La casa donde nunca vivimos Capítulo 43
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Capítulo 43

Por primera vez, Vera y Martín estuvieron dentro de aquella casa sin nada que hacer.

Ese fue el descubrimiento de la primera media hora y no lo había previsto nadie.

En ciento seis días no habían estado nunca en aquella casa sin una tarea.

Siempre había un metro, un plano, un saco, una llamada, una lista.

Aquella tarde del veintidós no había nada: la casa estaba terminada, limpia, con la luz de las seis entrando por doce ventanas de iroko, con el acta favorable de Quique en una carpeta y con la licencia en tramitación.

Vera había preparado la conversación. La había preparado el domingo por la noche, la había repasado el lunes y la llevaba escrita en la última hoja de la libreta de obra, en cuatro puntos, con la letra de imprenta.

Y a los dos minutos de empezar, la vida hizo lo que hace con los guiones.

Empezó bien. Se sentaron en el suelo del salón, con la espalda contra la pared, porque no había ni una silla, y ella dijo:

—Antes de nada quiero decirte tres cosas, y quiero decirlas seguidas.

—Dilas.

—La primera. No te he perdonado.

Martín asintió.

—Y no sé cuándo voy a perdonarte, y no te voy a decir que lo estoy intentando, porque no lo estoy intentando: estoy haciendo otra cosa, que es aprender a tener las dos verdades en la cabeza al mismo tiempo sin que se anulen.

—Vera miraba al frente—. Eso me está costando muchísimo y es lo único que puedo ofrecerte hoy.

—Con eso me vale.

—No me digas eso.

—Es que me vale.

—Ya, pero no me lo digas. —Se pasó la mano por la cara—.

La segunda. Lo que hiciste con la cocina y con los recibos yo no lo llamo amor.

Lo he pensado mucho y no lo llamo así. Doce años pagando en secreto y montando muebles de noche no es quererme: es no soportar lo que hiciste.

Y eso, la parte de expiar, a mí no me sirve de nada, porque en todo eso yo no estaba.

—Ya lo sé.

—Pero hay otra parte. —Y ahí bajó la voz—.

Hay una parte que no es esa, y es la de las tejas de 2017.

Y la del vallado. Y la de la bombilla del porche de Fermín, que está apuntada en tu cuaderno a tres euros con ochenta.

Y la de la caja de limones. Eso no era penitencia.

Eso era cuidar una cosa. Y esa parte no la puedo negar y no la voy a negar, y te la reconozco.

Martín no dijo nada durante un rato.

—Gracias.

—Y la tercera es lo que he venido a decirte. —Vera puso las manos encima de las rodillas—. Creo que hay que vender.

Y ahí sacó los argumentos, y los sacó bien, porque eran buenos.

Le dijo que la casa, terminada y con licencia, valía entre un cuarenta y un cuarenta y cinco por ciento más que lo que ofrecía Levantia en junio, y que con la venta él tenía resuelto lo de su padre para siempre, con una persona por las mañanas y otra por las tardes si hacía falta, y que eso, dicho en frío, era más importante que todo lo demás que se estaba hablando en aquel salón.

Le dijo que ella tenía once años de trabajo y una firma que se firmaba el uno de octubre.

Le dijo que aquella casa estaba a dos kilómetros de un pueblo de cuatro mil habitantes, en una urbanización de sesenta y dos parcelas donde vivía un señor de ochenta y dos años, sin transporte, sin comercio y con una farola fundida, y que ella no tenía en Miravent ni un cliente ni un colegio profesional ni una sola razón laboral, y que eso, dicho en frío, era una parte del problema que nadie había puesto nunca encima de la mesa porque sonaba prosaico.

Le dijo que aquella casa la habían firmado dos personas de veinticuatro y veinticinco años que ya no existían, y que la habían terminado dos personas de treinta y ocho y treinta y nueve que se conocían desde hacía tres meses y medio, y que meterse a vivir juntos ahora mismo en un chalet a dos kilómetros de un pueblo, con lo que sabían el uno del otro desde hacía tres semanas, sería la segunda decisión precipitada de la historia de los dos.

Y le dijo la frase que llevaba preparada, que era la que había escrito el domingo por la noche:

—La casa era de quienes fuimos. Nosotros ya somos otros.

Se quedó callada.

Martín estuvo mucho rato sin decir nada. Tanto que Vera se giró para mirarle la cara.

Tenía las dos manos colgando entre las rodillas y estaba mirando la puerta de la cocina.

—Di algo.

—¿Quieres que te diga lo que pienso o quieres que te diga lo que quiero?

—Las dos cosas. Por ese orden.

—Lo que pienso es que tienes razón en todo. —Martín se apoyó mejor en la pared—. En lo de mi padre tienes razón y esa es la que más pesa. En lo de tu trabajo tienes razón. Y en lo de que somos otros también, aunque eso a mí me duela más que las otras dos.

—¿Y lo que quieres?

—Lo que quiero es no vender.

Lo dijo sin ninguna carga, como quien contesta a una pregunta técnica.

—Lo que quiero es quedármela y arreglar los cuatro días que faltan y estar aquí el uno de octubre. Eso es lo que quiero y lo he querido siempre y no ha cambiado nada. —Se giró hacia ella—. Y ahora te voy a decir la única cosa que he venido yo a decir hoy, y es esta.

Vera esperó.

—Es tuya la decisión.

—Martín...

—Déjame acabar, que la he ensayado. —Y le salió una media sonrisa que le duró medio segundo—. Es tuya la decisión. Toda. Por una vez.

Se quedó mirándola.

—Yo en 2014 decidí por ti. Y en 2015 firmé por ti en un juzgado.

Y en 2016 empecé a pagar por ti sin preguntarte.

Y en 2020 apagué una luz por ti. —Fue contando con la mano abierta, sin levantar la voz—.

Cuatro veces, por lo menos. Y las cuatro veces me pareció que era lo mejor para ti, y las cuatro veces tenía yo información que tú no tenías, y las cuatro veces me lo callé. Así que esta la decides tú.

—Eso es muy cómodo.

—Ya sé que lo parece.

—No, si no es un reproche. —Vera tenía los ojos fijos en el suelo—. Es que si tú no dices lo que quieres, la que decide sola soy yo. Y entonces te estoy haciendo a ti lo que tú me hiciste a mí.

—Yo acabo de decir lo que quiero. Te lo he dicho hace treinta segundos y sin adornos: no quiero vender.

Ya está dicho y no lo voy a repetir ni una vez más, ni hoy, ni el jueves, ni el uno de octubre.

—Martín se puso de pie y le tendió la mano para levantarla—.

Lo que no voy a hacer es pelearlo. Porque si te lo peleo y tú te quedas, dentro de cinco años yo no voy a saber nunca si te quedaste tú o te quedé yo.

Y esta casa ya ha tenido bastante de eso.

Vera le cogió la mano y se levantó.

—Yo firmo lo que tú firmes —dijo él—. El viernes, en la notaría, lo que tú pongas encima de la mesa lo firmo. Y no voy a poner ninguna cara.

—Eso ya lo dijiste una vez.

—Sí. En julio. Y aquella vez era mentira a medias. —Se quedó con la mano de ella todavía cogida un segundo más de lo necesario y luego la soltó—. Esta no.

Estuvieron en aquel salón hasta las ocho menos veinte, casi sin hablar, y a las ocho menos veinte Vera cogió el móvil.

Buscó el número en los contactos, salió al porche y volvió a entrar mientras daba tono, y se quedó de pie en mitad del salón, delante de él, con el altavoz no puesto.

—Sonia. Buenas tardes, soy Vera Lozano.

Martín se quedó donde estaba.

—Sí. Está terminada. El acta favorable la firmó el técnico el sábado y la licencia sale esta semana. —Una pausa—. Sí. Por eso la llamo. ¿Su notaría de Castellón tiene hueco el viernes por la mañana?

Otra pausa, más larga.

—Perfecto. A las once y media. Que preparen lo que tengan que preparar.

Y colgó.

Martín no preguntó nada, que era exactamente lo que había dicho que iba a hacer.

Y Vera, que se guardó el móvil en el bolsillo trasero y se quedó de pie en el salón de aquella casa mirando por la ventana grande, tampoco habría podido contestarle.