Capítulo 3
Lauren despertó lentamente; los pensamientos se le agolpaban en la mente mucho antes de abrir los ojos.
Su primera preocupación fue Billy, cuyo cuerpo cálido estaba pegado a su costado, con la respiración acompasada del sueño.
Por fin había comido un poco la noche anterior, una señal esperanzadora, en su opinión.
Lauren permaneció muy quieta, tomándose un momento para recordar exactamente dónde estaba y por qué.
Un viento racheado soplaba desde el Atlántico y la casa crujía; las paredes de madera suspiraban como una anciana que añorase su juventud.
Una suave penumbra avanzaba hacia la cama, y sus dedos delicados acariciaban el edredón y rozaban el trasero redondo de Billy.
Lauren se volvió hacia la ventana con la esperanza de ver el amanecer, pero lo que vio la dejó paralizada de terror.
El corazón le latía con fuerza en el pecho mientras se tapaba la boca con una mano para ahogar el grito que se le atascó en la garganta.
Se hundió más en el colchón para hacerse menos visible, pero no habría hecho falta.
La mujer parecía completamente ajena a su presencia.
Estaba sentada al escritorio, y la suave luz del amanecer le iluminaba el rostro pálido.
Tenía la espalda muy recta, las manos entrelazadas en el regazo y la mirada turbada fija en el horizonte.
Una hoja de papel en blanco yacía ante ella, con una pluma olvidada en el tintero, como si hubiera estado a punto de escribir una carta pero hubiera cambiado de opinión.
Lauren levantó ligeramente la cabeza para ver mejor el perfil de la mujer.
Era joven, de unos veinticinco años calculó Lauren, y atractiva.
Su vestido anticuado era sobrio, y una modesta cofia ribeteada de encaje le cubría el cabello oscuro.
Su único adorno era un collar cuyo colgante descansaba justo encima de la V del pañuelo de encaje.
Brillaba con la luz nacarada; la piedra ardiente recordaba a un ópalo.
Billy levantó la cabeza y miró a Lauren, luego se volvió hacia la ventana.
Ella esperaba que ladrase alarmado, o que al menos le gruñera a la intrusa, pero apoyó la cabeza en la cadera de Lauren y volvió a dormirse, como si fuera completamente ajeno a la extraña.
No la había visto ni captado su olor porque no era real.
Era una aparición, un eco de un tiempo pasado.
Ya menos asustada, Lauren se incorporó y se recostó contra las almohadas para observar a la mujer con interés.
Después de un rato, la mujer volvió a guardar el papel en un cajón, se puso de pie y se volvió hacia la puerta.
Lauren habría jurado que vio lágrimas en sus ojos mientras cruzaba la habitación, pero con el rostro apartado de la ventana, era difícil estar segura.
A medida que la luz cambiaba de gris perla a rosa salmón, la silueta de la mujer se fue haciendo más tenue hasta que desapareció por completo, dejando solo una quietud antinatural a su paso.
Lauren posó una mano suave sobre la cabeza de Billy; necesitaba sentir una conexión con un ser vivo.
Él levantó la cabeza y la miró con sus ojos marrones, claros y alertas.
—Buenos días —dijo Lauren, pero no hizo ademán de levantarse.
No tenía prisa por empezar el día. Mientras observaba salir el sol, Lauren reflexionó sobre lo que había visto.
¿Había sido la mujer un producto de su imaginación, o había visto un fantasma de verdad?
No creía en fantasmas, pero tampoco creía que una persona simplemente dejase de existir.
Zack se había ido físicamente, pero a menudo había sentido su presencia, especialmente durante los primeros meses, y cuando le hablaba, a veces una respuesta le venía a la mente sin más, como si él se la hubiera susurrado al oído en lugar de decirla en voz alta.
Quizás era una ilusión y no estaba lista para dejarlo marchar, pero lo había sentido cerca, especialmente cuando estaba sola, y cuando Xavier trajo a Billy por primera vez, el perro había gruñido a algo, enseñando los dientes y con la mirada fija en la nada.
No lo había vuelto a hacer desde su primera semana juntos, así que quizás se había acostumbrado a la presencia sobrenatural de Zack, y parecía ajeno a la mujer que Lauren acababa de ver.
Por fin, Lauren se levantó, se duchó y se vistió con unos leggings y un jersey grueso.
Levantó a Billy de la cama y lo llevó abajo, donde lo dejó en el suelo.
El perro trotó hacia su cuenco de agua y bebió con ganas antes de pasar a la comida.
Parecía que el Dr. Kelly había tenido razón, y Billy solo necesitaba un poco de tiempo para recuperarse.
Después de sacarlo para que hiciera pis, Lauren se preparó una tortilla de espinacas y queso y una taza de café, luego volvió arriba y se sentó al escritorio donde la mujer se había sentado apenas una hora antes.
No había rastro de la carta que había estado escribiendo ni de los utensilios, solo el portátil de Lauren, que zumbó acusadoramente en cuanto lo encendió.
Llevaba casi una semana sin trabajar y era hora de ponerse a ello.
Estaba con la autobiografía de una famosa estrella de telerrealidad cuya vida le interesaba más bien poco, pero era un trabajo, y lo haría lo mejor que pudiera.
Una vez que terminara el proyecto, dedicaría algo de tiempo a escribir lo suyo.
—¿Y si escribes una historia de fantasmas? —susurró la voz de Zack en su mente—. Siempre dijiste que querías probar un género diferente.
—No creo —respondió Lauren—. Las historias de fantasmas no son lo mío.
—Vale, ¿y qué tal un romance histórico? Te encantaba leerlos. ¿Te acuerdas de aquella serie que devoraste sobre la mujer que viajaba en el tiempo a la Escocia del siglo XVIII? No te cansabas de comprar esos libros.
—Vale. Lo pensaré —respondió Lauren a regañadientes—. Ahora tengo que concentrarme en el ascenso meteórico a la fama de mi clienta. Quiere dedicar un capítulo entero a Twitter y a cómo se hizo viral un selfi suyo desnuda.
Casi podía oír la risa de Zack mientras sacaba sus notas y se ponía a escribir.