La casa, año doce
La casa, año doce
Año doce.
En mayo llegaron dos cartas certificadas el mismo día. Se quedaron una hora en el buzón del portón, dentro de un tubo de plástico que llevaba once años sin recibir nada, y por la tarde vino un hombre en una furgoneta blanca y las sacó y las leyó de pie, apoyado en la valla, con el sol de lado.
En junio entró un coche blanco de alquiler y no volvió a salir en tres meses.
Ese fue el verano.
La casa no había tenido nunca un verano así y no lo tuvo comparado con nada, porque no tenía con qué compararlo.
Hubo andamios en las cuatro fachadas. Hubo una hormigonera desde el uno de julio.
Hubo una tormenta en junio que entró por el faldón norte y otra en agosto que no entró por ninguna parte, y entre las dos hubo ochenta y seis días con gente dentro desde las siete de la mañana.
Hubo una radio puesta a las ocho y apagada a las ocho, la misma de siempre, en la misma balda.
Y hubo, por primera vez desde 2013, agua en las tuberías y una luz que se encendía dándole a un interruptor.
Y hubo voces. Eso fue lo nuevo. En doce años aquella casa había oído hablar a un hombre solo cuatro o cinco veces, cuando se le caía algo y decía una palabra, y aquel verano hubo cuatro personas hablando a la vez y todos los días, discutiendo por una junta y por el fútbol y por una dosificación de mortero de cal, y a las dos de la tarde hubo un ruido que la casa no había oído nunca desde dentro, que es el de cuatro personas comiendo bajo un árbol.
En septiembre se fue el andamio, se fue la cuadrilla y se fue el ruido, y quedaron dos.
Y de los dos, aquel año, ya no se puede contar por separado.
Eso también fue nuevo. Once años seguidos, en aquella parcela, hubo dos cuentas distintas y no se tocaron nunca: la de un hombre que subía de noche y la de una mujer que no subía. Dos columnas.
Este año hay una sola.
Una casa terminada un diecinueve de septiembre a las siete y cuarto de la mañana por dos personas que llevaban veintitrés horas de pie y que estuvieron una hora recogiendo herramientas sin decirse nada.
Una pared del salón pintada a dos brochas un sábado por la tarde, la segunda mano el domingo y la tercera el lunes, porque el rojo almagra pide tres.
Una escritura firmada un viernes en la calle Enmedio.
Una cocina que no se pudo tasar. Un cuaderno de hule verde que volvió a su cajón.
Doce años imaginándolos.
Y este año, por primera vez, no ha hecho falta.