La casa donde nunca vivimos Capítulo 44
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Capítulo 44

El tasador de Levantia se llamaba Aitor, tenía treinta y pocos años, un metro láser, una tablet con un formulario y las prisas de un hombre que tiene tres visitas más aquel miércoles veintitrés.

Sonia no vino. Mandó un correo diciendo que el tasador era independiente y que ella no pintaba nada en una visita técnica, lo cual era verdad y era también una manera de decir otra cosa.

Aitor trabajó bien y deprisa. Midió las dos plantas en veinte minutos. Fotografió la fachada desde los cuatro lados. Anotó la carpintería exterior, la instalación, los sanitarios, el gres, el año de la estructura y el año de la terminación, que no coincidían y que le hicieron levantar las cejas.

—Eso es.

—Vale. —Tecleó—. Eso lo tengo que reflejar.

Delante de las ventanas también se paró, aunque menos.

—¿Esto es madera maciza?

—Iroko.

—¿Las doce?

—Las doce.

—Buf. —Aitor midió una hoja con el metro y anotó la sección—. Es que hoy nadie pone madera. Ponen PVC y a correr. Esto es carpintería de las de antes.

—Sí.

—¿De taller de aquí?

—De aquí.

Anotó. En la casilla de carpintería exterior había cuatro opciones y eligió la última, que decía OTROS, y escribió a mano madera maciza, taller local , y siguió.

Y a las once y cuarto entró en la cocina.

Se paró.

—Ostras.

Martín estaba en el salón y no dijo nada. Vera estaba en el porche revisando la carpeta y entró al oír aquello.

Aitor estaba de pie en mitad de la cocina, con la tablet colgando de la mano, mirando el vasar corrido.

—Perdón. Es que llevo ocho años haciendo esto y no había visto una cosa así en una vivienda de esta tipología. —Se acercó a un mueble bajo y sacó un cajón—. ¿Esto es cola de milano?

—Sí.

—Hecha a mano.

—Sí.

—¿Y esto qué es, haya?

—Haya vaporizada.

—Vale. —Aitor se rascó la nuca—. Es que yo esto no lo puedo meter en la ficha.

—¿Cómo que no? —dijo Vera.

—Es que el formulario tiene tres casillas: cocina básica, cocina media y cocina alta gama.

Y alta gama, para nosotros, es una marca alemana de las de catálogo.

—Enseñó la pantalla—. Esto no es de catálogo.

Esto es otra cosa. Si le pongo alta gama, en la tasación me sube diez o doce mil, y si le pongo lo que vale de verdad, el sistema me lo rechaza porque se sale de horquilla.

—Ponga lo que vale de verdad y que lo rechacen.

—Ya, pero es que...

—La cocina no está en venta.

Lo dijo Martín desde la puerta.

Los dos se giraron.

Estaba apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos, con la voz de siempre.

—¿Perdón? —preguntó Aitor.

—Que la cocina no entra en la venta. Se vende la casa sin cocina. —Se separó del marco—. Si quieren la casa, la casa está ahí. La cocina no.

Vera se lo quedó mirando.

—Martín.

—Lo digo en serio.

—Ya sé que lo dices en serio.

Aitor miraba a uno y a otro con la tablet en la mano.

—A ver, yo esto... —Empezó a hablar y paró—. Perdonen, ¿es una broma? Porque si es una broma no la pillo y si no lo es tengo un problema.

—No es una broma.

—Es que una cocina no se puede excluir de la venta de un inmueble, señor. O sea, sí, se puede pactar, se pactan cosas más raras, pero es que técnicamente esto es un elemento fijo. —Aitor señaló el vasar—. Esto va tomado en el alicatado.

—Ya lo sé. Lo puse yo.

—Pues si lo quita usted, se lleva medio paño de azulejo detrás.

—Ya lo sé. Lo puso Tono.

—¿Y quién es Tono?

—Un chaval de Torreblanca.

Aitor se quedó dos segundos con esa información, que no le servía absolutamente de nada, y decidió no seguir por ahí.

—A ver. Le hago una pregunta técnica y me la contesta usted como profesional, que se ve que lo es. ¿Cuánto tardaría en desmontar esa cocina?

—Cuatro días.

—¿Y quedaría entera?

—No.

—¿Qué se rompería?

—El vasar, seguro. Los altos, dos de cuatro. Los bajos salen bien. —Martín no había movido las manos de los bolsillos—. Y el paño de azulejo de detrás entero, que son once metros cuadrados y no queda ninguno de esa serie.

—O sea que usted rompería su propia cocina antes que venderla.

—Yo no la voy a romper. Yo he dicho que no está en venta.

Aitor sacó el móvil y llamó a Sonia desde el jardín, y como en el jardín de la veintisiete se oye todo, se oyó todo.

Se oyó cómo se lo explicaba dos veces. Se oyó cómo decía la palabra cocina siete veces. Se oyó un silencio largo. Y se oyó, al final, la voz de Sonia Roig por el altavoz del móvil de Aitor, con la nitidez de las cosas que se dicen sin saber quién las oye:

—Aitor, escúchame. Tú pon en la ficha que la cocina no forma parte de la operación y que el vendedor se reserva su titularidad. Y lo firmamos así si hace falta.

—Sonia, eso no se sostiene.

—No, no se sostiene. Ponlo igual. —Otro silencio—. Y no discutas con ese hombre.

Aitor volvió a entrar, se quedó en la puerta del salón y no dijo nada durante unos segundos.

Después se fue a la cocina, apoyó la tablet en la encimera de haya y empezó a rellenar la casilla.

Y ahí fue cuando Vera se rio.

Le salió de golpe, sin avisar, la primera vez en veinticuatro días: una carcajada corta y fea, con la mano en la boca, de pie en el salón, mirando a un tasador de treinta años intentando meter doce años de noches en un formulario de tres casillas.

Se rio dos o tres segundos.

Y a mitad del tercero se le paró.

Porque acababa de entender, con toda la claridad del mundo y en el peor momento posible, lo que aquel hombre estaba diciendo con eso.

Que no se puede vender.

Que se puede vender la casa, y el suelo, y las doce ventanas, y el forjado que apearon a las cinco y media de la mañana. Que todo eso tiene un precio y sale en una horquilla.

Y que hay una habitación de doce metros cuadrados que no tiene ninguna, y que se puede arrancar, y que si se arranca se rompe, y que él lo sabe mejor que nadie porque la hizo pieza a pieza durante nueve años.

Y entendió también la otra parte, que era la que iba con su nombre.

Que aquel hombre no estaba diciendo no vendo .

Aquel hombre había dicho el martes por la tarde, sentado en el suelo de aquel salón, que la decisión era de ella, toda, por una vez, y no había vuelto a discutirlo, y no lo iba a discutir el viernes, y no le había puesto ni una sola cara en veinticuatro horas.

Lo que estaba haciendo era otra cosa. Estaba avisando de cuál era el precio.

No el de la casa. El de la operación entera. Estaba diciendo, delante de un tasador de treinta años con una tablet, que aquello se podía vender y que él firmaría lo que ella firmara, y que lo que no iba a hacer era fingir que no había nada dentro que no cupiera en un formulario.

Vera se giró hacia la ventana y se quedó mirando el limonero.

Martín no se movió del sitio.

A las doce menos veinte Aitor terminó, recogió el metro y se despidió con la mano desde el porche.

Los dos estaban de pie detrás de él cuando guardaba la tablet, y los dos leyeron por encima de su hombro, sin querer y a la vez, la última línea que había escrito en el formulario, en la casilla de observaciones:

Cocina: sin valorar. Litigioso.

No se miraron.