades confiscan esos escritos. Después de rechazar a los agitadores varias veces, dejaron de venir. Supongo que encontraron a otro que les hiciera el trabajo.
—Hm, ya veo —dijo Teddy—. Una lástima. Hay quienes tienen dinero de sobra y están dispuestos a pagar por difundir su descontento. Tu padre es un necio por dejar que se lleven el negocio a otra parte.
—Padre jamás haría nada ilegal. No está en su naturaleza.
—Un impresor no tiene por qué estar de acuerdo con las ideas que imprime. Es un trabajo, nada más y nada menos.
—Sí, pero la imprenta es nuestro sustento, y si la cierran, nos quedaremos en la calle —respondió Sophie.
—Por supuesto. Lo entiendo —dijo Teddy, y la expresión pensativa de sus ojos dio paso a un brillo alegre—. Entonces, ¿vendrás a verme?
—¿A qué hora?
—Al anochecer, en el muelle de Gray.
—Allí estaré —prometió Sophie.
Ya estaban cerca de la imprenta y era hora de entrar, pues faltaba poco para el mediodía y su padre esperaría verla a la mesa.
Teddy le llevó la mano a los labios y se la besó con formalidad antes de alejarse con paso decidido, el abrigo ondeando con la brisa como la vela de un barco.
—Allí estaré —susurró Sophie, y echó a andar deprisa hacia casa.