Capítulo 1 #2
—La casa original se construyó en el siglo XVIII.
Tenía dos habitaciones en la planta baja y dos dormitorios arriba.
Creo que el mirador de la viuda data del siglo XIX —dijo Susan, alzando la vista hacia la plataforma pintada de blanco en el tejado, tan típica de las casas de Cape Cod—.
Con el tiempo, los propietarios añadieron fontanería interior, varias habitaciones, un patio, un solárium y, por supuesto, el camino de entrada y el garaje.
Sin embargo —Susan negó con la cabeza, consternada—, no tiene instalación de cable ni internet.
Otro clavo en el ataúd para el propietario actual.
Las familias quieren televisión e internet.
Los niños ya no pasan el tiempo libre leyendo y jugando a juegos de mesa como cuando yo era pequeña.
—No, supongo que no. ¿Y por qué el propietario no llama a la compañía de cable?
—Creo que simplemente se olvida de este lugar hasta que llega el momento de alquilarlo otra vez, y entonces le parece demasiado gasto o demasiado lío. La verdad, no lo sé. Vive en Los Ángeles, donde hace películas.
—¿Es productor de cine? —preguntó Lauren, curiosa.
—No, hace efectos especiales. Uno de esos tipos artísticos —añadió, como si eso fuera lo peor que se puede ser—.
Creo que vendería la casa encantado si se dignara a ocuparse de todos los trámites para ponerla en el mercado.
Mientras consiga algunos inquilinos cada verano, se conforma con dejar la propiedad vacía el resto del año.
—Entonces, ¿la ubicación aislada y la falta de internet bastan para ahuyentar a los inquilinos? —preguntó Lauren, asombrada de que alguien pudiera rechazar un lugar tan maravilloso.
Susan adoptó una expresión furtiva por un momento, luego exhaló ruidosamente, como si no le quedara más remedio que decir la verdad. —Esta casa tiene cierta reputación.
—¿Reputación de qué?
—Mira, es una casa vieja. Cruje, las puertas se cierran de golpe, probablemente por las corrientes de aire. Las luces a veces se encienden solas, pero la instalación eléctrica no se ha tocado desde que se puso, vete tú a saber cuándo. No hay de qué preocuparse.
—¿Me estás diciendo, con ese tono tan práctico y desdeñoso, que la casa está encantada? —preguntó Lauren, divertida ante el empeño de Susan por quitarle hierro a la «reputación».
—Estoy diciendo que es vieja y que le dan de lleno los vientos del Atlántico. No creo en fantasmas.
—Yo tampoco —respondió Lauren. Ojalá creyera, porque entonces quizás Zack se le aparecería.
Necesitaba cerrar esa etapa, algo que ya nunca conseguiría—.
¿Podemos entrar? —preguntó mientras se arrebujaba en el abrigo.
La ubicación de la casa garantizaba que sería fresca en verano, pero a mediados de marzo, en aquella colina hacía un frío polar.
—Claro. Perdona. Siempre me enrollo hablando de las vistas. Tengo que destacar los puntos fuertes.
—Entonces, ¿la casa es un desastre? —preguntó Lauren con una risita.
—No. Es bonita. Pasable , en lenguaje inmobiliario, pensó Lauren mientras seguía a Susan hacia la puerta principal.
El interior no estaba mal. El lugar necesitaba ventilarse bien, pero aparte del olor a cerrado, era más que pasable.
Había un sofá y butacas de aspecto cómodo dispuestos frente a la chimenea, varias lámparas y una alfombra colorida que daba al salón un aire acogedor.
Las ventanas daban a la bahía, un punto muy a favor para Lauren.
La cocina estaba anticuada, pero como no pensaba cocinar en serio, le serviría.
—Este es el despacho —dijo Susan abriendo de par en par la puerta de una habitación que daba a la fachada y en la que había un escritorio, varias estanterías y una silla giratoria. Las paredes blancas estaban desnudas y la ventana daba al lateral del garaje—. Podrías escribir aquí.
Lo dudo , pensó Lauren mientras evaluaba la habitación, tan poco atractiva.
Allí dentro, entre aquellas cuatro paredes funcionales, no le llegaría ninguna inspiración.
Quien hubiera usado aquel cuarto en el pasado no había dejado ni rastro de su personalidad: ni un cuadro en la pared, ni un libro de bolsillo gastado del que quisiera deshacerse.
—¿Subimos? —gorjeó Susan, visiblemente más animada ahora que creía que Lauren estaba interesada—. Hay cuatro dormitorios: dos infantiles, uno de invitados y el principal. El dormitorio principal no pega mucho con el resto de la casa, pero tiene mucho encanto.
—Suena inquietante —bromeó Lauren.
—Qué va. Compruébalo tú misma.
Los tres dormitorios más pequeños le recordaban a cualquier bed and breakfast en el que se hubiera alojado.
Colchas de flores sobre camas gemelas con cabeceros de madera arañados, alfombras en tonos neutros y cortinas de colores para alegrar el espacio.
El dormitorio principal, sin embargo, fue toda una sorpresa.
Una cama con dosel dominaba la estancia, con enormes postes de caoba primorosamente tallados.
La colcha verde espuma parecía de damasco grueso, adornada con galones plateados a juego con el delicado estampado.
En una esquina se alzaba un pesado armario cuyo diseño hacía juego con los postes de la cama, pero el mueble que realmente captó la atención de Lauren fue el precioso escritorio secreter orientado hacia la ventana, desde la que se contemplaban los pinos altos y el mar resplandeciente.
El escritorio era de caoba, con la superficie lisa y satinada pese a los años de uso.
Tenía tres cajones a cada lado, además de varios cajoncitos en la parte superior.
Cada cajón lucía un tirador de latón pulido y un motivo caprichoso tallado en la madera.
El escritorio parecía digno de Charles Dickens o Jane Austen, aunque probablemente se había fabricado antes de su época.
—Todos los muebles de esta habitación son los originales de la casa —dijo Susan—. Del siglo XVIII. Esta habitación perteneció a la última propietaria, la señora Lacey. Era la tía del dueño actual. Murió hace cinco años.
—Espero que no en esta cama —dijo Lauren.
—No, en un centro de cuidados paliativos en Chatham. Era una señora encantadora. Mi madre la conocía bien. Bueno, ¿qué te parece?
—Creo que me encanta —dijo Lauren, que ya se imaginaba sentada ante el escritorio, con el ordenador delante, empezando un nuevo proyecto, uno propio esta vez.
—Estupendo. Pues firmemos los papeles, ¿te parece? ¿Por qué no pasamos por la oficina, nos encargamos del papeleo y luego comemos algo? Me muero de hambre.
—No sé —respondió Lauren sin convicción. Llevaba evitando las situaciones sociales desde la muerte de Zack, pero Susan parecía tan decepcionada que se sintió mezquina por negarse.
—Venga, anda. Invito yo —insistió Susan—. Odio comer en mi escritorio.
—De acuerdo. Claro. Gracias.
—No, gracias a ti —respondió Susan con una amplia sonrisa—. Jerry estará encantado de que hayamos alquilado este lugar tan temprano en la temporada. ¿Cuándo quieres que empiece el contrato?
—Del uno de abril hasta el Día del Trabajo —respondió Lauren.
—Perfecto —dijo Susan, que ya se dirigía hacia las escaleras—. Ya me estoy gastando la comisión mentalmente —se rio con alegría—. Creo que serás feliz aquí.
—A Billy le encantará.
—¿Ah, sí? ¿Quién es Billy? —Las cejas arqueadas de Susan hicieron reír a Lauren. Era evidente que pensaba que Billy era su novio.
—Billy es un cachorro. Mi hermano Xavier me lo regaló por Navidad.
Pensó que un perro me haría sentir menos sola , añadió Lauren para sus adentros.
Y así había sido. Billy era una alegría.
Una bolita de pelo marrón con ojos castaños de mirada tierna y un hocico aterciopelado.
—Se permiten mascotas, ¿verdad? —preguntó Lauren, cayendo en la cuenta de que nunca lo había preguntado.
—Sí, al propietario no le importa. ¿Qué raza es?
—Labrador chocolate.
—Me encantan. Son una monada —Susan cerró la casa con llave y se dirigió a su coche—. Sígueme hasta la oficina y desde allí podemos ir andando a comer.
—Me parece bien —dijo Lauren.
Al subirse al coche, se sintió más ligera de lo que se había sentido en meses.
—Te gustaría este lugar —dijo, hablándole a Zack, olvidando por un momento su promesa de dejar de hablar con él—.
Las vistas son impresionantes, y es tranquilo y apartado, lejos de las hordas de turistas.
Creo que aquí puedo escribir —añadió, con un deje de esperanza—. ¿Qué te parece?
Creo que es hora de pasar página, Lauren , respondió la voz de Zack en su mente. Lauren no le hizo caso y condujo colina abajo.