Capítulo 46
Martín llevaba veinte minutos mirándole la mano.
Había venido a firmar lo que ella firmara. Se lo había dicho el martes en el suelo del salón, se lo había repetido el miércoles con el tasador delante y se lo había prometido a sí mismo el jueves por la noche en el taller, que fue lo difícil.
Y estaba cumpliendo. Tenía las dos manos encima de la mesa, quietas, y llevaba veinte minutos sin decir una palabra y sin mirarla a la cara, porque mirarla a la cara habría sido una manera de decirle algo.
Lo que sí miraba era la mano derecha.
Vera tenía el bolígrafo cogido de la manera en que ella cogía los bolígrafos, con el índice muy estirado, y lo tenía sobre el papel, y no lo había movido desde que el notario había empezado el expositivo tercero.
El notario terminó de leer y levantó la vista.
—¿Alguna observación antes de proceder?
—Sí.
Lo dijo Vera.
Dejó el bolígrafo encima de la mesa, al lado de la escritura, y lo dejó bien, en paralelo al borde, que es una cosa que hace la gente cuando ha decidido algo.
—No vamos a vender.
Martín no se movió.
En la mesa hubo tres segundos de esos que en una notaría duran más.
—Bien. —El notario cerró la carpeta con la naturalidad de un hombre al que se le han caído cuatrocientas escrituras en cuarenta años—. Entonces esto no se otorga y ya está.
La abogada joven de Levantia empezó a decir algo sobre la aceptación previa por correo electrónico y Sonia Roig le puso dos dedos en el antebrazo.
—Déjalo.
—Sonia, hay una aceptación de términos del día...
—Hay una aceptación de términos que no es un contrato y tú lo sabes, y aunque lo fuera, no vamos a demandar a nadie por una casa. —Sonia empezó a recoger sus papeles—. Déjalo, Marta.
Vera seguía mirando al notario.
—Y quiero otorgar otra cosa, si puede ser hoy y si él está de acuerdo.
—Depende de lo que sea.
—Un pacto de indivisión. —Vera puso las dos manos abiertas sobre la mesa—. La finca queda como está, por mitades indivisas entre los dos. Y queremos pactar que ninguno de los dos pueda pedir la división de la cosa común ni vender su mitad sin el consentimiento del otro. Cinco años. Prorrogables.
El notario se echó hacia atrás.
—Eso es del cuatrocientos del Código Civil y se puede hacer hasta diez años. —Miró a Martín por encima de las gafas—. ¿Usted está de acuerdo?
Y Martín, que llevaba cuatro días diciéndose a sí mismo que no iba a poner ninguna cara pasara lo que pasara, descubrió allí mismo que no había ensayado esta.
—Sí —dijo.
Le salió normal. Eso fue lo único que le salió bien en toda la mañana.
—Bien. Eso se lo puedo tener a las dos, que es un documento corto. —El notario le hizo una seña al oficial—. Antonio, prepara una minuta de pacto de indivisión sobre la cuatro mil ciento doce, cinco años, prorrogable por acuerdo expreso.
Y entonces Vera se giró en la silla.
Se giró hacia él por primera vez en toda la mañana, con la escritura sin firmar delante y el notario y el oficial y las dos mujeres de Levantia todavía en la mesa, y Martín entendió con horror que iba a decirlo allí.
—Cinco años no es para siempre.
—Ya.
—Y yo el uno de octubre no firmo en Róterdam, pero eso no significa que sepa lo que va a pasar en marzo, ni en dos años, ni con nosotros dos. No lo sé. Y no te lo voy a prometer, que ya te dije que no prometo nada.
—Vera, no hace falta que...
—Sí hace falta. —Tenía las dos manos encima de la mesa—. Porque llevas cuatro días pensando que me quedo por lástima, o por el cuaderno, o por lo de tu padre. Y no. Y te lo tengo que decir hoy, y delante de gente, porque si te lo digo el lunes en el porche va a parecer que me lo he pensado.
El notario se quitó las gafas y se puso a limpiarlas, que es lo que hacen los notarios cuando quieren desaparecer de una habitación.
—Esa casa la firmamos a los veinticuatro años para una vida que no tuvimos —dijo Vera—. Y yo he estado tres meses pensando que lo que estábamos haciendo era terminar aquello. Acabar lo que dejamos a medias. Y no es eso, Martín, y lo entendí ayer por la mañana andando por la planta alta.
—¿Y qué es?
—Que aquella casa ya no existe. Le hemos tirado el tabique del office y le hemos cambiado la planta alta y le hemos puesto un forjado nuevo y unas ventanas que no estaban en ningún plano.
De la de 2012 no queda ni la distribución.
—Bajó la voz un poco, aunque la sala entera la estaba oyendo igual—.
Yo no quiero terminar lo que soñamos. Quiero empezar lo que somos.
Martín se quedó mirando la mesa.
Y no dijo nada durante cinco segundos, y luego dijo lo único que le salió, que fue:
—Vale.
Y a la abogada joven de Levantia, que tenía veintiocho años y estaba en su tercer mes en el despacho, se le puso una cara que Sonia Roig le vio perfectamente y no le comentó nunca.
Sonia Roig se levantó y se colgó el bolso.
Se paró detrás de su silla, con la carpeta debajo del brazo, y los miró a los dos.
—Bueno —dijo—. Pues nada.
—Sonia, yo...
—No, no. Ni se le ocurra pedirme perdón, señora Lozano, que llevo quince años en esto y esta es la tercera vez que me pasa. —Se puso las gafas de sol en la cabeza—. Y las tres me han caído bien las personas, que es lo que más me fastidia.
Se dio la vuelta y luego se giró otra vez, ya en la puerta.
—Les digo una cosa y me voy. La fase dos la vamos a replantear igual, y yo voy a proponer a mi comité que se haga con los adjudicatarios dentro en vez de comprarles el suelo.
Que se lo he propuesto tres veces en dos años y me han dicho tres veces que no.
—Se encogió de hombros—. Esta vez tengo un argumento mejor, que es que hay una casa terminada con una cocina que no se puede tasar y dos personas que han preferido eso a un talón.
—Gracias.
—No me las dé. —Sonia abrió la puerta—. Enhorabuena. Odio perder contra las buenas historias.
Y se fue.
Lo demás fue lo que es: papeleo. El oficial tardó dos horas y diez minutos en tener la minuta.
Ellos bajaron a comer un bocadillo en un bar de la calle de al lado y no hablaron de nada de lo que había pasado arriba, y hablaron en cambio de la fachada norte, del rodapié del rellano y de si al esqueje del alféizar le hacía falta una maceta más grande.
A las dos y veinte volvieron a subir y firmaron.
Y a las tres menos cuarto estaban los dos de pie en la acera de la calle Enmedio, con una copia simple cada uno en la mano, en mitad de la hora de comer de un viernes de septiembre, sin saber qué hacer con las manos ni con el resto del día.
—Bueno —dijo Vera.
—Bueno.
Volvieron por la nacional. Pararon en la ferretería de Miravent a las cuatro menos veinte, que era la de Sanchís de toda la vida y no tenía nada que ver con ellos, y entraron al pasillo de la pintura.
Martín cogió una carta de colores.
—Para el salón —dijo—. Yo el blanco roto que había en el proyecto no lo pondría, que ya está muy visto.
Vera no cogió la carta.
Se fue directa a la estantería del fondo, la de los pigmentos y los siliconados, y cogió una lata de cuatro litros de la balda de abajo sin mirar ninguna otra.
Era un rojo oscuro, terroso, mate. El color de la tierra de allí, el de los ribazos de la carretera del mar cuando llueve, el de las tejas viejas de la fase uno.
—Rojo almagra —dijo.
El dependiente lo pasó por el lector.
—¿Cuántas manos?
Y contestó Martín.
—Las que hagan falta.