La casa donde nunca vivimos Capítulo 40
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Capítulo 40

De los diez días que van del seis al dieciséis de septiembre no hay mucho que contar, y así fue como los vivieron.

Fueron diez días de obra buena. Terminaron los remates de fontanería, pasaron la revisión de la instalación eléctrica, colocaron los sanitarios, hicieron las pruebas de estanqueidad de los baños, dieron la última mano a la fachada norte, colocaron la duodécima ventana un jueves a las siete de la tarde entre los cuatro, y montaron la barandilla de la escalera.

Vera y Martín se hablaron todo lo necesario y nada más.

No hubo frialdad. Eso habría sido más fácil. Hubo una cortesía exacta, de las dos partes, con los buenos días y las gracias en su sitio, y con dos personas que sabían el uno del otro absolutamente todo lo que había que saber y no habían tenido ni un minuto para decidir qué hacer con eso.

Rachid, que llevaba once semanas allí, se lo dijo a Tono en el coche el día doce, y lo dijo bien: que aquello no era una bronca, que una bronca se ve.

Que era otra cosa. Que era como cuando dos hacen un trabajo perfecto y ninguno de los dos quiere que se acabe porque el día que se acabe hay que hablar.

El cuaderno volvió al cajón el domingo seis. Ninguno de los dos dijo nunca quién lo puso allí.

El diecisiete de septiembre, a las nueve de la mañana, subió Quique Montoliu con la carpeta a hacer la inspección de primera ocupación.

Estuvo dos horas largas.

Lo miró todo. La altura libre de las estancias.

La ventilación de los dos baños. Las secciones de los conductos.

Los boletines. La acometida. Las protecciones diferenciales.

Los huecos de fachada con su superficie de iluminación y su porcentaje.

Las pendientes de la cubierta. El acceso, la anchura del pasillo, el giro de la silla en la planta baja.

Martín iba detrás, callado, con las manos en los bolsillos, y Vera al lado con la carpeta abierta y contestando lo que hacía falta contestar.

A las once y cuarto llegaron a la escalera.

Quique subió tres peldaños y se paró. Sacó del bolsillo una cosa que Martín no había visto en su vida: una pieza de plástico blanco, una especie de esfera de diez centímetros de diámetro, gastada de los bordes.

La metió entre dos balaustres de la barandilla.

Pasó.

—Ay.

Martín cerró los ojos.

—A ver —dijo Quique—. ¿Esto lo habéis hecho vosotros?

—Lo he hecho yo.

—Ya se ve. —Y lo dijo sin ninguna maldad, que fue lo peor—. Es muy bonita. Es de las cosas más bonitas que he visto yo este año. Pero la separación entre barrotes tiene que ser menor de diez centímetros y aquí hay catorce.

Vera ya lo había medido con el metro.

—Trece y medio.

—Trece y medio. Da igual, es lo mismo. —Quique se guardó la esfera—. Es por los críos. Un crío de dos años mete la cabeza por trece y medio.

—¿Y esto es bloqueante? —preguntó Vera, aunque lo sabía.

—Esto es bloqueante.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

—Mira —dijo Quique—, yo os voy a decir cómo está la cosa y luego hacéis lo que queráis.

Yo hoy no os puedo firmar esto. Y yo tengo la agenda que tengo: mañana estoy con el colegio, el lunes veintiuno tengo el pleno, el martes tengo Vinaròs y el miércoles veintitrés me voy tres días a un curso de la Diputación en Valencia, que lo tengo pagado desde junio.

—O sea que si no es mañana...

—Si no es mañana, es el veintiocho. Y el veintiocho, con lo que hay que tramitar después, no llegáis al treinta.

—Quique se puso la carpeta debajo del brazo—.

Yo mañana tengo el colegio hasta las once y la tarde libre.

Si el sábado a las nueve de la mañana esa barandilla cumple, yo subo el sábado y os lo firmo, y me perdéis una mañana de fin de semana que no me va a pagar nadie.

Martín miró el reloj de la pared del salón.

Eran las once y veintiséis del jueves diecisiete.

Cuarenta y seis horas.

—Cumple —dijo.

Lo que pasó entre las once y veintiséis del jueves y las siete y cuarto de la mañana del sábado fue lo mejor que hicieron los cuatro en todo el verano y lo hicieron sin hablarse casi nada.

La barandilla de la escalera tenía nueve metros lineales entre el tramo y el rellano, con cuarenta y dos balaustres de iroko de sección cuadrada, ensamblados por arriba en el pasamanos y por abajo en la zanca.

Para bajar de catorce centímetros a menos de diez había que meter diecinueve balaustres más.

Diecinueve piezas nuevas, cada una con su corte, su espiga arriba, su caja abajo, y todas ellas hay que meterlas en una barandilla ya montada, que es exactamente el problema.

Martín lo resolvió a las doce y cuarto, de pie en la escalera, en voz alta y para nadie: se desmonta el pasamanos entero, se abren las cajas nuevas con la barrena de mano y una plantilla, se rebajan las espigas nuevas a media madera, se montan por abajo y se cierra el pasamanos encima.

Vera hizo la plantilla en una hora. Cartón, escuadra y cúter, con las cuarenta y dos posiciones antiguas y las diecinueve nuevas replanteadas a nueve coma ocho centímetros, y una comprobación con la esfera que le pidió prestada a Quique y que Quique le prestó.

Rachid y Tono desmontaron el pasamanos aquella tarde y se pusieron con las cajas.

Martín se fue al taller a las seis de la tarde del jueves y no salió de allí hasta las cuatro de la madrugada del viernes. Diecinueve balaustres. Corte, escuadrado, espiga, lijado.

El viernes por la mañana empezaron a montar y a las dos de la tarde descubrieron que la zanca no estaba a escuadra en el tramo bajo, cosa que ya sabían desde julio, y que eso obligaba a cortar seis de los diecinueve a una medida distinta cada uno.

Vera los midió uno a uno con el metro y el nivel, cantando las cifras, y Martín los cortó en la mesa portátil que habían subido al salón.

A las nueve de la noche del viernes se fueron Rachid y Tono.

A las cuatro y media de la madrugada del sábado quedaban los tres últimos.

A las seis menos veinte, con la primera claridad entrando por las doce ventanas de iroko, montaron el pasamanos.

Y a las siete y cuarto Vera pasó la esfera por los sesenta y un huecos de la barandilla, uno a uno, empezando por abajo, con Martín detrás.

No pasó por ninguno.

Se quedaron los dos sentados en el tercer peldaño, con la espalda contra la barandilla nueva, mirando el salón.

Y la casa estaba terminada.

Estaba terminada de verdad, por primera vez desde que se abrió la zanja de los cimientos en septiembre de 2012: con su fachada, sus doce ventanas, su suelo, sus baños, su instalación, su cubierta, su barandilla y su cocina. Catorce años.

No se dijeron nada.

Estuvieron una hora recogiendo y no se dijeron nada.

Recogieron la mesa portátil, los sargentos, las virutas, los recortes de iroko, el cartón de la plantilla.

Barrieron los dos tramos. Martín pasó un trapo por el pasamanos.

Vera fue habitación por habitación abriendo y cerrando las ventanas nuevas, comprobando los herrajes, que era lo último que quedaba en su lista.

En el alféizar de la ventana del salón, cuando llegó a esa, había una maceta de barro de las de toda la vida, del número catorce, con tierra buena y un esqueje de limonero de dos palmos, con cuatro hojas.

Vera la miró un momento.

No estaba el jueves. Nadie la había subido, nadie la había mencionado y nadie iba a mencionarla.

La dejó donde estaba y cerró la ventana.

Quique llegó a las nueve menos cinco de la mañana del sábado diecinueve, en bermudas y con la carpeta.

Subió los tres peldaños, sacó la esfera y la pasó por seis huecos distintos, elegidos por él, incluidos los dos del rellano donde la zanca estaba peor.

No pasó por ninguno.

Sacó el bolígrafo, apoyó la carpeta en la barandilla nueva y firmó el acta favorable de la inspección.

Después se quedó mirando la casa un momento: el salón con el suelo brillante, la escalera, las doce ventanas de iroko con la luz de las nueve de la mañana entrando por todas.

Y se guardó el bolígrafo en el bolsillo de la camisa.

—Enhorabuena —dijo—. Digo... bueno. Ya me entendéis.

Y nadie lo sacó del apuro.