La casa, año diez
La casa, año diez
Año diez.
El fuego empezó en la parcela treinta un dieciocho de agosto a las cuatro y veinte de la tarde.
Nadie supo nunca de qué. En la treinta había un esqueleto de dos plantas, un pino pequeño creciendo dentro del salón y cuatro años de hierba seca hasta la cintura, y con cuarenta y un grados y poniente cualquier cosa vale: un cristal, una colilla desde la carretera, un cable.
Ardió la hierba primero, deprisa, y luego el pino, que hizo una llamarada de cinco metros y una columna de humo negro que se vio desde el pueblo.
De la treinta a la veintisiete hay ochenta metros y en medio no había más que hierba igual.
El hombre viejo de la parcela nueve llegó a los seis minutos con una manguera de treinta metros enganchada a su toma. Le faltaban cincuenta para llegar a la treinta y él lo sabía perfectamente cuando salió de su casa con ella.
Así que no fue a la treinta.
Fue al limonero.
Regó el suelo alrededor del tronco, en un círculo de cuatro metros, y luego regó el árbol entero de arriba abajo, y luego siguió regando la hierba en la dirección de la que venía el fuego, todo lo que daba de sí la manguera, que eran dos metros más allá del alcorque.
Los bomberos llegaron a las cinco menos cuarto y lo apagaron en veinte minutos.
El fuego se paró a treinta y un metros de la valla, en un ribazo, por una razón que no tuvo nada que ver con la manguera de nadie.
El hombre viejo estuvo con ella en la mano hasta que llegaron los camiones.
Aquel año, en una casa de la calle de la Sènia, un hombre de setenta y dos años estaba mirando fotos en el móvil de su hijo, que era una cosa que hacían después de cenar porque le entretenía.
Pasó una del taller. Pasó una de la playa. Pasó una que estaba mal hecha, movida, tomada de noche con flash, de un mueble alto de haya montado contra una pared sin enlucir.
Y el hombre se quedó mirándola y empezó a llorar sin hacer ruido, con el móvil en las dos manos.
Su hijo no supo qué hacer. Le quitó el móvil, lo dejó boca abajo en la mesa, le puso la mano en la espalda y estuvo así hasta que se le pasó, y ninguno de los dos dijo una palabra en veinte minutos, y a los veinte minutos el padre preguntó si había partido.
Aquel año, en enero, ese mismo hombre y una mujer que tenía una clínica en la carretera se dijeron adiós sin ningún ruido. Ella se llevó tres cosas y le dejó dos, y siguieron saludándose en el pueblo, y ella siguió preguntando por el padre.
Aquel año, muy al norte, una mujer vio su apellido impreso en un membrete por primera vez.
También aquel año, en noviembre, se compró un coche. El primero suyo. Miró tres y eligió el que menos ruido hacía por dentro, que era gris.
La casa aquel año estuvo a treinta y un metros de arder y no se enteró.
Lo único que registró fue lo de siempre: una manguera regando un árbol, catorce noches de luz y un hombre viejo de pie en su jardín con la ropa mojada, mirando el humo.