La casa donde nunca vivimos Capítulo 38
77%

Capítulo 38

Aquel viernes, cuatro de septiembre, Martín trabajó solo desde las seis y media.

Estaba lijando los rodapiés de la planta alta, uno por uno, a mano, con taco y grano ciento veinte, que es un trabajo que no hace falta hacer a mano y que él estaba haciendo a mano.

Llevaba cinco días así. El lunes había terminado la undécima ventana.

El martes y el miércoles había estado con Rachid y Tono rematando la fachada sur.

El jueves había recibido a la empresa de la instalación eléctrica y les había firmado el parte.

Todo salía. Todo iba en plazo. La casa, vista desde la calle A a las siete de la tarde, era una casa.

Vera había estado allí dos veces en esos cinco días, las dos veces con Quique, las dos veces con la carpeta, y las dos veces se habían hablado como se hablan dos técnicos.

A las once menos cuarto se oyó el portón.

Fermín entró por el jardín con una bolsa de plástico en la mano y las botas de agua puestas, y no dijo buenos días.

Subió las escaleras, que a sus ochenta y dos años era una declaración de intenciones, y llegó arriba resoplando y con la cara colorada, y le dejó a Martín un vaso de plástico con café en el alféizar de la ventana nueva.

—Toma. Y deja eso.

—Estoy lijando.

—Ya veo lo que estás haciendo. Llevas cinco días haciendo lo mismo cuatro veces. —Fermín se sentó en el peldaño de arriba, con las rodillas juntas—. Anda, siéntate.

Martín se quedó de pie con el taco en la mano.

—Fermín, tengo faena.

—Os vais a morir tontos los dos, che.

Y lo dijo con una voz que Martín no le había oído en ocho años, que no era la de las bromas ni la de las órdenes del huerto: era la voz de un hombre mayor que ha decidido una cosa esa mañana en su cocina y ha subido cuatrocientos metros y unas escaleras para hacerla.

Martín dejó el taco en el suelo y se sentó en el peldaño de abajo.

—Yo te tengo que contar una cosa de hace seis años —dijo Fermín—. Y te la tenía que haber contado entonces.

—Ya sé lo de 2020.

—No sabes nada de lo de 2020.

—Sé que ella subió. Me lo dijo ella el domingo.

—Ah. —Fermín se quedó un segundo desmontado y se recompuso enseguida—. Vale. Pues entonces sabes la mitad, que es lo que os pasa a los dos con todo.

Se apoyó las manos en las rodillas.

—Yo aquella noche me levanté a mear a las once y pico, como siempre.

Y desde la ventana de la cocina vi el coche parado ahí abajo, delante de tu portón, con las luces apagadas.

Y arriba, en tu casa, la luz encendida. —Miró el suelo—.

Y me puse el chaquetón y crucé, porque yo pensé: ahí hay alguien mirando lo que no debe.

—Ya.

—Bajó la ventanilla. —Fermín paró un momento—. Y era ella. Con la cara de haber enterrado a su padre por la mañana, que esa cara la conozco yo y tú la conoces.

Martín no se movió.

—Yo no sabía qué decirle. Le dije lo de siempre, que si buscaba a alguien, una tontería. Y ella me dijo que no, que ya se iba. Y estuvimos un rato así, ella dentro y yo apoyado en la puerta del coche, sin decir nada, que a mí eso no me molesta.

—¿Y qué te dijo?

—Espera, que hay que contarlo por orden.

Fermín se giró un poco para mirarlo.

—Ella miraba para arriba, para la casa. Y en un momento me dijo: parece que va bien. Y yo le dije que sí, que iba bien.

—Bien el qué.

—Yo qué sé el qué, hijo. Yo pensé que hablaba de la casa. —Fermín levantó las dos manos—. Y ella entonces dijo: se le oye contento.

Martín levantó la cabeza.

—¿Cómo?

—Se le oye contento. Eso dijo. —Fermín lo miró de frente—.

Y yo entonces me giré y escuché, y estaba la radio esa tuya puesta, la vieja, y era un programa de noche de esos de llamadas, con una mujer hablando y riéndose.

Y se oía desde la calle, Martín. Se oía perfectamente desde la calle, con los doce huecos abiertos que tenía esa casa.

En la planta alta de la veintisiete, aquel viernes de septiembre, no se oía nada más que las chicharras.

—Ella se pensó que estabas ahí dentro con una mujer.

Martín no dijo nada.

—Y a mí me llevó tres segundos entenderlo. Tres. Yo estaba apoyado en aquella puerta y lo entendí todo de golpe, lo que ella creía y por qué se iba a ir sin llamar. —Fermín se frotó la boca con el dorso—. Y le dije: mujer, sube y llama a la puerta. Y ella me dijo que no.

—¿Con qué palabras?

—Con estas. —Y Fermín las dijo despacio, porque las llevaba encima desde hacía seis años—. No quiero estropearle la vida otra vez.

Se quedaron los dos en la escalera.

—Y en ese momento se apagó la luz —dijo Fermín—. Que eso es lo que la remató. Porque tú apagaste para no bajar, ¿verdad?

—La apagué para no obligarla a nada.

—Ya. Pues desde abajo, hijo, desde un coche, a las once y media de la noche, una luz que se apaga es una luz que se apaga.

Fermín se quedó callado un rato largo.

—Y ahora te digo lo mío, que es lo que me ha traído aquí. Yo podía haber arreglado aquello en aquel momento con una frase. Con una. Le digo: mujer, ahí dentro no hay más que él, que se pasa las noches haciéndoos una cocina. Y ella sube, o no sube, pero sube sabiendo lo que hay.

—Y no lo dijiste.

—Y no lo dije. —Fermín asintió—. Porque aquello no era mío para contarlo. Yo llevaba dos años viendo tu furgoneta y tu luz y no había preguntado nunca, y me pareció que si yo abría la boca aquella noche, te estaba vendiendo. Y me callé, y ella arrancó, y yo me volví a mi casa y me hice una tila.

Se le quebró un poco en la tila y lo tapó con un carraspeo.

—Seis años, che. Seis años pensando en aquella frase.

Martín estaba sentado con los codos en las rodillas y las manos colgando y no se había movido en cuatro minutos.

Lo que estaba haciendo por dentro era una cuenta, y la cuenta era esta.

Una hora. Aquella noche estuvo una hora a cuarenta metros de él.

Cuarenta metros de calle sin asfaltar entre un hombre que apagaba una luz para no obligarla a nada y una mujer que no llamaba a la puerta para no estropearle la vida otra vez.

Los dos salvándose. Los dos con la misma idea exacta en la cabeza, en direcciones opuestas, en la misma hora, en la misma calle.

Y él, que se había pasado doce años sabiendo que su mentira le había costado a ella doce años, acababa de descubrir que ella también había decidido por él una vez, una sola vez, una noche de febrero, y que le había salido igual de mal.

—Fermín.

—Dime.

—Gracias.

—No me des las gracias, que no las quiero.

—El viejo se levantó agarrándose a la barandilla, y le costó—.

Yo he estado ocho años regando parcelas de gente que no vino.

Ocho. Cuarenta parcelas y ni un vecino. Vosotros por lo menos habéis vuelto, así que arreglad esto de una vez, que yo ya tengo una edad para andar viendo cómo la gente joven tira las cosas a la basura.

Bajó las escaleras de lado, escalón a escalón, agarrado a la barandilla.

Desde abajo, ya en el salón, gritó:

—¡El café te lo bebes, que me ha costado el mío!

Martín se quedó arriba unos minutos.

Luego bajó, cruzó el salón y entró en la cocina.

Eran las once y veinte de la mañana de un cuatro de septiembre y por la ventana grande entraba toda la luz del mundo.

Alargó la mano y dio al interruptor.

Se encendieron los dos plafones del techo y la tira del vasar, y en aquella habitación, a mediodía, no cambió absolutamente nada.

La dejó encendida.