Capítulo 42
Lo de la viga se lo contó Tono el lunes veintiuno a las diez y media de la mañana, sin la más mínima intención y sin saber lo que estaba haciendo.
Estaban los dos cargando en la furgoneta los restos de la obra: los cortes de iroko, los sacos vacíos, el cartón de la plantilla, las cajas de los sanitarios. La casa estaba terminada y aquello era la última faena fea que quedaba, la del contenedor.
—Oye, Martín.
—Dime.
—Que el otro día, cuando fui al banco a por lo de la nómina de agosto, la de la ventanilla me preguntó por la obra de la veintisiete. —Tono lanzó un saco al fondo—. Y me dijo que menudo susto lo del forjado, que la arquitecta pasó un mal rato con el traspaso ese de fuera.
Martín se paró con una caja en las manos.
—¿Qué traspaso?
—El de julio. El de los veintidós mil. —Tono se encogió de hombros—. La chica esa es prima de mi cuñada, ¿sabes? Y me lo dijo así, sin más, porque le hizo gracia que viniera de un banco de fuera. Dice que a ella nunca le entran transferencias de Holanda.
—¿De Holanda?
—De Holanda. De una cuenta de ella.
Y siguió cargando.
Martín se quedó con la caja en las manos treinta o cuarenta segundos.
Después la puso en la furgoneta, se limpió las manos en el pantalón y se fue andando hasta el limonero, y allí sacó el móvil y abrió el correo, y buscó, y encontró en dos minutos lo que llevaba dos meses delante de las narices.
El extracto de la cuenta de obra de julio. Un ingreso de veintidós mil cien euros el veintinueve, sin ordenante visible en el resumen que ella le había mandado, con el concepto que ella había escrito en la casilla y que Martín había leído en su día sin fijarse.
Obra veintisiete.
Y la conversación de aquella tarde, en el taller, de pie, con ella con la bolsa colgada del hombro.
—¿Y el dinero?
—Está.
—¿Está de dónde?
—Está de la cuenta de la obra.
A las once y media Martín le dijo a Tono que se iba al pueblo, se subió a la furgoneta y no fue al pueblo.
Fue al polígono.
La nave de Carpinterías Sanchís S.L. estaba en la calle Cinco, la última de la izquierda, y llevaba cerrada desde el veinte de diciembre de 2014.
Eran doscientos ochenta metros cuadrados con una oficina de veinte y un altillo, con la puerta de chapa verde y un cartel de SE VENDE atornillado al lado del portón desde hacía once años, con un número de teléfono que era el suyo.
En once años lo habían llamado ocho veces.
Y cuatro de esas ocho lo había llamado el mismo hombre: Josep Corts, que tenía la nave de al lado, un taller de aluminio con nueve empleados, y que llevaba desde 2018 queriendo tirar el tabique medianero y hacer una sola.
Corts le había ofrecido en 2018 setenta y dos mil.
En 2021, ochenta y cuatro. En 2024, noventa y uno.
Y en enero de aquel mismo año, noventa y cinco, en la puerta del bar del polígono, con un café en la mano, y Martín le había dicho que no como se lo había dicho las tres veces anteriores, que es sin dar ninguna razón.
Lo llamó desde dentro de la nave, sentado en el banco de su abuelo.
—Josep. Soy Martín Sanchís.
—Hombre.
—¿Sigue en pie lo de enero?
Se hizo un silencio de tres segundos al otro lado que valía dinero.
—Sigue en pie.
—Pues véndeme.
—¿Ahora?
—Ahora. Y necesito la señal esta tarde.
Corts se rio.
—Martín, hijo, once años diciéndome que no y ahora me metes prisa.
—Es que ahora tengo prisa.
Corts llegó a la nave a las dos menos cuarto con su gestor y un talonario. Firmaron un contrato de arras de dos folios que redactó el gestor en el portátil, encima del banco del abuelo de Martín, con la impresora del taller de aluminio. Veinte mil de señal y escritura antes del quince de noviembre.
Cuando se fueron, a las tres y veinte, Martín se quedó dentro solo.
Había estado allí dentro seis o siete veces en once años y siempre por algo: a por una herramienta, a por unos tableros, a comprobar una gotera.
Aquella tarde no había nada que hacer.
Estuvo cuarenta minutos.
En la pared del fondo estaban las marcas de sierra de la escuadradora vieja, la del setenta y ocho, que había estado exactamente allí durante treinta y seis años, y que había dejado en el hormigón una constelación de cortes a la altura de la cintura, de cuando se pasaba una pieza larga y se iba de recorrido.
Había cuatro cortes profundos y treinta o cuarenta arañazos.
En el altillo estaba el hueco de los tableros, vacío desde 2015.
En la oficina estaba la mesa de su padre, con el cajón que no cerraba, y el calendario de una casa de herrajes de 2014 colgado en el clavo, abierto por diciembre.
Y en medio de la nave, donde lo había dejado él mismo en 2015 cuando vaciaron todo lo demás, estaba el banco.
El banco de su abuelo, de melis, de tres metros veinte, con el tornillo de banco de hierro fundido, con la superficie de arriba con doce capas de barniz y noventa años de golpes, y con el nombre grabado a formón en el testero derecho: SANCHÍS, 1936.
Martín pasó la mano por el canto, con los cuatro dedos juntos y planos, de la punta al final, que era como lo hacía su padre.
Y luego cogió el banco y lo cargó en la furgoneta, que le costó cuarenta minutos y dos tablas para hacer una rampa, y no lo hizo porque el contrato dijera nada: el contrato decía que la nave se entregaba vacía.
A las cinco de la tarde estuvo en el banco de Miravent.
Ingresó los veinte mil de la señal. Después hizo una transferencia de veintidós mil cien euros a la cuenta personal de Vera Lozano Gil, el número de la cual estaba en la carpeta de la obra, en la primera hoja, porque ella lo había puesto allí en junio para que todo fuera transparente.
La chica de la ventanilla le pidió un concepto.
Martín se quedó pensando un momento y escribió el suyo, que eran dos líneas y no cabían, así que las escribió a mano en el resguardo, debajo, cuando se lo dieron impreso.
Lo de la viga, que era tuyo. Y no lo hago a escondidas.
A las siete menos cuarto subió a la veintisiete.
Vera estaba en el salón con la carpeta de la documentación, ordenando papeles encima de la borriqueta que ya era el último mueble de la casa.
Martín le puso el resguardo en la mano.
—¿Qué es esto?
—Léelo.
Lo leyó de pie. Le llevó cinco segundos.
—Martín.
—Los veintidós mil cien de la viga —dijo—. Lo he sabido esta mañana por Tono, y no le eches la culpa, que él no sabía nada.
—Ese dinero era de la obra.
—Ese dinero era de tu piso.
Vera no dijo nada.
—Y no te lo devuelvo para que te sientas mal, ni para quedar bien, ni para que me debas nada —dijo él—. Te lo devuelvo porque tú pusiste dinero tuyo en esta casa sin decírmelo, y yo llevo doce años poniendo dinero mío en esta casa sin decírtelo, y de eso ya hemos tenido bastante los dos.
—¿De dónde lo has sacado?
—He vendido la nave.
Vera levantó la cabeza.
—Esta mañana. A Corts, el de al lado, que me lo lleva pidiendo desde 2018. —Martín se metió las manos en los bolsillos—. Y te lo digo ahora, hoy, mirándote, y no te lo cuento dentro de doce años.
—Martín, esa nave es de tu padre.
—Esa nave lleva once años cerrada y es un sitio donde no se hace nada. —Se encogió de hombros—. He sacado el banco de mi abuelo. Lo demás es chapa y hormigón.
Vera se quedó con el resguardo en la mano.
—No más deudas entre nosotros —dijo él—. De ninguna clase.
Bajó a la furgoneta a las siete y veinte.
Antes de arrancar dio la vuelta a la manzana del polígono, que le pillaba de camino a ningún sitio, y paró delante de la nave con las luces puestas.
Se bajó, cogió el destornillador de la guantera y quitó los cuatro tornillos del cartel de SE VENDE, que llevaban once años puestos y salieron mal, con el óxido.
Lo dobló por la mitad, que era de chapa fina y se dobló.
Y lo puso en la furgoneta, detrás del asiento, encima del banco de su abuelo.