La casa donde nunca vivimos Capítulo 47
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Capítulo 47

La sombra de la ventana del salón llegó hasta la pared del fondo a las seis y diez de la tarde.

Llega todos los días a esa hora en septiembre y no lo había visto nadie nunca, porque hasta el mes anterior aquel hueco había sido un agujero de dos metros por uno cuarenta abierto al monte, y un agujero no proyecta nada.

Ahora había una ventana.

Era de iroko, de dos hojas, con cuarterones: seis cuadros por hoja, doce en total, con sus junquillos y sus travesaños de cuatro centímetros.

Y a las seis y diez de la tarde, con el sol bajo y de lado, aquella carpintería se dibujaba en la pared blanca de imprimación, alargada y torcida por el ángulo, con los doce cuadros de luz separados por las líneas de sombra de la madera.

Y dentro del dibujo, en el tercer cuadro empezando por abajo a la izquierda, estaba la sombra de la maceta.

El esqueje había echado dos hojas más en once días. Se le veían las seis, pequeñas y en abanico, recortadas en la pared, y la línea del borde de la maceta, y hasta la marca del alféizar.

Vera lo estuvo mirando desde el centro del salón un buen rato.

El salón estaba vacío del todo. Cuarenta y dos metros cuadrados, el suelo de gres gris recién fregado, las paredes con la imprimación blanca dada hacía cuatro días por Rachid con rodillo y sin ninguna gracia, y el techo con el encuentro perfilado a brocha.

Una habitación blanca y vacía es una cosa difícil de mirar. No tiene escala. Vera lo sabía desde la escuela: hasta que no hay un color o un mueble, un espacio no se lee, y por eso los promotores enseñan los pisos amueblados y por eso todas las casas piloto del mundo tienen un sofá.

Aquella tenía una sombra.

Después abrió la lata.

La abrió con el destornillador plano, haciendo palanca en los cuatro puntos, y removió con el palo de madera hasta el fondo, que es lo que hay que hacer con un mate porque el pigmento se va abajo.

Removió tres minutos largos, en ocho, sin prisa, hasta que el color de arriba y el de abajo fueron el mismo.

Martín llegó aquel sábado veintiséis a las seis y veinte, con dos brochas nuevas de cuatro pulgadas y una escalera.

—Ya has abierto.

—Ya he abierto.

Se quedó un momento mirando el color dentro de la lata, que es distinto del color de la carta y siempre más oscuro.

—El del proyecto era el blanco roto seiscientos doce —dijo—. Lo elegimos en la caseta de ventas.

—Ya.

—Estaba bien.

—Estaba bien para 2012.

—Estaba bien —repitió él—. Yo lo digo por decirlo.

—Ya lo sé.

Y eso fue todo lo que se dijo del blanco.

Vera cargó la brocha. La cargó como se carga: hasta la mitad de la cerda, escurriendo en el borde de la lata las dos caras.

Se acercó a la pared.

Y dio el primer brochazo en mitad de la sombra.

Lo dio en horizontal, a la altura del pecho, de izquierda a derecha, cruzando cuatro de los doce cuadros de luz y las tres líneas de sombra que los separaban.

Un brochazo de sesenta centímetros, con la carga desigual, más oscuro en el arranque y más seco en el final, con las marcas de la cerda visibles.

Cuando levantó la brocha, la sombra de la ventana seguía allí encima. Se veía perfectamente sobre el rojo, en un tono más apagado.

Eso es lo que hace la luz: no le importa lo que haya debajo.

Vera se quedó un momento con la brocha en la mano, a medio metro de la pared, mirando la franja mojada.

El rojo, recién dado, era mucho más oscuro.

Se aclararía al secar dos tonos y quedaría el de la lata, el de los ribazos, pero en aquel momento era casi granate y brillaba, y por encima le cruzaban tres líneas de sombra y cuatro cuadros de luz y, en el segundo cuadro por la izquierda, el borde curvo de una maceta con seis hojas pequeñas.

Martín cargó la segunda brocha.

Se puso a su izquierda, a un metro, y empezó por el ángulo, que es por donde hay que empezar cuando son dos, para no cruzarse.

Estuvieron dos horas.

Dieron la primera mano del paño entero, los siete metros y medio de la pared del fondo, subiendo con la escalera para el encuentro con el techo y bajando hasta el rodapié.

Trabajaron sin hablar casi nada: dos o tres cosas de oficio, la brocha esta que suelta pelo, ahí te ha quedado una calva, pásame el trapo.

Pintar a brocha es un trabajo que ocupa las manos y deja libre todo lo demás, y es por eso por lo que la gente pinta cuando le ha pasado algo.

Vera lo hizo bien, además. Cargaba poco y cruzaba, que es lo correcto y lo que menos apetece, porque cargando mucho se avanza el doble y se ve el triple. A la media hora tenía el antebrazo derecho agarrotado y se cambió de mano diez minutos, y con la izquierda le salió peor y volvió a la derecha.

A la hora tuvieron que parar a limpiar una gota que había caído en el gres y que ya estaba medio seca, y la quitaron entre los dos con un trapo y agua, agachados, y aquello les llevó un cuarto de hora y fue lo más parecido a una conversación que tuvieron en toda la tarde.

La sombra se fue moviendo mientras pintaban, porque las sombras hacen eso. A las siete y cuarto ya no llegaba a la pared del fondo: estaba a media altura y torcida. A las siete y media estaba en el suelo. A las ocho menos cuarto se fue del todo.

Terminaron a las ocho y cinco, con la última luz.

Bajaron al porche a lavar las brochas en un cubo con agua de la garrafa, sacudiendo y escurriendo, hasta que el agua salió casi limpia. El agua del cubo se quedó de un rosa sucio y Martín lo vació en el alcorque del limonero, que es donde se vacía todo allí.

Y las dejaron a secar en el alféizar de la ventana del salón, por fuera, apoyadas de canto contra el cristal, con las cerdas hacia arriba y separadas un palmo, al lado de la maceta.

La pared quedó a medias. Se veía desde el porche por la ventana: un paño entero de rojo almagra de primera mano, con las pasadas marcadas y la imprimación asomando en dos sitios.

Se apartaron unos pasos, hasta el borde del porche, y luego hasta el limonero, que está a cuatro metros y medio de la fachada sur, porque un limonero adulto quiere ese espacio.

Desde allí, con la puerta abierta y la luz de dentro apagada, la pared se veía entera por el hueco de la ventana.

—Mañana damos la segunda —dijo Martín, cerrando la lata con el mango del destornillador—. Esta hay que dejarla secar entera. Si la cargas ahora, se arrastra.