La casa, año once
La casa, año once
Año once.
En octubre cambiaron los carteles de la valla.
El de la administración concursal llevaba nueve años en el portón: plastificado, con un teléfono de nueve dígitos y el sol comido de un lado. Lo desatornillaron y lo tiraron en un contenedor de la calle B.
El nuevo era de PVC y medía dos metros por uno, con fondo blanco y letras azules, y decía OPORTUNIDAD DE INVERSIÓN y debajo un nombre y una web.
Pusieron cuarenta y uno iguales en toda la urbanización, uno por parcela disponible, y desde la carretera del mar se veían todos a la vez, alineados, como cuando se pone la misma bandera en un barrio entero.
En noviembre vinieron los hombres con tablets.
Eran tres y llevaban chalecos amarillos. Estuvieron dos días. Midieron con un aparato de tres patas que se ponía en mitad de la calle y giraba solo, y fotografiaron las catorce ruinas por fuera, y en la parcela veintisiete estuvieron once minutos.
No entraron en la casa. No tocaron nada. Ni una puerta, ni una ventana, ni el limonero. Uno de ellos se acercó al portón, hizo cuatro fotos por encima de la valla y volvió a la calle sin abrir.
Aquel año, en marzo, en un juzgado de Castellón, terminó de verdad un pleito que había empezado en 2015.
Sentencia firme, sin recurso posible, cuarenta y ocho compradores cobrando lo suyo once años después.
La administración concursal recibió la orden de cerrar y empezó a hacer lo que hacen las administraciones concursales cuando cierran, que es repartir lo que queda.
Ese mismo año, en mayo, en la oficina de la plaza de Miravent, un hombre hizo cola un martes por la mañana y pagó mil doscientos diez euros de tasas de conservación y de IBI de una unidad que ya nadie sabía muy bien de quién era.
Fue el undécimo año seguido. No había ninguna razón para hacerlo, porque el concurso se estaba cerrando y aquellas fincas iban a cambiar de manos igual.
Lo apuntó en el cuaderno con la fecha y la cifra, como los otros diez.
Y en el norte, aquel año, en un despacho con una ventana que daba a un canal, una mujer recibió una carta de dos folios con un membrete que llevaba su propio apellido dentro.
Era una oferta de sociedad plena con una fecha de firma: el uno de octubre de 2026. Dieciocho meses vista. En los estudios serios estas cosas tardan eso.
Ella la leyó dos veces, dijo que sí de palabra en la misma reunión y no firmó nada, porque no había nada que firmar hasta la fecha.
Guardó la carta en el primer cajón, debajo de un bolígrafo.
Aquel año la casa dejó de estar sola y pasó a estar disponible, que en una valla se escribe con otras letras y con otro color.