La casa en la colina Capítulo 7
13%

Capítulo 7

El muelle de Gray estaba desierto; solo se oía el chapoteo del agua contra los cascos de madera y el crujido de los mástiles que se mecían con el viento.

Una luna en cuarto menguante asomaba lúgubre tras las nubes pasajeras y proyectaba una luz inquietante sobre los mástiles negros recortados contra el cielo oscuro, con los travesaños como extremidades fantasmales que brotaban de cuerpos esqueléticos.

Una sola linterna en la cubierta del Sea Falcon arrojaba un pobre halo de luz que atraía a Sophie hacia el barco.

Se arrebujó en su capa y escudriñó la oscuridad creciente, aliviada al ver que Teddy se acercaba a grandes zancadas.

Incluso en la oscuridad, distinguía su sonrisa y se relajó.

Con Teddy a su lado, no había nada que temer.

Teddy la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí; le rozó la sien con los labios.

—Lo siento. Tuve que hacer una parada para conseguir esto —le mostró una botella oscura de fondo ancho y cuello estrecho.

—¿Qué es?

—Un soborno.

Teddy la tomó de la mano y la condujo por la estrecha pasarela hasta la cubierta del Sea Falcon .

La cubierta se mecía suavemente bajo sus pies y Sophie se aferró al brazo de Teddy, temiendo perder el equilibrio.

Él soltó una risita y la guio hacia el puente, donde un marinero corpulento, sentado en un barril, los observaba con interés.

Llevaba un mosquete y una pistola metida en la cintura de los calzones.

Teddy le tendió la botella, y el hombre la arrebató con avidez.

—¿Madeira? —preguntó, y se relamió los labios.

—De Portugal —respondió Teddy—. Solo lo mejor para ti, Roy.

Roy dio un buen trago y alzó los ojos al cielo con deleite.

—Gracias, amigo. Con esto aguantaré las próximas noches.

—Disfrútalo.

—¿Y quién es esta encantadora dama? —preguntó Roy en un tono que daba a entender todo lo contrario.

—Métete en tus asuntos y nos llevaremos bien —replicó Teddy con altivez.

—Vale, vale, no te sulfures, Ted. Solo quería ser simpático.

—No hace falta que seas amable. Solo haz la vista gorda, amigo —respondió Teddy con una sonrisa cómplice—. Mi dama quiere ver dónde paso los días cuando estoy lejos de ella.

—No hay nada de malo en eso —dijo Roy—. Ojalá yo tuviera una dama tan interesada.

—Aséate un poco y puede que encuentres una —bromeó Teddy.

—No todos podemos ser tan guapos como tú, muchacho. Adelante, entonces. Estaré aquí mismo, con mi otro amor —levantó la botella en un brindis silencioso y dio un trago.

—Ven, Sophie, te enseñaré el barco —dijo Teddy, y le puso la mano en la parte baja de la espalda para guiarla hacia la proa.

Se colocó detrás de ella y la rodeó con los brazos por la cintura mientras contemplaba el puerto.

Un viento frío le tiraba de la capa y el cabello y le mordisqueaba las mejillas.

Sophie volvió el rostro hacia el viento y se preguntó si así se sentiría estar en alta mar.

Ya se sentía más cómoda con el balanceo de la cubierta, pero el crujido de la madera le sonaba ominoso.

Era como si el barco fuera un ser vivo, una anciana cascarrabias a quien no le agradaba su presencia.

—Bajemos —dijo Teddy—. Hace frío aquí fuera.

Teddy descolgó una linterna apagada de uno de los ganchos y avivó una llama antes de guiarla por unos escalones estrechos hacia las entrañas del barco.

La luz de la linterna apenas lograba penetrar la oscuridad absoluta de la bodega.

La luz oscilaba de un lado a otro con el vaivén de la linterna en la mano de Teddy y proyectaba sombras extrañas sobre las gruesas paredes y las hamacas vacías que se mecían suavemente, como si acunaran ocupantes fantasmales.

Había muy poco espacio entre las hamacas, y a pesar de estar vacía, la bodega olía a sudor rancio, desechos humanos y soledad.

—¿Es aquí donde duermes? —preguntó Sophie. Contempló las hileras ordenadas de hamacas y se estremeció por dentro. No podía imaginarse pasando meses enteros tan pegada a otras personas, no solo de día, sino también de noche.

—Sí. Es bastante cómodo, en realidad —le aseguró Teddy, pero ella no le creyó del todo.

Era de esas personas que siempre sacaban lo mejor de cualquier situación y no se recreaban en lo que les molestaba, sino que trabajaban para resolverlo lo mejor posible.

Teddy era un luchador, un superviviente, alguien que no permitía que las dificultades lo definieran.

Supuso que eran esas cualidades las que la habían cautivado de niña.

Él siempre la hacía sentir como si nada fuera demasiado difícil de superar.

Dejaron los dormitorios y se dirigieron a la bodega de carga, vacía y oscura como las fauces de una cueva. Detrás de las escaleras había una celda estrecha, con la puerta provista de una reja de metal y un pestillo de hierro.

—¿Para qué es eso? —preguntó Sophie con un escalofrío involuntario.

—Es el calabozo —explicó Teddy—. No es tan malo como parece —añadió al percibir su inquietud—. Yo preferiría que me encerraran a que me azotaran, desde luego —bromeó.

—Teddy, ¿podemos subir? —suplicó Sophie; el crujido ominoso del barco se tragaba su voz—. Tengo miedo.

—Por supuesto. Lo siento, Poppet. Pensé que querrías ver dónde paso mis días y noches.

—Sí quiero, pero seguro que es mucho más alegre cuando sale el sol y hay otras personas a bordo.

Las paredes de la bodega parecían cerrarse sobre ella y avivaban su ansiedad. Anhelaba estar fuera, en el aire frío, con la escasa luz de la luna sobre el puerto.

—Ven —Teddy la tomó de la mano y la condujo de regreso hacia la escalera—. Sube.

Sophie respiró hondo en cuanto volvió a pisar la cubierta, agradecida de estar al aire libre. Miró hacia el mástil principal, donde Roy paladeaba su Madeira con la mirada fija en la maraña de aparejos sobre su cabeza. Sophie se volvió hacia la pasarela, pero Teddy la detuvo.

—Espera, hay algo más que quiero enseñarte —dijo en voz baja, y la guio hacia la parte trasera del barco.

—Esto se llama la popa, y aquí es donde están los camarotes. Estos dos son para el intendente y el médico. Este último también le sirve de consultorio. Y este es el camarote del capitán —abrió la puerta y la invitó a pasar.

Los aposentos del capitán la sorprendieron.

El camarote era espacioso, y la pared del fondo tenía una hilera de ventanas que durante el día lo llenarían de luz y aire.

Había una cama amplia con pesados cortinajes granates, un escritorio macizo, una silla de respaldo alto y una estantería repleta de libros manoseados.

Incluso había una alfombra y varias macetas en el alféizar.

A diferencia de los oscuros y estrechos aposentos de la tripulación, el camarote era acogedor y cómodo, un refugio agradable del caos cotidiano de la vida a bordo.

Teddy cerró la puerta y dejó el farol sobre el escritorio, luego se quitó el sombrero y el abrigo.

Se acercó a Sophie lentamente y, con dedos ágiles, le desató la capa y la arrojó sobre la cama.

Sus labios, cálidos y suaves, se posaron sobre los de ella mientras la atraía hacia sí, apretándola contra su pecho.

—Teddy, yo...

—Shh —susurró Teddy contra sus labios—. Nadie nos molestará aquí.

—No creo que...

Teddy sacó una petaca del bolsillo del chaleco y desenroscó el tapón.

—Toma, bebe un sorbo.

—¿Qué es eso?

—Madeira portugués. Sisé un poco para nosotros —añadió con una sonrisa—. Bebe.

Sophie dio un sorbo. Era más espeso y dulce que el vino al que estaba acostumbrada, pero notaba su potencia. Con una copa pequeña bastaría para emborracharse. Dio otro sorbo y le devolvió la petaca a Teddy.

—No me gusta.

Él se rio suavemente y bebió unos tragos.

—A mí sí.

Teddy dejó la petaca a un lado y volvió a atraerla hacia sí; sus labios buscaron los de ella.

Aquel beso era distinto de los tiernos que habían compartido en los últimos años.

Era urgente, exigente y un poco aterrador.

La mano de Teddy ascendió hasta cubrirle el pecho, y con el pulgar le acarició el pezón a través de las capas de tela.

Sabía que debería parar, pedirle a Teddy que la acompañara a casa, pero los deseos que él despertaba en ella eran nuevos y excitantes, y se entregó al beso, convencida de que unos momentos de pasión inocente no podían hacer daño.

Teddy la hizo retroceder hacia la cama y la tumbó, sin apartar la boca de la suya mientras seguía acariciándola.

Apenas se dio cuenta de que él le sacaba el pañuelo del cuello y deslizaba la mano dentro del corpiño para cubrirle el pecho y liberarlo de su prisión de tela.

Sophie jadeó cuando Teddy le pasó la lengua por la punta del pezón, luego cerró los labios sobre él y lo succionó como un bebé hambriento.

—Oh, Teddy —gimió ella mientras él continuaba su tierna exploración.

La mano de Teddy se deslizó bajo las faldas, subió por la pierna cubierta de media y siguió más allá.

Sus dedos rozaron la piel desnuda del interior de los muslos y luego ascendieron, abriéndose paso entre sus piernas.

Sophie gritó alarmada, pero Teddy la silenció con un beso mientras sus dedos se adentraban en su centro húmedo y la exploraban con una intimidad que la dejó sin aliento.

Sophie sabía que aquella era la señal para parar, para exigirle que respetara sus deseos y la llevara a casa, pero no encontró fuerzas para pedírselo.

Las sensaciones que la invadían no se parecían a nada que hubiera experimentado.

Eran urgentes y sorprendentemente placenteras.

No quería que parara; quería que siguiera.