La casa, año nueve
La casa, año nueve
Año nueve.
Aquel año el limonero dio cuarenta y un limones.
Fue la cosecha más grande de los nueve años y no fue por nada en particular: había llovido en abril y no había helado en enero, y un limonero de once años ya está hecho. Los primeros amarillearon en octubre y los últimos aguantaron en la rama hasta febrero.
En noviembre vino el hombre viejo de la parcela nueve con una escalera de tijera y una caja de plástico y estuvo una hora cogiéndolos. No cogió todos: dejó los de arriba, los que no alcanzaba, y dejó también cuatro o cinco de los de abajo, porque eso lo hace la gente que ha tenido árboles.
Llenó la caja hasta arriba y la llevó andando hasta la puerta de la casa.
La dejó en el escalón del porche, centrada, con las asas hacia fuera.
Y se volvió a su parcela.
La caja estuvo en el escalón nueve días. Llovió dos de esos nueve. Nadie la recogió, nadie la movió y nadie la reclamó, y al noveno día los de abajo empezaban a estar blandos.
La décima noche entró una furgoneta blanca por la calle A.
El hombre que bajó se paró delante de la caja, en el escalón, con la linterna del móvil en la mano. Estuvo un rato parado. Después entró, trabajó cuatro horas y, antes de irse, subió a la escalera de mano que tenía dentro y cogió los que quedaban arriba, los que el otro no alcanzaba.
Los metió en la misma caja, encima de los blandos.
Y bajó la caja andando hasta la parcela nueve, y la dejó en la puerta, centrada, con las asas hacia fuera, a las dos y media de la madrugada.
En diciembre, en la parcela nueve, olió a mermelada durante tres días. Se olía desde la calle B con el viento de poniente.
Aquel año, en un juzgado de Castellón, se dictó sentencia en un pleito colectivo de cuarenta y ocho compradores contra una entidad avalista. Ganaron ellos. Salió en el periódico de la provincia con una foto de doce personas en la escalinata.
En esa foto no estaba el hombre de la furgoneta blanca, porque él no era parte de aquel pleito y nunca lo había sido.
Aquel año ese hombre pagó, en mayo, en la ventanilla de la plaza, mil ciento cuarenta euros con veinte céntimos de tasas de una casa que no habitaba, la mitad de ellos por una persona que llevaba nueve años sin pisar la provincia.
Y en el norte, aquel año, una mujer llenó catorce cajas de cartón y se mudó a un piso con vistas a un río.
Colocó los libros por materias, no por tamaño. Discutió con el hombre con el que se mudaba sobre dónde ponían el sofá y perdió la discusión y le pareció bien perderla. En la cocina, que era estrecha y daba a un patio, no cambió nada, porque cocinaba él.
Aquel año la casa tuvo cuarenta y un limones, una caja que estuvo nueve días en un escalón sin que nadie la reclamara y dieciséis noches de luz.
De las tres cosas, la única que se contó a alguien fue la mermelada.