Capítulo 37
Vera pasó los tres primeros días de septiembre en casa de su madre trabajando doce horas diarias en la mesa camilla del salón.
Tenía trabajo de verdad: la memoria de fin de obra, los planos, los boletines de las instalaciones, la solicitud de la inspección, el certificado.
Todo eso hay que redactarlo y todo eso lo hacía ella, y lo hizo bien, con la puerta del salón cerrada y el ventilador puesto, y a las once de la noche recogía los papeles en un montón y se iba a la cama y no dormía.
Amparo entró el miércoles dos a las cuatro de la tarde con dos cafés y se sentó enfrente sin que nadie la invitara.
—Vamos a hablar.
—Mamá, tengo que entregar esto el día ocho.
—Ya lo sé lo que tienes que entregar, que llevas tres días diciéndolo. —Amparo puso los dos cafés en la mesa camilla, encima de un plano—. Llevas doce años sin estar tres días seguidos en esta casa. Y llevas tres días aquí sin decirme una palabra que no sea del ayuntamiento.
Vera dejó el bolígrafo.
—No quieres saber lo que ha pasado.
—Quiero saber lo que ha pasado.
—Vale. —Y se lo contó, en dos minutos y medio, en el orden de los hechos y sin adjetivos: la mentira de 2014, la cocina, los doce años de recibos, el cuaderno. Lo contó como se cuenta un informe, y cuando terminó tenía las dos manos abiertas encima del plano.
Amparo se quedó quieta bastante rato.
—Bueno —dijo—. Pues ya está.
—¿Cómo que ya está?
—Que ya está, hija. Que ya sabes lo que pasó. —Removió el café—. Llevabas doce años sin saberlo y ahora lo sabes. Eso es mejor que lo otro, aunque hoy no lo parezca.
—Me mintió.
—Sí.
—Me mintió a la cara para que me fuera.
—Sí.
—¿Y a ti eso te parece bien?
—A mí eso me parece una cosa que hacemos mucho.
Y ahí Vera levantó la cabeza.
—¿Quiénes?
—Los que te queremos, Vera. —Su madre dejó la cucharilla en el plato, con cuidado, y la cara se le puso de otra manera—. Yo también te eché de aquí.
—Tú no me echaste.
—Yo te eché.
Se levantó, salió al pasillo y volvió con el aparador abierto detrás.
Traía dos sobres.
Eran dos cartas certificadas, con el membrete del juzgado de lo mercantil número dos, una de 2018 y otra de 2021, con el nombre de Vera Lozano Gil y la dirección de aquella casa, y con la pegatina naranja de la entrega.
Cerradas las dos.
—Estas llegaron aquí. La primera me la trajo el cartero un jueves y me la hizo firmar. —Amparo las dejó en la mesa camilla, encima del plano, al lado de los cafés—. Y yo las guardé.
Vera las miró y no las tocó.
—Ocho años.
—Ocho la primera y cinco la otra.
—Mamá, esto es correo de un juzgado.
—Ya lo sé lo que es.
—¿Y por qué?
—Porque yo te vi en 2014 —dijo Amparo—. Y tú no te viste, que es la diferencia.
Se sentó otra vez. Tenía las manos en el regazo.
—Tú aquel verano te levantabas a las seis y te ibas a andar a la playa antes de que nos levantáramos nosotros, para que no te viéramos la cara.
Tenías veintiséis años y no comías. Y a mí me venían las mujeres de aquí a decirme lo de la casa, y lo del juzgado, y lo del padre del chico, y yo tenía que poner cara de saberlo.
—Amparo se miró las manos—. Y cuando aquello se rompió y te salió lo de la beca otra vez, yo te hice la maleta.
Yo. Tú estabas sentada en tu cuarto sin decidir y yo subí y te bajé la maleta grande del altillo y la puse encima de la cama, y no dije ni una palabra, que es peor que decirlas.
—Yo eso no lo recordaba así.
—Ya lo sé. Por eso te lo digo. —Levantó la vista—.
Y luego, cuando llegaron estas, yo pensé: si abre esto, vuelve.
Y si vuelve, se mete otra vez en aquel solar y en aquel pleito y en aquella historia, y esta vez ya no sale.
Y las guardé. Y en 2021 llegó la segunda y ya no lo pensé ni dos segundos, porque la primera ya la tenía guardada y una cosa lleva a la otra.
—Podría haber perdido la casa.
—Sí.
—Podría haber perdido la casa por esto, mamá.
—Sí. —Y no se defendió, y eso Vera no se lo esperaba—. Podrías. Yo eso no lo pensé porque yo de eso no entiendo nada. Yo lo que pensé fue: que no vuelva a sufrir por ese solar.
Vera se quedó con las dos cartas delante y sin tocarlas, y en algún momento de aquel minuto le pasó por la cabeza, entera y sin poder detenerla, la frase de un hombre en un almacén de azulejos: porque era la única cosa que te iba a hacer coger el avión.
Y no dijo nada, porque no había nada que decir, porque las dos frases eran la misma frase dicha por dos personas distintas con doce años de diferencia, y porque a la única a la que le habían preguntado su opinión sobre su propia vida era a la que no estaba en ninguna de las dos habitaciones.
—Y ahora te voy a decir una cosa más, y luego te dejo trabajar. —Amparo cogió su café, que ya estaba frío—. Yo me he pasado doce años pensando que hice bien. Doce años. Y sabes cuándo empecé a pensar que a lo mejor no.
—¿Cuándo?
—En el entierro de tu padre.
Vera levantó la cabeza.
—Estaba el chico.
—¿Martín?
—Martín. —Amparo asintió despacio—. Yo no lo vi entrar. Lo vi cuando salíamos, al fondo del todo, detrás de la gente de la funeraria, contra la pared. Con la chaqueta buena y sin corbata. Y no se acercó a darnos el pésame ni a ti ni a mí.
—Yo no lo vi.
—Tú no viste nada aquel día, hija, que bastante tenías. —Amparo dejó la taza—. Y a mí se me quedó la cara que tenía. Porque no era cara de vergüenza, ni de estar dolido, ni de nada de eso. Era la cara de uno que está en un sitio en el que cree que no tiene derecho a estar.
—¿Y se fue?
—Se fue el último. Se quedó allí de pie hasta que se fue todo el mundo, y luego se fue andando por la carretera. Yo lo vi desde el coche de tu tío.
Vera se quedó mirando la mesa camilla.
—Mamá, ¿por qué no me lo contaste?
—Porque no me lo preguntaste, y porque yo llevaba seis años sin nombrarte a ese chico, que es lo que había que hacer.
—Amparo se levantó y empezó a recoger las tazas, señal de que venía algo importante—.
Vera, yo hice lo que hice y volvería a hacerlo la mitad de las veces, y esa es la verdad y no te voy a decir otra cosa a estas alturas.
Pero una cosa sí he aprendido, y la he aprendido tarde y la he aprendido sola.
—Dime.
—Que querer a alguien es aguantarse las ganas de decidir por él.
Se quedó con las dos tazas en la mano.
—Aguantarse. Todos los días. Aunque tú sepas más y aunque tú tengas razón.
Sobre todo cuando tengas razón, que es cuando peor se aguanta.
—Se fue hacia la cocina—. Y eso no lo hice yo contigo, y ese chico no lo hizo contigo, y por lo que me has contado esta tarde, tú tampoco lo has hecho con nadie.
Así que a ver si sois capaces de aprenderlo antes de los sesenta y seis, que es lo único que te pido.
Vera se quedó sola con las dos cartas cerradas encima del plano.
Y empezó a hacer la cuenta, porque era lo que hacía.
Febrero de 2020. El entierro fue el veintiuno. Ella se volvió el veintitrés.
Y en medio, la noche del veintiuno, ella había subido a la urbanización a las once menos diez y había estado una hora dentro del coche mirando una casa con la luz encendida, y había oído la radio y la voz de mujer y la risa, y había visto la luz apagarse a las once y media.
—Mamá.
—Dime.
—¿Tú a qué hora te acostaste el día del entierro?
—Uy, hija. Tarde. Con la gente y todo aquello.
—¿Y yo?
Amparo lo pensó.
—Tú saliste a las diez y media y volviste a la una. Y yo no te pregunté dónde habías estado.