Capítulo 5
Sophie
Boston, Massachusetts
Sophie pegó la nariz a la ventana, con el corazón desbocado por la anticipación.
La noche anterior había visto la orgullosa silueta del Sea Falcon en el horizonte, la fragata de tres mástiles tan familiar para ella como el escaparate de la imprenta de su padre.
El barco atracaría por la mañana y entonces comenzaría la descarga: los cajones y barriles recién llegados de Inglaterra y el Caribe se depositarían en el muelle y se enviarían a los almacenes que daban al embarcadero.
A Sophie no le interesaba la carga, sino la tripulación, que desembarcaría una vez que el barco hubiera sido completamente descargado e inspeccionado.
Con suerte, vería a Teddy al día siguiente, pero no podía dejar pasar la oportunidad de verlo mientras él se dirigía desde los muelles hacia la casa de su madre, a solo unas puertas de la imprenta.
El regreso de Teddy a casa siempre seguía la misma rutina.
Comía hasta hartarse de lo que la señora Mercer le sirviera, pedía repetir e incluso un tercer plato, y rebañaba el plato con un trozo de pan hasta dejarlo tan limpio que parecía no necesitar lavado.
Después de semanas a bordo del barco, subsistiendo con una dieta escasa de cerdo salado, galletas duras y cerveza, estaba hambriento de comida casera y pan que no amenazara con romperle los dientes al morderlo.
Una vez saciado, Teddy se daba un baño para quitarse el sudor y la mugre del viaje, y luego, tras una buena noche de sueño, venía a ver a Sophie, o más bien le enviaba una señal para que se encontraran en su lugar secreto, ya que su padre jamás permitiría que Teddy la visitara abiertamente.
Sophie conocía a Teddy de toda la vida, pero solo recientemente su amistad se había convertido en algo que era mejor mantener oculto de la mirada vigilante de su padre.
Teddy había sido una presencia constante en su vida y la trataba como a una de sus hermanas desde que la madre de Sophie murió en el parto, cuando ella tenía ocho años.
Teddy tenía diez, un muchacho larguirucho que siempre tenía una sonrisa para ella y alguna golosina cuando se sentía triste o abandonada.
La había llevado a pasear por los muelles, le había mostrado los diferentes tipos de barcos y le había contado sus sueños para el futuro.
Sophie lo habría escuchado aunque hubiera elegido recitar el alfabeto o citar pasajes de las Escrituras.
Le gustaba estar con él y disfrutaba de la sensación de pertenencia que sentía junto a Teddy y sus hermanos.
Era como si formara parte de la familia Mercer, aquella bulliciosa pandilla de críos que le parecían tan felices a sus ojos de niña y que tenían una madre cariñosa y sociable a la que volver, a diferencia de Sophie, que regresaba a las habitaciones silenciosas sobre la tienda donde vivía con su padre.
Nada más cruzar la puerta, la melancolía se posaba como un pesado manto sobre sus hombros, aplastándole el espíritu y recordándole lo sola que se había sentido desde la muerte de su propia madre.
Su padre la quería, de eso no le cabía duda, pero siempre había sido un hombre callado y poco dado a las demostraciones de afecto, que pasaba la mayor parte de sus horas de vigilia en la tienda y hablaba en voz baja a su imprenta como si fuera su único amor verdadero.
Agnes, la criada, debía vigilar a Sophie durante el día, pero la muchacha, que solo tenía quince años cuando Sophie tenía ocho, estaba desbordada de trabajo y descuidaba sus obligaciones con su joven ama, dejando a Sophie a su aire la mayor parte del tiempo.
Por las noches, Sophie cenaba con su padre y luego se sentaban junto al fuego, casi siempre en un silencio amigable.
El señor Brewster, aún de luto por su esposa y el niño que nació muerto, no tenía idea de cómo podía sentirse una niña pequeña, así que no hacía ningún esfuerzo por consolarla de maneras que habrían hecho más llevadero el aislamiento de Sophie.
Ese era el trabajo de Teddy. Le había hecho una muñeca para su noveno cumpleaños, con hilo negro a modo de cabello y dos botoncitos a modo de ojos, y le dijo que le recordaba a ella.
Fue entonces cuando empezó a llamarla su «Poppet».
Le encantaba el apodo que le había puesto y se estremecía de placer en secreto cada vez que lo usaba, pues sentía una afinidad con Teddy que no sentía con nadie más.
Con el paso de los años, las hermanas de Teddy se habían vuelto recelosas con Sophie, la dejaban fuera de sus juegos y la trataban como a una extraña, pero Teddy nunca.
Él era su mejor amigo, su hermano honorario y su campeón.
Habían pasado muchas horas felices juntos hasta que la tragedia se cebó con el hogar de los Mercer.
El padre de Teddy, Robin, había sido apuñalado al intentar detener una pelea en su taberna; la herida en el estómago era demasiado grave como para que los Mercer albergaran esperanzas de recuperación.
Media calle oyó los lastimeros gemidos que salían de la ventana del piso de arriba, donde la señora Mercer pasaba las noches cuidando a su delirante esposo.
En cuanto el reloj de la iglesia daba las ocho de la mañana, la señora Mercer dejaba a Teddy a cargo de su padre y sus hermanos menores e iba a la taberna, donde permanecía hasta casi medianoche, cocinando, horneando y sirviendo a los clientes con la ayuda de sus dos hijas mayores.
Robin murió de sus heridas una semana después de la puñalada; su muerte fue larga y dolorosa.
Unos días después de que muriera el señor Mercer, la hermana pequeña de Teddy, Gladys, cayó enferma, y la señora Mercer no pudo seguir atendiendo la taberna.
Permaneció junto a Gladys día y noche, pero Gladys murió de todos modos y fue enterrada junto a su padre exactamente una semana después del funeral de este.
La señora Mercer regresó del cementerio destrozada y desesperada.
No podía llevar la taberna sola, no a largo plazo.
La clientela del Rusty Anchor era gente ruda, y ella no estaba segura entre hombres que habían respetado a su marido pero no tenían ni pizca de contención cuando se trataba de su esposa e hijas.
Teddy, que solo tenía doce años por entonces, era demasiado joven para hacerse cargo del negocio o proteger a su madre y hermanas de los marineros borrachos que habían causado la muerte de su padre, así que la señora Mercer vendió la taberna, pidiendo una fracción de su valor al no tener un hombre de negocios que la asesorara.
Sin embargo, negoció que ella y sus hijos permanecerían en las habitaciones sobre la taberna durante el resto de su vida y trabajarían en el turno de noche para llegar a fin de mes.
El nuevo propietario, muy satisfecho de sí mismo por haber actuado con rapidez y hacerse con semejante ganga, aceptó de buen grado sus condiciones, encantado de contar con alguien que ya conocía el negocio y estaba dispuesta a trabajar por menos de lo que tendría que pagar a un hombre.
Fue entonces cuando Teddy se hizo a la mar para ayudar a su madre a mantener a la familia.
Empezó como grumete, luego ascendió a marinero, y a los diecinueve años obtuvo el rango de suboficial.
Soñaba con ascender a guardiamarina, pero dada su humilde procedencia, eso no era probable; el rango estaba reservado para los hijos de los ricos e influyentes.
Aun así, Teddy era feliz. Le gustaba mucho más estar en alta mar que quedarse atrapado detrás de la barra de una taberna sombría, rodeado de la escoria de la sociedad, que antes se meaba encima que pagaba la cuenta.
Pasaba meses fuera de casa, pero cuando regresaba, era como si no hubiera pasado el tiempo y la vida de Sophie se transformaba de la noche a la mañana: el buen humor y el cariño inagotable de Teddy le levantaban el ánimo.
El señor Brewster no se había opuesto con firmeza a la amistad de Sophie con Teddy cuando era más joven, pero en cuanto cumplió los dieciséis, su tolerancia pareció desvanecerse de la noche a la mañana.
—No quiero que pases tiempo con Ted Mercer —le había dicho su padre, mirándola fijamente por encima de la cazoleta de su pipa, que humeaba suavemente.
—¿Y por qué no, padre? —había preguntado Sophie, completamente sorprendida por la severa declaración de su padre.
—Porque tu trato con ese muchacho roza los límites del decoro, Sophie —respondió el señor Brewster.
—¿De qué manera? Nunca habías dicho nada al respecto —replicó Sophie.
—Sophie, después de que tu madre muriera, necesitabas compañía, así que no me opuse cuando la señora Mercer te acogió bajo su protección y fomentó tu amistad con sus hijos, pero ya no eres una niña, y él tampoco lo es.
Ted Mercer es un hombre hecho y derecho, y que pases tiempo con él puede dar lugar a malentendidos.
—¿Estás diciendo que arruinará mis posibilidades de casarme? —preguntó Sophie, boquiabierta, mirando a su padre con el bordado olvidado en el regazo.
El señor Brewster asintió, claramente aliviado de no tener que dar más explicaciones—. Me alegra que lo entiendas, Sophie. No hablemos más del asunto. Por supuesto, puedes seguir visitando a las chicas Mercer cuando Ted esté en alta mar.