La casa donde nunca vivimos Capítulo 41
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Capítulo 41

Lucía Ferrandis rompió aguas el domingo veinte de septiembre a las seis y cuarto de la mañana y dio a luz a las once y cuarenta de la noche, en el hospital general de Castellón, después de diecisiete horas de las que dijo después que no pensaba hablar nunca más.

Vera llegó el lunes a las once de la mañana con una bolsa de la ferretería, porque a esas horas no había otra cosa abierta en Miravent, y dentro llevaba un metro de carpintero de los amarillos y una linterna frontal.

—¿Y esto?

—Es lo que había.

—Vera, le has traído a mi hija un metro.

—Y una linterna.

—Y una linterna. —Lucía se rio y le dolió reírse—. Eres la peor persona que conozco y te quiero mucho. Anda, cógela.

La niña se llamaba Clara, pesaba tres kilos cien y llevaba nueve horas en el mundo.

Vera la cogió con el terror competente de la gente que sabe calcular una carga puntual sobre un muro de fábrica y no sabe absolutamente nada de esto.

Se sentó primero. Puso los dos antebrazos como le dijeron.

Y luego estuvo diez minutos sin moverse, con la niña dormida en el hueco del codo, mirándole la mano abierta encima de la manta.

—Está mal repartido el peso —dijo.

—¿Qué?

—Que si te fijas, la cabeza es un tercio de la longitud total. Un adulto es un séptimo. Estructuralmente esto es un disparate.

—Estructuralmente eres tú un disparate.

Nacho se fue a buscar café y a llamar a su madre, y se quedaron las dos solas en la habitación, con la persiana medio bajada y el zumbido del aire.

Lucía tenía la vía puesta y estaba muy pálida y muy despierta.

—Bueno —dijo—. Cuenta.

—No te voy a contar nada hoy.

—Hoy es cuando más me apetece.

—Lucía, has parido hace once horas.

—Precisamente. Estoy en el único día del año en el que se me puede decir cualquier cosa y no me voy a acordar de con qué cara la puse. —Movió la mano de la vía—. Y además tengo anestesia todavía. Aprovecha.

Vera se lo contó.

Se lo contó entero, en voz baja, con la niña encima: la cocina, la mentira de 2014, los doce años de recibos, el cuaderno, las cartas de su madre, la noche de febrero de 2020 y la radio.

Tardó veinte minutos. Lucía no la interrumpió ni una vez, que era algo que no había hecho en veinticinco años de amistad.

Cuando terminó, Lucía se quedó un rato mirando el techo.

—Madre mía.

—Ya.

—Es que es muy gordo, Vera.

—Ya lo sé que es muy gordo.

—No, si no lo digo por él. —Lucía se giró un poco en la cama—. Lo digo por lo de tu madre, que a mí me ha dado un vuelco. Yo a tu madre la conozco desde los seis años.

—Ya.

—Y lo otro también es muy gordo, no me malinterpretes. Es todo muy gordo. —Se quedó callada—. ¿Sabes lo que me pasa a mí con esta historia? Que yo estaba aquí.

—¿Cómo que estabas aquí?

—Que yo estaba aquí, Vera. En 2014, en 2015, en 2019. Yo vivía a treinta kilómetros. —Lucía miró a la niña—. Y en doce años yo te he visto seis veces y siempre en agosto y siempre con prisa. Y del chico ese no te he preguntado nunca, porque tú no lo nombrabas y yo pensé que hacía bien.

—Hacías bien.

—No, mira, hoy no. Hoy no hacía bien. —Se le puso la voz rara y la recompuso—. Es que si yo te hubiera preguntado una vez, una sola vez, en doce años, tú a lo mejor me hubieras dicho algo, y yo a lo mejor te hubiera dicho que en el pueblo se sabía que ese hombre subía de noche a la urbanización.

Vera levantó la cabeza.

—¿Se sabía?

—Se sabía que subía. No se sabía a qué, y aquí la gente se inventa lo que no sabe, así que se decía de todo. —Lucía se encogió de hombros con cuidado, por la vía—. Yo lo oí una vez en una comunión, hará seis o siete años, y me pareció una cosa muy triste y no le di más vueltas.

—Ya.

—Y esa es mi parte y ya la he dicho. —Se acomodó—. ¿Y qué vas a hacer?

—Vender.

—Ajá.

—Es lo sensato. La casa está terminada y vale un dinero, y ese dinero nos arregla la vida a los dos.

Él paga a alguien que cuide a su padre. Yo firmo el uno de octubre y en tres años recupero lo del piso.

—Vera hablaba bajito por la niña—. Y no tenemos que decidir a los treinta y ocho y a los treinta y nueve, en tres días, con toda esta mierda encima, si vamos a vivir juntos en un chalet en mitad de un descampado.

—Suena muy razonable.

—Es que es muy razonable.

—Ya. —Lucía cerró los ojos un momento—. Vera, yo hoy no tengo fuerzas para discutir contigo, así que te voy a hacer una pregunta y ya está.

—Dime.

—¿Qué te da más miedo perder?

Vera contestó enseguida.

—El estudio. Once años. Y no es solo el trabajo, es que allí yo soy alguien.

—Vale. —Lucía asintió—. Ahora la de verdad.

—Esa era la de verdad.

—Esa es la que le dirías a Anker. —Lucía abrió los ojos—. Te lo pregunto otra vez y contesta despacio, que la niña está dormida y tenemos toda la mañana. ¿Qué te da más miedo perder?

Vera se quedó callada.

Estuvo callada bastante rato, con Clara dormida en el brazo y el aire acondicionado zumbando, y en la ventana se veía el aparcamiento del hospital y una fila de coches, y en algún momento de aquel rato Vera Lozano dejó de mirar por la ventana.

Lo que le vino no fue una escena romántica, y eso fue lo que la desarmó.

Le vino un martes cualquiera de agosto a las dos de la tarde, con Rachid y Tono discutiendo por el fútbol bajo el limonero, y ella con el bocadillo en una mano y el plano en la otra explicándole a Tono por qué el rodapié iba a inglete, y Tono diciendo que era una tontería, y Rachid partiéndose de risa, y Martín en el otro extremo con el metro sin decir nada.

Y ella dentro de aquello.

Le vino también el frío del hormigón a las cinco y media de la mañana del uno de agosto, y la cara de Quique al firmar, y su propia voz gritándole a alguien desde un andamio sin pensarlo dos veces.

—Dilo.

—Es que si lo digo, ya está dicho.

—Pues por eso.

Y Vera lo dijo, y no lo dijo bien, y le salió en tres intentos y con las manos ocupadas y en voz muy baja, y Lucía no dijo nada al final, que fue exactamente lo que había que hacer.

—Ya está —dijo Lucía—. No te ha explotado nada.

—Todavía.

—Todavía. —Se acomodó en la almohada—. Anda, dámela, que le toca.

Vera se la pasó y se quedó de pie al lado de la cama un momento, mirando cómo su amiga colocaba a la niña con esa torpeza absoluta y esa seguridad total que tiene la gente el segundo día.

—Oye, Lucía.

—Dime.

—El metro se lo he traído porque es lo primero que me regaló mi padre.

—Ya lo sé, tonta. Por eso no te he dicho nada.

Vera salió del hospital a la una y veinte.

En el pasillo de la tercera planta, entre el ascensor y la escalera, se paró, sacó el móvil y escribió un mensaje.

Lo borró.

Escribió otro. Lo borró.

Escribió el tercero, que era largo y explicaba cosas, y también lo borró, y se quedó mirando la pantalla en blanco un rato con la espalda apoyada en la pared.

El cuarto lo mandó.

Mañana. En la casa. A las seis. Hay que decidir.