La casa donde nunca vivimos Epílogo. La primera cena
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Epílogo. La primera cena

Epílogo. La primera cena

La mesa la hizo Martín en febrero con los tablones del andamio.

El andamio era de alquiler y volvió a la nave de Rachid en septiembre, pero los tablones eran suyos: seis de pino de cinco metros por veinte centímetros, comprados en junio, que habían estado tres meses aguantando a cuatro personas y ochenta sacos de mortero, y que después de eso no valen para volver a montarlos y sí valen para otra cosa.

Estuvieron cuatro meses en el altillo secándose otra vez.

Después él los cepilló, les sacó los clavos con la uña de gato, uno por uno, y dejó las marcas: las de las abrazaderas, las de la cal, las de la sierra y una mancha de rojo almagra en el canto de la segunda tabla, que era de la lata que se volcó el domingo veintisiete.

Tres metros veinte. Diez plazas, doce si se aprieta.

El sábado dieciocho de septiembre de 2027 se apretaron.

Vinieron Ginés y Amparo, que ya se hablaban por teléfono los martes para discutir de apellidos del pueblo.

Vino Fermín con una caja de tomates y una bolsa de almendras y con dos botes de mermelada, uno de limón y otro de higo.

Vinieron Lucía y Nacho con Clara, que tenía casi dos años y que se pasó la primera media hora agarrándose a los tiradores de cuero de los muebles bajos de la cocina y abriendo y cerrando el cajón número siete.

Vino Nuria, con su marido y con un perro que se llamaba Sisco y que se quedó debajo de la mesa.

Vinieron Rachid y su mujer y sus dos hijas, y vino Tono, que llegó tarde y en furgoneta propia.

Y vinieron los de la veintidós, que se habían mudado en marzo y eran los primeros que llegaban a Mar de Azahar desde que llegó Fermín en 2018: un matrimonio de Alcalà con un crío de nueve años y una perra vieja.

Doce personas en una casa donde en doce años no había habido nunca más de dos.

Vera lo estuvo mirando desde la puerta de la cocina un buen rato, con un trapo en la mano, que era exactamente el sitio desde el que había mirado aquella habitación la primera vez, un ocho de junio a las siete y media de la tarde, cuando encontró un limón que no estaba seco.

El año había ido así.

En noviembre había abierto un estudio pequeño en Castellón, en un entresuelo de la calle Trinidad, con su nombre en un cartel de metacrilato y una aparejadora contratada a media jornada.

En marzo le habían encargado el trabajo que de verdad le importaba: el estudio de viabilidad para la rehabilitación de una urbanización de treinta y cuatro viviendas paradas en 2013 en la provincia de Alicante, con dieciocho adjudicatarios que no se conocían entre sí y un ayuntamiento que no sabía por dónde empezar.

Le habían llamado por lo de Mar de Azahar.

En el sector, aquello ya era una historia que se contaba.

De Róterdam se habló una vez aquella noche, en la sobremesa, porque Nacho preguntó.

—Entonces, ¿aquello lo dejaste?

—Aquello lo dejé.

—¿Y no te da rabia?

Vera lo pensó el tiempo justo.

—Me dio rabia hasta enero.

Y ya está. Anker le mandaba un correo por Navidad y ella le contestaba, y en junio habían trabajado juntos en un concurso de Valencia y lo habían perdido, y de eso no habló porque a nadie de aquella mesa le interesaba.

Cenaron a las nueve y media. Arroz al horno de Amparo, que había venido a las cinco a hacerlo y no había dejado entrar a nadie en la cocina, y una ensalada con los tomates de Fermín, y una tortilla de patata que hizo Nuria porque los críos no comen arroz.

Hubo un momento, con los doce sentados y el arroz en el centro, en que Vera hizo la cuenta sin querer.

Ochenta y siete metros de mesa a fachada.

Cuarenta y dos metros cuadrados de salón.

Doce huecos. Un metro veinte de ladrillo cara vista sin revocar en el muro oeste, con cuarenta rayas de lápiz de carpintero que aquella noche estaban detrás de la cabeza de Rachid y que nadie miró.

Y la cuenta se le paró ahí, porque Clara tiró una cuchara y hubo que agacharse.

A los postres, la mujer de la veintidós pasó la mano por la mesa.

—Qué bonita es esta mesa.

—Es del andamio —dijo Martín.

—¿Del andamio?

—Del de aquí. Del verano pasado. —Le dio dos golpecitos con el nudillo cerca del borde, donde se veía la marca de una abrazadera—. Es pino de obra, que es una madera muy sana. Está seca del todo y ya no se mueve.

Y se levantó a por el café.

Fue lo único que dijo de la mesa en toda la noche y nadie le preguntó más, porque en aquella mesa había gente que ya sabía la historia entera y gente a la que no le hacía falta.

Después vino el ruido bueno.

Clara se durmió encima de Lucía a las once y cuarto.

Fermín y Ginés se pusieron con los apellidos otra vez y esta vez llegaron hasta 1961.

Tono le enseñó a todo el mundo, por orden cronológico, las fotos de la casa de la veintidós, en la que había trabajado seis meses con Rachid y en la que él había puesto los solados solo.

El marido de Nuria y Nacho descubrieron que eran del mismo pueblo. Alguien puso música y alguien la quitó.

A las doce menos veinte, la mujer de la veintidós le preguntó a Vera, de pasada, con el café en la mano y sin ninguna intención:

—Oye, ¿y vosotros al final vivís aquí todo el año o solo venís?

—Vivimos —dijo Vera.

Y siguió recogiendo los platos.

Se fueron a la una menos cuarto, todos a la vez y por la calle A, con los faros de tres coches bajando en fila hacia la rotonda, donde la farola estaba encendida y quieta.

Fermín se fue andando los cuatrocientos metros, como siempre, con la caja vacía debajo del brazo.

Martín salió a acompañarlo hasta el portón y volvió, y se quedaron los dos en el porche.

Dentro, en la cocina, en el segundo cajón por la izquierda, detrás de la bandeja de las cucharillas, seguía el cuaderno de hule verde con la goma puesta.

Ya no tenía cifras.

Tenía, desde octubre, otra clase de anotaciones, y no hay que enseñarlas, porque son cuatro palabras por página y no significan nada para nadie que no viva allí.

En el jardín, a cuatro metros y medio de la fachada sur, el limonero tenía puesta una guirnalda de luces.

La había puesto Vera aquella tarde, subida a la escalera de mano, con Martín aguantando abajo y diciéndole que estaba torcida. Eran ochenta bombillas pequeñas, de las blancas, y era la primera vez en quince años que aquel árbol tenía luz propia.

Se quedó encendida hasta las dos de la madrugada, que fue cuando se apagó la de la cocina.

Y a cuatrocientos metros, en el porche de la parcela nueve, la bombilla de cuarenta se apagó y se encendió dos veces antes de quedarse quieta.