Capítulo 45
Vera Lozano subió sola a la veintisiete la mañana del veinticinco.
Tenía la cita a las once y media en Castellón y hora y media de nada por delante, y había subido con una excusa que ya ni se molestó en formular. Aparcó fuera del portón, abrió con la llave del juzgado y entró.
La casa estaba vacía y terminada y en silencio.
El día anterior habían sacado la borriqueta, el último resto de obra, y aquella mañana no quedaba absolutamente nada: ni una caja, ni un saco, ni una herramienta.
Solo el suelo brillante, las paredes con la imprimación blanca, las doce ventanas cerradas y una maceta de barro con un esqueje de limonero en el alféizar del salón.
Vera anduvo la casa entera, de habitación en habitación, sin encender ninguna luz.
Subió despacio, con la mano en el pasamanos nuevo, y en el rellano notó con la yema la unión de la tercera pieza, donde las dos tablas del mismo lote no habían quedado del mismo tono.
En el dormitorio grande, el que ahora daba al sur, la luz de las ocho y media entraba entera y llegaba hasta la pared del fondo.
En el baño de arriba estaba el azulejo verde grisáceo que habían elegido sin darse cuenta en un pasillo de Cerámicas Bonet e Hijos un domingo de agosto.
Bajó. Miró el hueco del office donde había estado el tabique. Miró el paño de ladrillo cara vista de metro veinte junto al ángulo del muro oeste, con las cuarenta rayas de lápiz de carpintero agrupadas de cinco en cinco y la última tachada del todo.
Y por el camino, sin permiso, se le puso delante la otra vida.
Es un martes de marzo y son las siete y cuarto de la mañana y llueve fino, como llueve allí.
La casa es un tercero de Rijnhaven con el suelo de madera clara y una ventana de cocina de dos metros y medio que da al río, y por esa ventana, mientras se hace el café, se ven pasar las gabarras hacia el puerto, cargadas, muy despacio, con un hombre en la popa que a veces levanta la mano.
Es un piso pequeño y bien hecho. Lo eligió ella sola en noviembre, cuatro meses después de volver, y lo eligió por la cocina.
Va andando al estudio, veintidós minutos, con el impermeable bueno. En la puerta pone Anker el oficial; Sonia Roig, con la carpeta y una abogada joven; Martín, con la camisa buena y las manos encima de la mesa; y Vera.
Delante de cada uno, un juego de papeles.
—Bien —dijo el notario—. Tenemos dos escrituras esta mañana. La primera es la declaración de obra nueva terminada de la finca registral cuatro mil ciento doce, que hay que otorgar en todo caso porque la licencia se concedió el miércoles. Y la segunda es la compraventa.
Puso la mano encima del segundo montón.
—Empezamos por la primera, que es de ustedes dos y no admite discusión.
La leyó entera. Tardó nueve minutos: la descripción de la finca, la superficie construida, las dos plantas, la distribución conforme al certificado final de obra suscrito por la arquitecta doña Vera Lozano Gil, la licencia municipal, el seguro decenal, la referencia catastral.
Firmaron los dos. Primero él, con la firma corta de dos trazos. Después ella.
—Perfecto. —El notario apartó aquel montón y acercó el otro—. Vamos con la segunda.
Y empezó a leer.
—Comparecen, de una parte, don Martín Sanchís Ferrer y doña Vera Lozano Gil, en adelante la parte vendedora, y de otra, Levantia Capital S.L.U.
, representada en este acto... —Pasó una hoja—.
Que son dueños en pleno dominio y por mitades indivisas de la finca descrita en el expositivo primero, que se transmite como cuerpo cierto, en el estado de conservación que la parte compradora declara conocer y aceptar, y libre de cargas y gravámenes.
Vera tenía el bolígrafo en la mano.
Lo tenía cogido desde hacía tres minutos, encima de la línea de puntos.