La casa donde nunca vivimos Capítulo 48
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Capítulo 48

Martín llevó a su padre a ver la casa.

Lo llevó el lunes veintiocho por la mañana, en la furgoneta, con la ventanilla bajada, y aparcó dentro del portón, al lado del limonero, para que tuviera que andar poco.

Ginés bajó agarrado a la puerta y se quedó mirando la fachada un rato largo.

—Está acabada.

—Está acabada, papá.

—Pues ya era hora.

Entró. Y lo que hizo dentro fue lo que Martín sabía que iba a hacer y que no le había contado a nadie, porque no se puede contar.

No miró.

Fue tocando.

Pasó la mano por el canto del cerco de la puerta de entrada, con los cuatro dedos juntos y planos, de arriba abajo, y se paró en el rebaje.

Tocó el pasamanos de la escalera entero, los nueve metros, subiendo despacio, escalón a escalón, con la mano derecha corriendo por el iroko y sin mirar dónde ponía los pies.

En el rellano se detuvo en la tercera unión y volvió atrás un palmo.

—Aquí hay dos maderas.

—Es la misma, papá. Es de dos tablas distintas del mismo lote.

—Ya. Pues se nota.

Y se notaba. Martín lo sabía desde el diecinueve por la mañana y no se lo había dicho a nadie.

Abajo, en la cocina, Ginés abrió el segundo cajón por la izquierda, lo sacó del todo y le dio la vuelta.

Estuvo un minuto entero con el cajón bocarriba en las dos manos, mirándole el fondo, la ranura y las colas.

—Esto está bien hecho —dijo.

Y volvió a meterlo.

Fueron los tres minutos de aquella semana, y Martín, que llevaba dos años cogiéndolos como vienen, se quedó de pie en la puerta de la cocina y los dejó pasar sin decir nada.

Aquellos tres días últimos de septiembre pasaron muchas cosas pequeñas.

El lunes por la tarde llamó Quique Montoliu para decir que la licencia estaba firmada y que pasaran a recogerla cuando quisieran, y para decir otra cosa, que era la que le interesaba: que le habían entrado dos consultas de la urbanización en cuatro días.

La familia de la parcela veintidós, que eran adjudicatarios como ellos y que llevaban seis años sin hacer nada, y un señor de la quince, el del matrimonio que no se hablaba, que había llamado preguntando qué había que hacer para terminar.

—Se ha corrido la voz —dijo Quique—. En este pueblo se corre todo.

Y contó también la otra, que era mejor: que el lunes le había llamado una mujer de Levantia para pedirle una reunión en octubre sobre la fase dos, y que en el correo ponía, literalmente, con participación de los adjudicatarios actuales .

—Yo llevo once años en este ayuntamiento —dijo Quique— y esa frase no la había leído nunca en un correo de un fondo.

El martes vino Rachid a devolver el andamio y a cobrar la última certificación, y se quedó una hora tomando café en el porche.

—Nos han llamado los de la veintidós.

—Ya me lo ha dicho Quique.

—Y les hemos dicho que sí, si tú no los quieres. —Rachid se rio—. Que ya sé que no los quieres, que tú ahora tienes doce ventanas que enseñar por el pueblo.

—Cógelos tú, hombre.

—Ya los he cogido. —Bebió—. Tono está contentísimo. Dice que se va a comprar una furgoneta.

El miércoles por la mañana, en la carretera, Martín se cruzó con Nuria, que iba a la clínica, y pararon los dos coches ventanilla con ventanilla en mitad del camino, como se para la gente allí.

—¿Se ha acabado?

—Se ha acabado.

—¿Y os la quedáis?

—Nos la quedamos.

Nuria asintió dos veces, con las dos manos en el volante.

—Me alegro mucho, Martín. Y te lo digo de verdad, que a mí estas cosas me salen fatal.

—Te salen bien.

—Me salen fatal. —Metió primera—. Oye, y cuando tengáis luz y agua y todo eso, avisadme, que os llevo un perro. Que en una casa así hace falta un perro.

Y arrancó.

El miércoles por la tarde, Amparo Gil subió por primera vez a Mar de Azahar desde 2012.

Subió porque Vera fue a buscarla y porque no dijo que no. Estuvo hora y media y no dijo casi nada. Recorrió la casa entera detrás de su hija, con el bolso colgado del brazo, y en la planta alta dijo que la habitación de arriba era muy grande y que se iba a limpiar mal.

Al final se metió en la cocina y se puso a fregar los dos vasos y el hornillo que había en el escurridor, y Vera cogió el trapo y se puso a secar, y estuvieron así unos minutos, una fregando y otra secando, delante de una ventana con el limonero enfrente.

Martín las vio desde el porche y no entró.

Y el miércoles por la noche cenaron los cuatro en el suelo del salón: Ginés en la única silla, que era de plástico y la había traído Fermín, y los otros tres en el suelo con los platos en las rodillas.

Fermín llegó a las nueve menos cuarto con una bolsa.

Traía tomates, que quedaban ya pocos, medio kilo de almendras y un bote de mermelada de limón de medio kilo con una etiqueta escrita a boli.

En la etiqueta ponía 2023.

—Este es del año de los cuarenta y uno —dijo, y lo dejó en la encimera—. Lo tenía guardado. No sabía para qué.

Nadie le preguntó nada y él tampoco esperó a que le preguntaran.

Fue la primera vez en doce años que un vecino de Mar de Azahar cenaba en otra casa de Mar de Azahar.

Fermín contó lo del incendio de la treinta con todos los detalles y por primera vez, y contó también, ya con el café, que él en 2007 había comprado allí porque la comercial le había enseñado un plano con una plaza y una parada de autobús.

—La parada la ponían en la fase tres —dijo—. Yo la parada la sigo esperando.

Ginés estuvo callado casi toda la cena, en su silla de plástico, comiendo despacio.

A los postres se dirigió a Fermín y le preguntó de dónde era, y Fermín le dijo que de Miravent de toda la vida, y Ginés dijo que él también, y se pusieron los dos a repasar apellidos del pueblo durante veinte minutos, y no coincidieron en ninguno hasta que apareció uno y a partir de ahí ya no hubo quien los parara.

Vera y Martín recogieron los platos y los llevaron a la cocina y estuvieron los dos allí de pie un momento, oyendo a dos viejos discutir en el salón sobre si el hermano de un tal Vicent era carnicero o era del banco.

A las once menos veinte se fueron todos.

Martín llevó a su padre y volvió a por Fermín, que se negó y se fue andando los cuatrocientos metros porque siempre se iba andando.

Y a las once y veinte, ya solo, Martín cerró la casa.

Apagó la luz de la cocina desde la puerta, con la mano en el interruptor, y aquella fue la primera vez en doce años que apagaba aquella luz sin que fuera un secreto.

Se quedó un momento a oscuras.

Y luego volvió a darle al interruptor.

Se encendieron los dos plafones y la tira del vasar, y por la ventana grande salió toda aquella luz hacia el jardín y hacia el limonero y hacia los cuatrocientos metros de calle sin asfaltar que hay hasta la parcela nueve.

Estuvo tres segundos así, mirando por la ventana hacia el oeste.

Y a cuatrocientos metros, en el porche de la parcela nueve, la bombilla de cuarenta que llevaba ocho años encendida toda la noche se apagó, y se volvió a encender, y se volvió a apagar, y se quedó encendida.

Martín se quedó quieto un momento más.

Después apagó la suya.

Cerró con llave y bajó por la calle A.

En la rotonda, la farola estaba encendida. Fija, sin parpadear, con esa luz naranja y quieta de las farolas que funcionan. Alguien del ayuntamiento le había cambiado el balasto el viernes, después de once años, aprovechando que subía una brigada por lo del camino.

Martín pasó por debajo y no lo comentó con nadie.